Un paseo más por el museo

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Ya pasaron casi dos semanas. Dos semanas desde la última función del Museo de los niños débiles.

Fue un sábado lluvioso y gris, cuando aún todo era ilusión, cuando la final del mundo (es decir, la final donde se dirime el mundo entero), entre Argentina y Alemania todavía no se había jugado. El mismo día en que Brasil ni siquiera pudo acceder al tercer puesto (“decíme qué se siente”, en versión argentina. “Decíme qué se siente ahora”, en versión brasileña). En un sábado como ese, hacer una función del museo y pretender que el público accediera a visitarnos era una completa utopía. Bordeamos la suspensión, que no abandonó nuestras cabezas ni por un momento, y sin embargo a la hora de la función La Revuelta lucía repleta de amigos, compañeros y también desconocidos. Fue una gran celebración. Una fiesta. Al menos para mí lo fue. Cada encuentro con el museo es único e indescriptible. Nunca sabemos lo que va a pasar. Nunca sé exactamente qué es lo que voy a hacer. Invoco fuerzas que desconozco, que no manejo ni controlo en ninguna forma. Cuando me calzo el traje blanco de Giuseppe y comienzan a proyectarse las imágenes que preparó Alejandra (siempre distintas, desafiándome todo el tiempo), sé que cualquier cosa puede llegar a pasar. Por momentos me dejo mecer por el flujo de esas imágenes y me convierto en un espectador más. Uno de lujo, es cierto. Un espectador que interviene, que detiene la máquina, que comenta, añade, interpela. Un espectador de un cine íntimamente personal, en el que surge mi pasado. Un cine que me atraviesa de manera literal. Como sigo extrañando al mono, y esperando una respuesta de su parte, (no sé por qué no vino a la función, nunca respondió mis mensajes, pero no importa, yo lo perdono igual y lo quiero), lo llamo en vivo, delante del público, por teléfono. Pero otra vez no me responde. El contestador automático surge por toda respuesta. Dejo un mensaje al vacío. Un mensaje que aún, dos semanas después, no fue respondido. Quizás esté muy ocupado tratando de sobrevivir, peleando por su vida, por no irse definitivamente a pique, como todos nosotros. Narro una vez más la historia de cómo me fracturó la nariz, una hora antes de la primera función, en pleno ensayo. Muestro las tomografías que me hice, que dan claramente cuenta de que soy el orgulloso portador de una nariz desviada.

El resto de la función es un derroche de improvisación y locura, con el sorteo del inigualable Tía María La Marea (es exquisito acompañando un helado en verano, con café o té en invierno), como el momento central de la noche. Cada vez estoy peor. Cada vez tengo menos límites y condicionamientos. Hay que decirlo: estoy en el mejor momento de mi vida. Y apenas empecé. Esto no es nada. Tengo tantos condicionamientos y complejos para sacarme de encima que ni yo sé en dónde voy a terminar. Me sorprendo a mí mismo a cada momento, o al menos busco hacerlo. Lo sé desde que empecé a trabajar en este museo: esta performance es sobre mí. Yo soy un niño débil. Un miserable, un jornalero, un iracundo, un asilado, un enajenado. Esta performance es sobre la transformación que está teniendo lugar en mí, ahora mismo. Mientras estoy en escena. Mientras escribo estas líneas. Mientras voy perdiendo lentamente las coordenadas que hasta recién me definían y elijo reinventarme.

El final fue con amigos, comiendo una porción de pizza, saboreando chupetines oráculo, tomando cerveza en la mismísima Revuelta, mientras miraba las fotos de funciones pasadas (esas mismas en las que me resulta tan difícil reconocerme), y leía la maravillosa historia del fundador del museo, don Arturo Ciampagna, masón, psiquiatra, filósofo y criminólogo. Otra función más, nunca igual, nunca la misma, siempre diferente, había pasado. La historia de mis cicatrices, de mi nariz rota, de las pesadillas con los niños, del pasado que siempre retorna para molestarnos, resurgió esplendorosamente. Con glamour, como debe ser. Los muñecos del museo, la naranja, la banana del mono ausente, los papeles con los textos irresponsablemente tirados por el piso, atestiguaban el transcurrir del museo. Todo había terminado. La transformación se había completado. Estaba feliz. Afuera llovía, tenue pero persistentemente. Aún éramos ingenuos, inconscientes ante el porvenir. Argentina contra Alemania se respiraba en las calles, en cada centímetro cuadrado de aire, incluso a las dos de la madrugada. Todavía reinaba la ilusión. Al día siguiente, sabríamos finalmente que no íbamos a sentirnos de ninguna manera decepcionados.

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3 comentarios to “Un paseo más por el museo”

  1. alicia Says:

    maxi, realmente me gusto mucho la obra me sorprendio tu actuacion, un tema fuerte, pero muy bien tratado, felicitaciones,,,

  2. Ale Says:

    Una experiencia única la visita al museo, los felicito!

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