Llegó MIGRACIONES, mi tercer libro de teatro

migraciones

Quién iba a pensar allá por 2010, cuando terminaba la obra que le da título al libro, que iba a publicarla.  Terminar esa obra fue para mí una proeza, un gran esfuerzo y una alegría incomparable. Así lo sentí en aquel momento. Así lo siento también ahora, cuando el libro ya está en mi poder. Pienso en alguien muy especial, que ya no está entre nosotros, como suele decirse. Pienso en Menelao, el actor y ex funcionario albanés, cuyo fundamental testimonio figura en la obra. Pienso en el inmenso placer, en el trabajo y el goce que existe siempre al considerar, aunque sea eventualmente, que una obra está terminada. Más aún si esa obra se publica. Sé que publicar teatro no es el objetivo principal de un dramaturgo. Pero mis libros de teatro, además de coronar de alguna manera el arduo trabajo expresivo, técnico y dramático de años de arte y vida, (es decir de años de inutilidad en los términos de la eficientista sociedad del tardocapitalismo actual), me han acercado a muchos nuevos amigos de acá y de otras partes del mundo. Producidos con gran voluntad y fuerza autogestiva (siempre digo que mi teatro es punk o pospunk diría ahora, luego de leer a Simon Reynolds), su difusión ha sido mayor a la esperada por mí. Será que ya soy más grande, que dejé de ser un chico hace varios años, pero ahora valoro más que nunca lo que antes me pasaba inadvertido, cada logro minimalista de mi día a día. Quizás porque valoro más que nunca cada momento de mi vida, cada presente. Pienso el tiempo sólo como una sucesión de presentes. “Tu pasado termina en tu presente. Lo cual quiere decir: no dejes que tu pasado te condicione”. Me autocito, no para ser posmoderno sino porque me interesa pensar que mi pasado (por más que lo aprecie, lo valore y a veces hasta lo extrañe), ya quedó definitivamente atrás, ya es relato y autorretrato, formas de autonarrarme para evitar volverme loco. Y es que lo mejor está por venir. Mañana siempre es y será mejor. Más y mejores libros. Más y mejor calidad de vida. Más lógica cualitativa, menos cuantitativa. Más y mejor escritura. Porque en todos estos años, de confusión, de mezcla, de hibridez, de experimentaciones en terrenos bien distintos, la escritura siempre me acompaña. La escritura es como el cuerpo: no puedo despegarme de ella. Supongo que me seguirá acompañando hasta que me vaya. Una de las pocas constantes. Escribir asume tantos sentidos, tantas posibilidades. Tiene tantas caras para mí. Es intentar entenderme, curarme. Es también escribir para olvidar(me), para evitar(me) la locura, para confundirme, para perderme y provocarme de verdad. Escribo para ser otro, bien distinto del que soy ahora. Para no anestesiarme, para sentir que estoy desequilibradamente vivo. Escribo no en PRO sino en CONTRA de todos. En contra especialmente de mí mismo. Escribir es como bailar, como gritar desaforadamente una canción de “Los Álamos”, de “Acorazado Potemkin”, de “Los Espíritus”, de “The Clash”, de “Pablo Krantz”. Escribir es como pintar, como llorar, como cantar, como soñar y como comer, como cagar y coger, como reír a lo loco mientras te sopla como nunca el viento bien fuerte en la cara, llenándote de aire los pulmones y de ruido los oídos, y levantás la cabeza para ver la estrellas en el medio de la nada. Escribir es sobre todo fallar y fracasar. Saber que siempre, siempre, uno lo podría haber hecho mejor. Pero no pudo, no le alcanzó, no le sobró nada. Escribo en mi contra para poder estar así más que nunca a mi favor. Escribo para destruirme, para deconstruirme, para desedificarme y decodificarme, para introducirme ruido, caos y entropía, para romperme en mil partes. Para entender de una buena vez, para que me entre en esta cabezota dura que tengo, que sólo así, llevándome al extremo de mí mismo, podré ser capaz de ver y sentir de nuevo, como nunca y como siempre, el mundo con renovado asombro. Sólo para poder (otra vez, aunque sea una vez) fluir, encontrar la línea de menor resistencia. Sólo para poder cuestionarlo y cuestionarme todo. Y empezar de nuevo. Eterno recomenzar de mí mismo. De hacer y deshacer el mundo. Hasta el final, hasta el comienzo de algo mejor. El anhelo de otro estado del mundo. De otro estado de mí. De una nueva política del afecto. Otro color, aroma, sabor, condición, gusto, tacto. El anhelo de reinventarlo todo. Ahora soy negro, alto, rubio, morocha, de ojos claros, verdes, marrones. Ahora soy africana y asiática y tengo una pata más corta que la otra. Todo eso junto. Todo al mismo tiempo. Todo por la escritura. Pongo el mundo patas para arriba. Siento que por fin esto me pertenece porque NADA EN VERDAD ME PERTENECE. Porque NO QUIERO QUE NADA ME PERTENEZCA. Así sólo así, esto será genial, una fiesta, una maravilla, un dolor de cabeza, un espasmo en el pecho muy puntual, un catarro, un desvarío, una pulmonía, una mierda. Esto. Y aquello. Y lo de más allá. Todo junto. Todo eso junto. El fin de los límites. Y todo eso, por la escritura, por unas letritas cada vez más temblorosas e inentendibles, garrapateadas en un cuaderno GLORIA. Lo sé, está escrito: moriré de Parkinson. Salvo que Michael J. Fox descubra antes la cura. Sé también que en esta sucesión de ahoras muchas veces me divierto. Ergo: soy feliz. Como lo fui tantas antes. Como lo seré tantas después. “Voy a perder la razón. Sí señor. Esa es la cuestión” cantan “Los Álamos” en su blues a Franco Nero. Y es que después de todo, me di cuenta de que lejos de ser un “extraordinario” intelectual, soy en el fondo nada más que un gran, enorme, bañado en sangre, lugar común escrito por mí. Soy el producto de mi escritura. O de lo que ella hace conmigo. Gracias.

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