Mientras más estúpidos los hombres son Menos los caballos los entienden (2)

 VOCES

Nos encontramos en una especie de hospital abandonado, que alguna vez, hace ya mucho tiempo, fue utilizado como hotel de inmigrantes y campamento de refugiados. Es un espacio enorme y vacío. Las paredes, cubiertas por grandes manchas de moho y humedad, están resquebrajadas casi por completo, haciendo imposible saber de qué color estuvieron pintadas originalmente. Si es que alguna vez, en algún momento, han estado pintadas.

A simple vista, percibimos que el lugar tiene dos niveles: una especie de planta baja y un primer piso, en el que vemos una serie de galerías y grandes aberturas arqueadas, similares a los palcos de los antiguos teatros de ópera, de las que emanan unos haces de luz puntuales, que iluminan ciertas zonas pero ocultan otras, dejando gran parte del lugar a oscuras.

El suelo, originalmente de madera, presenta pronunciados desniveles. La gran mayoría de las tablas de madera están hundidas. Otras están partidas al medio. Los restos de las maderas carcomidas, en estado de putrefacción, se encuentran por todas partes.

Es de noche, muy tarde. No vemos a nadie, pero escuchamos el sonido de gotas de agua que corren por las cañerías, de la madera del piso que cruje, hinchada por la humedad de los cimientos y de algunos pequeños animales, especialmente roedores y cucarachas, que van de un lado al otro.

Pero lo que llena el aire y el ambiente del lugar son las voces. Infinidad de voces que susurran, exclaman, gritan y hablan sin parar. Voces que nos interrogan en muchos idiomas diferentes.

Un Hombre blanco, de tez pálida, perfectamente erguido y afeitado, de estatura media, pulcra y neutramente vestido, (polera blanca, pantalón marrón claro y zapatos negros) entra torpemente al espacio, resbalándose. Levanta la mirada. Contempla con cierto aire de actitud analítica los palcos o aberturas arqueadas. Luego, su vista recorre con suma lentitud cada pequeño y minúsculo recoveco del lugar. No deja nada sin examinar. Si es necesario, en algún caso se acerca a un punto específico del espacio que le llama la atención, toma una muestra de algún material que se encuentra allí (ya sea una astilla de madera o una cucaracha), con una pinza que saca del bolsillo de su pantalón, lo coloca dentro de una bolsita plástica y se la guarda nuevamente en el mismo bolsillo.

Examina, en suma, cada rincón con el mismo discernimiento y la misma curiosidad de un científico. No obstante, hay algo extraño en sus movimientos. El Hombre se mueve con dureza, en vez de hacerlo de manera natural. Parece no estar acostumbrado a su propio cuerpo. Camina como si tuviera que pensar y programarse para ejecutar cada movimiento. Cada paso que da, le pesa. Cada paso le plantea un nivel de complejidad al que no se encuentra acostumbrado. Hay algo sumamente artificial en su andar cadencioso y lento. Se mueve como por inercia. Sus movimientos tienen algo de delay, están desfasados en el tiempo, como si estuviera usando su cuerpo por primera vez. Debe efectuar cada movimiento con mucha lentitud y concentración. Ejecuta una coreografía previamente diseñada por otros. Nunca pensada por él.

Con cada paso que da, con cada movimiento de su cuerpo, éste aprende. Se vuelve más hábil. A cada momento más dúctil. Y por lo tanto, más indiferenciado de los otros cuerpos.

Por momentos, todas las voces que se oyen en ese sórdido lugar, excepto por una, callan al unísono, y el Hombre puede escuchar con exclusividad esa sola voz. Pero esto sucede en la menor cantidad de oportunidades. Durante la mayor parte del tiempo, el Hombre escucha un murmullo continuo, penetrante, molesto y persistente, generándose así una cadencia despaciosa, inestable y desagradable. Las múltiples voces superpuestas varían en ritmos e intensidades: hablan por momentos a gran velocidad, y en otros a un ritmo muy lento. Cada una de las voces va narrando simultáneamente su historia. De manera que hay tantos relatos particulares como voces que se escuchan. Los relatos de las vidas de cada una de esas voces ocupan por completo el ámbito espacial. Así, aunque aparezca deshabitado, el lugar se ve en realidad colmado por los intensos, trágicos, cómicos, irónicos, socarrones, vacuos, superfluos, desesperados relatos de cada una de esas voces. Son voces mutantes, que cambian de tiempos: el pasado, el presente y el futuro se confunden en ellas. Cambian también las personas: escuchamos que hablan en primera, en segunda, en tercera. El plural y el singular se entremezclan. No se instalan nunca en un solo y único registro. Conforman un coro de voces que se alternan: las líneas narrativas que cada una de ellas desarrolla se van interrumpiendo, alternando, apretujando, encimándose, fagocitándose.

A pesar de ser siempre absolutamente inteligibles, tienen la manera de expresarse de aquellas voces que en la realidad se encuentran distanciadas por un medio técnico: voces telefónicas, voces de locutores de radio y de televisión, voces de contestadores automáticos, de despertadores, de computadoras, de celulares, voces de cursos de idiomas, voces que se corresponden con el énfasis que utilizan los relatores deportivos, especialmente de fútbol y de boxeo, y los narradores de las carreras de turf, voces de los doblajes de las películas norteamericanas, y de cualquier otro lugar del extranjero, voces de los periodistas cuando entrevistan a escritores famosos, voces que dan la información de los servicios de subtes, aviones, tranvías y trenes, voces de los profesores de gimnasia, y de sargentos, coroneles, y generales, que adaptan su forma de hablar y de dar órdenes precisas según el tipo de movimiento o los ejercicios indicados, voces de policías distorsionadas por los megáfonos, cada vez que se dirigen a los delincuentes en una toma de rehenes, etc., etc., etc.

Al principio, el Hombre queda descolocado. Se sorprende ante el sonido de esas voces ajenas: hablan un idioma que para él es solamente ruido y que desconoce por completo. Cuando se acostumbra al sonido de las voces, se vuelve curioso. Quiere saber qué es lo que dicen. A quién le hablan. ¿Esas voces van dirigidas a él? ¿Acaso lo estaban esperando? ¿Es posible que fuera él, y sólo él, el destinatario único y primero de los relatos de todas esas voces?

Con el tiempo, el Hombre comprende que esas voces hablan desesperada, lenta, rápida y alternativamente, desde un pasado remoto, lejanísimo, hace tiempo olvidado. Voces que necesitan decir. Que quieren narrar. Que no hablan para él. No se dirigen específicamente al Hombre en particular. No se dirigen a nadie. Excepto a sí mismas. Hace tiempo que las voces han comprendido que lo que ellas tienen para decir, no le interesa a nadie. Lo saben. Y por lo tanto, actúan en consecuencia.

Paulatinamente el Hombre –único testigo visible de lo que allí sucede- comienza a encarnar los discursos pronunciados por las voces que escucha. Poco a poco él empieza a repetir esos discursos, va siendo tomado por ellos, los cuales necesariamente distorsiona y modifica, introduciendo así también una nueva serie de discursos, que funcionan como variaciones de los otros.

Cuando escucha esas voces por primera vez, el Hombre reacciona de las siguientes maneras:

Primero se asusta. Después intenta alejarse (pero ve que esto no es posible, porque las voces provienen de los cuatro costados y de sí mismo). Más tarde llora. Y se tapa los ojos. Y se lamenta. Y ríe. Y protesta. Y se agacha. Y se acuesta en el suelo de madera podrida. Y salta. Y come. Y corre. Y gatea. Y se cansa. Y vuelve a pararse. Y se palpa. Y se ajusta. Y circula. Y se lame. Y se quiebra. Se desarticula. Se rasca (porque le pica). Y fuma. Y se transforma. Y se revela. Y se limpia. Se cepilla. Repta. Se desmaya. Vuelve en sí. Se olisquea. Tiene un Deja vú. Se pinta. Se agota. Se dispara, (pero falla). Se revienta. Se compone. Se duerme. Se despierta. Se pierde. Se encuentra. Se cae. Se desangra. Se queja. Boxea. Se sumerge. Emerge. Se transforma. Rueda (por el suelo de madera podrida). Se calla. Se deforma. Se ordena. Se abre. Pare. Vomita. Se afila. Se asiste. Se envuelve. Se borra. Se espía. Se besa… Y se vuelve a besar. Y se besa una vez más. Se besa en total tres veces. (Eso le encanta, por eso se besa tanto). Se chupa. Se pincha. Escribe. Se bloquea. Silba. Se desnuda. Se serrucha. Se peina. Vuelve a vestirse. Aspira. Muerde. Juega. Canta. Despliega. Se enreda. Se envuelve. Se desgasta. Se reduce. Se equilibra. Se invade. Se maneja. Se ancla. Se pelea. Se arregla. Se vigila. Se presiona (demasiado). Empuña. Se congela. Se llama (bien alto, a los gritos). Se absorbe. Se cambia. Se elude. Se escupe. Se procesa. Se alienta. Se barre. Se prepara. Se ahueca. Se despega. Se lustra. Se quita. Se monta. Se troza. Se reemplaza. Estalla. Se diseña. Se patina. Se oxigena. Se empuja. Se esquiva. Se seca. Se fuga. Se amplía. Se traga. Se encierra. Se reinventa. (Varias veces. En distintos momentos). Vacila. Friega. Se atornilla. Se fotografía. Se alimenta. Se cronometra. Se aísla. Se mide. Se desangra. Para de sangrar, (luego de un largo rato). Teje. Se cose. Se huele. Se camufla… Y finalmente, lo acepta. Acepta convivir con todas esas voces. Que lo estaban esperando. Que lo aman. Y lo interpelan…

Y todo esto lo sé, y todo esto sólo puedo saberlo, porque ese hombre, aquel que escucha y que encarna todas esas voces, SOY YO…

Anuncios

Una respuesta to “Mientras más estúpidos los hombres son Menos los caballos los entienden (2)”

  1. Marcos Porrini Says:

    Wow, qué generoso despliegue de brillantez literaria. Es un gusto dejar correr la vista por tu blog!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s