Vacío

Creer en el vacío. La nada.  Sánguche de vacío. El espacio vacío: los silencios que hay entre nosotros dos, cada vez que hablamos. El espacio intermedio que hay entre nosotros dos. Nosotros tres. Nosotros cuatro. Nosotros mil. Cuánto se intermedia un espacio. Cuánto se programa. No hay posibilidad alguna de salvación. Es el poder del estado, de su salvaje aparato represivo, contra mí solo. Contra nosotros cuatro. Contra millones. Veo surgir ante mí, sin preguntármelo, escenas del mundo. La escritura me escribe, me moldea, me hace a su antojo. No soy yo quien la hago a ella. No puedo regularla ni controlarla. Ni ahora ni nunca. Es ella quien me dicta qué pensar y sentir. “Must be love”, cantan desde treinta años atrás en la radio. Treinta años es un montón o no es nada. En una fracción de segundos, la historia se repite, se presentifica y todo vuelve a suceder.

Apago una moxa: no es algo sencillo, requiere tiempo, perseverancia y paciencia. Me quedan los dedos completamente negros, luego de la acción. Pienso: hay que tener el temple necesario para dejarse llevar a ningún lugar. Ir hacia ningún lado en particular. ¿Algún día recuperaré algo similar a una letra manuscrita medianamente inteligible? ¿Será posible eso? Son ya muy lejanos los tiempos en que entendía lo que escribía. Ahora me cuesta tanto reconocerme en esta letra. Como si sólo hubiera restos de mí, descoyuntados, sin conexión posible. Ahora hay algo que insiste, por sí mismo, en emerger. Ahora hay algo que se arma sólo cuando yo estoy dormido. O nada más que en la vigilia. Divagar. Dormir. Ausencia. El coraje de asumir el vacío. ¿Seré yo quizás un ambicioso o un “an-vicioso”? Vaciarnos en nuestro encuentro. Quedarnos totalmente llenos el uno del otro. Colmados de lágrimas, de emociones, o de lo que sea. Insistir. Insistir hasta terminar la página. Ser yo en el límite de mis posibilidades, de mis pensamientos, justo de mis palabras. En el límite justo de mis palabras justas. Precisas, exactas. Pienso: no esperar a alcanzar la perfección. Saber lo que uno puede dar hoy y ahora. Y generar desde ahí. Creer en mí. Mañana daré más. Mañana podré dar aún mucho más. O menos. O distinto. Mañana seré otro. Mañana seré diferente. Completamente otro. Alguien irreconocible. Serme ajeno hasta tal punto de que ni yo mismo me reconozca. Mañana será como empezar de nuevo. Pero siempre urgente y necesario. Íntimo y clandestino. A veces pienso: escribo con la cabeza. Otras veces pienso: es la mano la que escribe. Yo no. No sé ni siquiera qué es lo que escribo. Sólo dejo hacer. Ella sabe. Escribo entonces sin necesidad de pensar. Sin necesidad de escribir. Escribo sin ninguna necesidad de nada. Escribo incorporando, recordando, reinventando imágenes. Y esas imágenes ya son mías: están en mí, me conforman y constituyen. Yo escribo y me inscribo en ellas. Ellas se derraman sobre mí. Ya no necesito nada más. Ahora llego, una vez más, al vacío original del que partí.

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