Diciembre

Por fin ya es historia. Por fin este diciembre alocado y apocalíptico ya es historia. Este diciembre cargado de situaciones “raras”, de saqueos con una policía autoacuartelada, con zonas liberadas, que generó un contagio federal, de provincia en provincia, y que amenazó con repetir la crisis y la desestabilización del 2001. Un diciembre que incluyó también los “festejos” por los treinta años de democracia, la misma noche que en Tucumán la policía decidió salir de su aislamiento sólo con el “gozoso” fin de reprimir a manifestantes. Un diciembre que sumó además, como si todo esto fuera poco, cortes de luz interminables en medio de una ola de calor que ocasionó que uno tuviera ganas de arrancarse la piel a mordiscos y tirar sus restos a los perros salvajes. Hay algo en vos que está empezando a asustarte, cantan Los Redondos. Y efectivamente siento que es así: hay algo (mucho) en esta ciudad, en este país y por supuesto también en mí, que cada día me asusta un poco más. Los límites se corren, se desplazan. Y ya estamos (estoy) en el ámbito del horror, de la desesperanza y del desamparo, en lo que a Buenos Aires se refiere.

Estar encerrado dentro de uno mismo, sin posibilidad de escapatoria. Es lo que se siente cuando se tiene un enorme tapón de cera dentro del oído. Afectado el equilibro, racional y emocional, uno queda aislado. Todo contacto con el mundo, interrumpido. Y así va pasando el tiempo. Así va pasando la vida. Hasta que por fin, a punto de volverme loco, el tapón sale. O te lo sacan.

Apenas un día antes de que termine el año, un amigo odontólogo se confiesa. Me relata su amargura ante la vida que lleva. No encuentra refugio ni salidas posibles. No le gusta vivir como vive. La familia. La infancia. Los recuerdos. El presente y el pasado lo atrapan. Espera el nuevo año sin prisa, sin pausas y especialmente sin expectativas. No sé qué decirle. No tengo palabras de consuelo ni de esperanza.

Me destrozan en un concurso docente. El jurado procede de muy mala fe. Apenas si me interesa. Prefiero frecuentar bares con amigos. Tomar más alcohol del aconsejado. Casi emborracharme, porque nunca, desde hace muchos años, me emborracho del todo. En plena nochebuena, un policía fuera de servicio asesina con su arma reglamentaria a un hombre que cortaba la calle, harto de los repetidos e inaguantables cortes de luz. A los pocos minutos del hecho, absurdamente la luz regresa a su hogar. Por esos mismos días, absorto de todo, inmerso más que nunca en mí, yo me confieso ante una mujer. Es una confesión como pocas veces hice en mi vida. Como nunca antes. Quizás, como nunca después.

Siento que todo está más que dislocado. Todo está patas para arriba. En semejante inestabilidad, no sé ya cómo pararme, qué sentir. Cómo reaccionar ante el mundo: el externo y el interno. Comprendo entonces que todo está más vivo que nunca. Hay pasión, coraje, energía, pulsión, incertidumbre, angustia, sabor a fin del mundo. Pese al infierno literal en que vivimos, no hay otra. Hay que seguir. Me despido de un montón de gente, sólo para que al día siguiente, al mes, al año, todo vuelva a empezar. Y cuando algo termina siempre vuelve a empezar, canta Pablo Krantz. Siento que esa canción la escribió para mí. Siento que tiene más razón que nunca. Estamos vivos y eso ya es motivo suficiente de alegría y entusiasmo. Superamos otro gran, enorme, demoledor año. Sobrevivimos a lo peor. O quizás a lo mejor, que siempre es más duro de traspasar. Todo porvenir es posible. Toda música es bienvenida. O quizás lo peor y lo mejor sólo estén por venir.

Me abrazo con amigos. Lloramos. Las despedidas siempre son difíciles. Nunca fueron lo mío. Veo música para coronar el fin de año. Un festival interminable, demencial y agotador. Pero inolvidable. El yin y el yang. La luz que siempre se las arregla para emerger aún dentro de toda oscuridad profunda. Y la oscuridad que a su vez siempre acecha en toda situación luminosa. Estos dos elementos, presentes siempre, en nuestra vida. Es lo que me deja este diciembre. Es lo que puedo llegar a entender en medio de tanto ruido, de tanta furia.

Tocar la campana en la noche de fin de año: una tradición familiar que también tuve que cumplir esta vez, como todos los años. En la casa de mis padres, en Boedo. El mismo barrio que sufrió rescates dramáticos a ancianos que quedaban aislados en las trampas mortales que suponen esos edificios enormes, sin luz y sin agua.

Y los encuentros de fin de año se hacen y se hicieron interminables, como aquella noche en el mítico bar “San Bernardo”, rodeados de mesas de pool y jugadores ávidos de ping pong, mientras discutíamos sobre los hombres recortados, las mujeres excesivamente feminizadas y el amor desde una perspectiva cínica confrontada con otra “fitolennoniana”, (más los siempre omnipresentes tópicos del fraude y el porno), con mis amigos y amigas del grupo de investigación de la UBA, del que formo parte hace ya varios años. Pero también hubo, antes de todo eso, un fin de cuatrimestre con el grupo al que le di clases todo el año. Y la despedida fue emotiva, visceral, un poco triste. Y el final (por ahora) de los encuentros de investigación con mis amigos de la Compañía Móvil, en la residencia artística “Hasta los huesos”, verdadero festín multidisciplinario que incluye músicos, bailarines, directores, titiriteros, dramaturgos.  Y mi participación como actor-lector en un ciclo de teatro leído que se extendió por horas y horas, convirtiéndose en un auténtica maratón, regado por cervezas y licor de melón. Y una lectura con mis alumnos de escritura a medio hacer, interrumpida cerca de las cuatro de la madrugada, en la terraza de un edificio del Abasto, rodeados de hamburguesas, fainás, fotos del Papa Francisco, de crucifijos, de ostias, de rosarios y de otras muchas más simbologías cristianas. Y también mi encuentro con un amigo ex viajero al que logro sacar de su parquedad habitual y que me confiesa secretos de viajes desconocidos. Es la misma noche en que contemplo incrédulo en un bar que otro amigo, padre de tres hijos, tiene mucho más aguante que yo. Se queda hablando con dos señoritas hasta bien entrada la madrugada. Y también el cumpleaños de mi tía y la charla con mi prima que vive en Chile, y que ya se ha convertido, de algún modo, en una ciudadana chilena más. Y otro amigo que cambia radicalmente de vida, siguiendo a un amor de su adolescencia, deja su trabajo y su vida en la ciudad, y se va a vivir a Paraná. Y muchas tardes que transcurren en bares con aire acondicionado, para paliar aunque sea un poco el calor horrible que me espera afuera. Y una bañera a la que lleno de cubitos de hielo. Horas enteras con la cabeza vacía, mirando la pared del baño, dentro de la bañera, intentando tranquilizarme. Y las noches durmiendo a la intemperie, con mi bolsa de dormir, en la terraza, despertándome a las seis de la mañana o antes, con la primera claridad, haciéndome sentir que estoy en el campo en plena zona urbana, buscando tranquilizar mi desasosiego mientras contemplo en silencio las luces que irradian esas estrellas muertas hace miles de años.

Y ya cuando nada lo hace prever, empiezo el nuevo año nadando en una pileta. Nado horas y horas. Es mi reencuentro oficial con el agua, luego de muchos años. Al día siguiente debo ir urgente a una guardia para que me saquen el tan mentado tapón de cera. Pero eso ya es harina de otro costal. Ya estamos en el nuevo año. Y yo sólo quería poner en palabras algunas de las sensaciones de este diciembre infernal, que lo tuvo todo y que a la vez pasó como si nada. Que me dejó con casi nada. Sólo queda de él, el recuerdo de las ganas, del ansia de vivir, del deseo, de la inestabilidad de saberse en crisis (social y privada, colectiva y existencial), y la basura quemada en cada cruce de calle. A la espera, quizás, de un nuevo apocalipsis. En resguardo, por qué no, de otro colapso. O de una próxima esperanza.

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Una respuesta to “Diciembre”

  1. Diario de un Perdedor Says:

    En la costa todo parecía tan calmo, tan lindo, tan raro…..

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