Mientras más estúpidos son los hombre Menos los caballos los entienden (8)

Pilar

Ayer estuve en la Iglesia del Pilar, en Recoleta. No tuve mejor idea que rezar por vos. Hacía muchísimo tiempo que no me sentía capaz de hacer eso. Rezar. Me refiero a rezar a secas. No sólo por vos. Por alguien cualquiera. Incluso por mí. Hacía mucho tiempo también que no era capaz de pensar en alguien diferente a mí.

Y justo ayer se me ocurrió pensar en vos. En una iglesia. Un lugar ideal para vos. Un lugar en el que sé perfectamente bien que te sentirías a gusto. Muy a gusto. Si hubieras estado conmigo, te habría encantado. Los dos sabemos cuán diferentes somos. Cuando te voy a visitar, no hacés más que recordármelo. Antes estábamos unidos, me decís, teníamos una relación muy especial. Ahora, desde hace tiempo, ya no sé quién sos. No te reconozco. A veces incluso cuando te llamo por teléfono, siento tu hostilidad hacia mí, agregás. Y sin embargo, pese a todos tus reclamos y tus quejas, sé que serías muy feliz si estuvieras acá conmigo, ahora.

Ayer estuve dando vueltas por la Recoleta y por Barrio Norte. Saqué muchas fotos. Fue un hermoso día de invierno. Pero sólo pensé en vos cuando entré a esa Iglesia. Ni antes ni después. No quiero mentirte. Quiero ser por esta vez totalmente sincero. Porque sé que fueron las mentiras las que nos llevaron a este punto tan irreversible.

De nada sirven ya, a esta altura de nuestra relación, las mentiras. Sé que llegamos a un punto decisivo. Sé que nos queda ya muy poco tiempo. Ya no podemos seguir haciéndonos los boludos. Yo no puedo. No me sale más. No me lo puedo permitir. Pero ¿cómo hablar cuando ya existe un mundo de diferencia que nos separa? ¿Cómo encontrar puntos en común cuando ya hace tanto tiempo que somos como extraños? No te ofendas por lo que acabo de escribir. De nada sirve ofenderse. De a poco, muy de poco, siento que me fui alejando de todos. Me fui perdiendo. Fui desvaneciéndome para los demás. No les importo ni me importan. Los otros. No obstante, siento esa tensión. Ese desgarramiento. Añoro ese momento anterior que alguna vez, quizás, tuve.

Si hay alguna posibilidad, por remota que sea, sólo será el amor el que pueda lograrlo. El amor que todavía nos une y nada más. Nada menos…

Quizás ya las diferencias sean demasiado pronunciadas como para intentar ser francos. Como para poder decirnos todo lo que tenemos para decirnos. Sin filtros.

A veces cuando voy a tu casa, pierdo la paciencia. No te soporto. No tolero tu actitud. Es duro para mí mismo reconocerlo. Pero es así. Te dije que iba a intentar, aunque sea por última vez, ser sincero. No soporto tus trucos de siempre. Tus mentiras y engaños. Sé que te estoy juzgando demasiado duramente. Sé que todos, especialmente yo mismo, nos engañamos de una forma o de otra. En los últimos años, siento un cambio profundo en tu tono de voz. Entiendo que estás y que te sentís mucho más sola que antes. Que sos muy infeliz. Formaste una familia que nunca te acompañó. Una familia que incluso te menospreció, te insultó y te basureó de todas las formas posibles. Pero eso sólo pudo suceder porque vos misma lo permitiste. Fuiste vos la que nos permitió, y yo diría incluso la que nos impulsó, a mi hermano, a papá y a mí, a darte el trato que te dimos. No es algo que me enorgullece. No quiero tampoco sacarme la responsabilidad de encima. Lo que hice, lo hice yo solo. Más allá de tu actitud. Y cuando no pude soportarlo más, me fui. Pero ya era muy tarde. Ya el daño mutuo estaba hecho.

Tus amigas, tus hermanas, tu verdadera familia está desapareciendo. De a poco. Es algo normal. Pertenecen a otra época. El éxodo comenzó hace ya varios años. Pero vos te negás a aceptar los cambios. Lo que nunca toleraste es la muerte. Preferís vivir de duelo, antes que vivir a secas. Porque sos tan afecta a llorar a los muertos. Y tan poco dada a disfrutar de los vivos. No sé por qué. No creo que siempre hayas sido así. Eso debe haber sido algo que te ha ido ocurriendo en los últimos tiempos. Antes no. Antes no eras así. Lo sé. Lo recuerdo…

¿Cómo eras cuando yo no existía? ¿Era tu vida tan amarga como ahora? Quiero creer que no. Se nota en la manera en que añorás otras épocas. Otros momentos de tu vida. Tu apego a la muerte. Tengo que llamar a las cosas por su nombre. Eso es lo que te ha ocurrido en los últimos años. Tu afición a los lazos con la muerte. Es algo que me cuesta entender. Algo de lo que no te puedo arrancar. Tengo tanto miedo de contagiarme ese aspecto de tu personalidad. Quizás sientas que desperdiciaste tu vida. A veces me lo dijiste. Quizás sientas que todo, y muy especialmente esta familia, fue en vano. Y es cierto que a veces, tantas veces, las decisiones que tomamos fueron equivocadas. Y es cierto que esas mismas decisiones, u otras, nos han hecho sufrir. Insisto: no quiero juzgarte. No tengo derecho. Sé que hiciste lo que pudiste con nosotros. Y también con vos misma. Llegaste hasta donde fuiste capaz. Hasta donde te lo permitieron tus fuerzas. Llegaste hasta el final. Quiero resistirme con todas mis fuerzas a que mis palabras suenen como una sentencia. Nadie está en el banquillo aquí. O si hay alguien que está siendo juzgado hoy, ahora, somos los dos. Vos y yo. Si tengo que juzgarte, seré entonces juez y parte…

No siento que haya nada definitivo ni final en la vida. Ni en la tuya, ni tampoco en la mía. Quizás aún estés a tiempo. Quizás aún puedas revertir todo lo malo que te anda pasando. No lo sé realmente. No depende de mí. Hace tiempo que me siento cansado. Hace tiempo que, muchas veces, me siento totalmente vencido. Completamente desalentado. Quizás porque sé que colectivamente ya no tenemos retorno. Porque llegamos a un punto del que no hay más escapatoria. Y todo se juega hoy a cara o cruz. A suerte o verdad. O destino. Como el otro día, cuando en la estación de trenes, un pibe me dijo que si no le daba unas monedas, me iba a apuñalar con un cuchillo. Soy de la villa, me dijo, no me importa nada. Y a mí me dio tanta tristeza. Me dio muchísima pena que a ese pibe ya no le importe realmente nada de nada. Ni de él ni de nadie.

Y sé que en este punto vemos también las cosas de maneras muy distintas. Que para vos esto se arregla de una forma, con más policías, con mano dura, etc., lo que para mí sólo servirá para agravar la cuestión.

Sé que en esto, como en tantas otras cosas, tampoco coincidimos. Y así uno se va quedando paulatinamente más solo. Vos y yo. Dos soledades vividas cada uno por su lado. Por nuestra insalvable incomprensión. Entonces nos encontramos cercados. Fueron nuestras propias decisiones, las mías y las tuyas, las que nos llevaron a este lugar. Pero quiero pensar que todavía, a pesar de todo, podemos revertirlo. Quiero pensar que todavía estamos a tiempo de revertir nuestra situación…

Hace muchos días que no te escribo. Hace muchos días que pienso sólo en el hoy. El presente me preocupa como casi nunca. Y sin embargo siento cómo, impasiblemente, la vida se me está escapando. Me siento impotente. Siento que es poco lo que puedo hacer. Sé entonces, lúcida y conscientemente, que una vez más me estoy engañando.

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