Mientras más estúpidos los hombres son Menos los caballos los entienden (3)

OBSERVAR

a Georges Perec

Observar la calle con un esmero sistemático. De vez en cuando. Aplicarse. Tomarse su tiempo. Anotar el lugar. “Las Violetas”, por ejemplo. Anotar lo que se ve. Sólo aquello que sea importante. ¿Sabemos ver lo que es importante? ¿Lo sabemos realmente? ¿Hay algo que nos llame la atención?…

Nada nos llama la atención. No sabemos ver… Hay que ir más despacio, casi torpemente. Obligarse a escribir sobre lo que no tiene interés, lo que es más evidente, lo más común, lo más apagado. Obligarse a ver con más sencillez. Descubrir un ritmo… Leer lo que está escrito en la calle. Descifrar un trozo de la ciudad, deducir evidencias: la obsesión por la propiedad, por ejemplo. La violencia que engendra toda propiedad. Descifrar un trozo de ciudad, sus circuitos. ¿Quién elige los itinerarios y en función de qué?…

La gente en la calle, la misma que ahora camina tan nerviosa y apurada: ¿De dónde vienen? ¿Adónde van? ¿Quiénes son? ¿Estarán metidos en algo raro? ¿Estarán yendo, ahora mismo, a una cita clandestina? ¿Tendrán varias en el día? ¿Cuáles son sus recorridos?… ¿Les interesará realmente, después de tantos años de destrucción, cambiar las cosas? ¿Serán guerrilleros, subversivos, apátridas extranjerizantes, comunistas? ¿Verán con agrado la revolución? ¿Revolución de quién? ¿De quiénes? ¿Para cambiar qué cosas?… Y más importante aún: ¿Para quiénes?…

Gente con prisa. Gente sin prisa. Gente prudente que se ha puesto el impermeable. Los únicos animales visibles: perros. No se ven ni se oyen pájaros ni cigarras. Podríamos vislumbrar un gato deslizándose bajo un coche, pero este hecho no se produce. Jamás se produce. Pese a que lo esperamos. En definitiva, no pasa nada. Nada… Tratar de clasificar a la gente: los que son del lugar y los que no lo son. Los sospechosos. Los que tienen barba, zapatillas y campera de cuero. Los que llevan la ropa arrugada, sin planchar. Los que son jóvenes de pelo largo, con jeans gastados y una remera del “Che” Guevara. Los que caminan por ahí, muy tranquilos, sin disimular su alegría. Los que no usan trajes sobrios. Ni corbata. Los que llevan maletines, un poco más grandes de lo normal. Los que no van directamente de un punto a otro. Los que no tienen horario fijo. Los que deambulan. Los que vagabundean. Los que lloran en público. Los que tiemblan. Lo que se ríen. Los que están atareados. Los que están desocupados. Los que miran sus relojes y hablan por teléfono con mucha frecuencia. Los que esperan. Los que aún tienen miedo. Los que observan todo a su paso. Los que están tabicados. Los que caminan y miran fijo, sin pestañear. Los que no se encuentran en buena condición física. Los que tienen una pastilla de cianuro siempre a mano, listos para llevársela a la boca cuando estén acorralados. Los que dudan. Los que llevan una granada sin explotar cuando suben al colectivo. Los que corren. Los que gritan. Los que son mesurados. Los que circulan en coches sin patente, con varios extraños a su lado. Los que van señalándolo todo a su paso. Los quebrados. Los sobrevivientes. Los traidores. Los humillados. Los que colaboran. Los que no se atreven ni siquiera a mirar hacia el costado… Y mucho menos hacia el pasado…

El tiempo pasa. Beberse la caña de cerveza. Y esperar. Notar que los árboles ya no están. O están muy lejos. Que ya no hay cines, ni teatros, ni nada. Que ya no se ve ninguna obra aparente. Y que la mayoría de las casas presentan la misma fachada…Continuar. Hasta que el lugar se haga improbable. Irreal. Hasta tener la impresión, durante un brevísimo instante, de estar en una ciudad extranjera. Lejos, bien lejos. En el exilio. A salvo. O mejor aún, continuar hasta no entender ya lo que está pasando. Que el lugar, (por ejemplo “Las Violetas”), se convierta en un ámbito extranjero. Que ya no se sepa incluso que ESTO se llama ciudad, o Buenos Aires, o una calle, o Rivadavia, o Medrano, o inmuebles, o periodistas, o veredas, o revolución, o guerrilla.

No saber el significado de ninguna de estas palabras.

Esforzarse por imaginar, con la mayor precisión posible, bajo la red de calles, el paso de las líneas de subte, el planeamiento de las redes cloacales, la proliferación invisible y subterránea de caños y conductos (electricidad, gas, líneas telefónicas, conducciones de agua), la arquitectura, la disposición, las paredes, los pisos, las habitaciones y las medidas específicas de cada uno de los CCD (Centros Clandestinos de Detención), sin los cuales las vidas de los ciudadanos comunes, respetables, serios, aquellos que pagan puntualmente sus impuestos, serían imposibles en la superficie.

Mudarse. Dejar un departamento. Desocupar una casa. Levantar el campo. Despejar. Ahuecar el ala. Fugarse. Desaparecer. Verse obligado a cambiar de domicilio treinta veces en el lapso de seis meses. Inventariar. Ordenar. Clasificar. Seleccionar. Agarrar lo primero que se tiene a mano. Llevarse sólo lo indispensable para seguir actuando. Para continuar militando. Para seguir con vida. Sobreviviendo. En la clandestinidad. Andar de acá para allá. Fijar. Pegar carteles. Jurar. Insistir. Agitar antes de usar. Eliminar. Tirar. Verificar. Vender. Memorizar documentos, papeles, contactos. Y luego romper. Quemar todo lo que nos pueda incriminar: libros, revistas, carnet de afiliado al Partido Comunista. Bajar. Desclavar. Despegar. Desatornillar. Descolgar. Desconectar. Soltar. Huir. Batirse en retirada. Cortar. Sacar. Desmontar una casa o un operativo. Doblar. Enrollar. Empaquetar. Embalar. Apretar. Anudar. Apilar. Juntar. Amontonar. Atar. Envolver. Proteger y protegerse. Ocultarse. Guardarse. Cubrirse. Cerrar. Recoger. Llevar. Levantar. Barrer. Limpiar. Verificar. Acondicionar. Esperar. Imaginar. Decidir. Arriesgarse. Cerrar. Marcharse. Recomenzar. Tirar un colchón. Dormir en el suelo. No poder dormir más. Deambular en sueños… Recordar, ver, entrever a nuestros amigos muertos. No. Mejor aún: desaparecidos. Ni vivos ni muertos. En Europa. En París. En New York. En Milán. En Berlín. Allí están. Allí se encuentran ahora. De vacaciones. En plena faena de reconstrucción de las organizaciones. Asistiendo a escuelas de militancia. Impartiendo justicia. Celebrando ahora mismo, mientras escribo, mientras vivimos alegremente nuestros últimos días, Congresos Políticos y Juicios Revolucionarios…

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2 comentarios to “Mientras más estúpidos los hombres son Menos los caballos los entienden (3)”

  1. Marcos Porrini Says:

    Qué bárbaro. Dos frases me impactaron por sobre todo: “Los que circulan en coches sin patentes, con varios extraños a su lado.” y “Los que llevan una granada sin explotar cuando suben al colectivo.” Más allá de la belleza del texto y su gracia, quedé muy encantado con la experiencia de vida implícita en ese modo de pararse frente a las cosas. Veo a un hombre que simplemente observa, y chupa la riqueza filosófica, poética, estética, espiritual de aún la más trivial de las situaciones. No se pierde nada, y aun lo que no está, es convocado para engrosar la belleza y la potencia de lo que sí está. No importa de qué trata el texto; importa, y mucho, cómo trata a las cosas, y cómo el hombre se trata a sí mismo. El lector es impulsado a tratar de este modo elevado el mundo que le rodea y le pertenece.

  2. Marcos Porrini Says:

    Perdón, la frase de los coches me gustó, pero quería citar esta y me equivoqué: “Los que tienen una pastilla de cianuro siempre a mano, listos para llevársela a la boca cuando estén acorralados.”

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