Reflexiones después del Museo de los niños débiles

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Me miro a mí mismo en la pared blanca gigante, que funciona como pantalla.

En la imagen me veo a mis cinco años, con el uniforme de preescolar. Veo también a mi tíos y mis tías, muchos de ellos muertos. Amar es descentrarse, salirse de uno mismo, me dice una amiga. Verse a uno mismo, ver eso que alguna vez fue, ese nene, eso es también descentrarse. Es una experiencia muy parecida. Y ahora qué hago conmigo, me pregunto. Hacia dónde disparo, para qué lado rajo.

Esto ocurrió hace exactamente una semana. El tiempo no importa. La sucesión de presentes hace muchos pasados instantáneos. El pasado es una imagen o no es nada. El pasado son restos, pedazos tirados en el tacho de basura de los recuerdos. La imagen está viva. Se mueve como yo. Reacciona. Se proyecta literalmente sobre mi cuerpo. Pasado y presente se encarnan en mí. Se superponen sobre la superficie y el volumen de mi cuerpo. Yo, eso que fui yo, ese nene a los cinco años, con el uniforme de preescolar. Yo también a los nueve, a los diez años. Todos esos nenes. Todas esas versiones de mí. Próximos pasados. En fiestas de cumpleaños, en navidades, en reuniones sociales. Yo me veo en trozos de un espejo roto, diría Richard Coleman. El pasado es para mí un espejo roto. ¿Qué me queda del pasado sino más que estas imágenes gigantes, ampliadas en su confusión, en su difusión y palidez? En plena función, con el cuerpo disponible y atravesado por el impacto de bala que supone la performance, soy atacado por afectos que desconozco. Me quedo parado, inmune, indefenso, totalmente conmocionado, en esa sala oscura, sin saber qué hacer, decir, pensar. Sí, ese que está en la pantalla soy yo. Eso que alguna vez fui yo. Virgen, ingenuo e ignorante ante el porvenir. Ese nene me mira fijo, parece estar preguntándome lo que le espera ¿Qué le puedo decir? ¿Cómo reaccionar? De pronto entiendo que estoy solo en público. Yo solo, sólo yo, mientras todos me miran y esperan que haga algo. Todos, incluido el nene, el único que realmente me interesa. Ese nene.

Antes de que se vaya, antes de que la sucesión de la vida y de las imágenes continúe, tengo que reunir fuerzas para decirle, para pensar: qué sé yo, loco. Tirate a la pileta. Fijate. Esto fue, es y será una locura. Sé que ya viviste lo suficiente para saber eso. Es algo que se aprende pronto. A lo mejor quizás vos tengas más suerte que yo. Quizás encuentres el sentido, algún sentido. Quizás llegues a grande, a viejo, y te pase lo que a mí. Quizás te encuentres un día, sin proponértelo, con tu propia imagen gigante reflejada en la pantalla. Una imagen que te va a mirar, como vos estás haciendo ahora conmigo. Una imagen que busca un saber que nunca vas a tener. Si es así, si te llega a pasar eso, viví el momento. Disfrutalo. Fracasá con orgullo, sentite pleno en tus cicatrices y mandá todo a la mierda. Pesos, mochilas, cargas, todo, todo, todo eso a la mierda. Y seguí para adelante, intentando no anestesiarte, buscando sorprenderte con lo más común, lo que todos consideran más común, afectándote, emocionándote con lo más trivial. En algún lugar, en algún cruce de caminos, sé que vas a encontrar la música. Y sé que ella te va a hacer feliz…

Pensé todo esto, traté de transmitírselo como pude, a ese nene que me miraba, buscando respuestas. Y después volví a lo mío. A estar solo y acompañado en público. A la vida. A la performance. A disfrutar del calor y del color del momento.

 

 

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