Mientras más estúpidos los hombres son Menos los caballos los entienden (14)

ENCIERRO

Una pared. Un muro. Una autopista. Un banco. Un espacio de dos por dos por dos. Un trabajo agobiante. Una oficina destartalada. Que se cae a pedazos. Las paredes descascaradas, a punto de estallar. Una cárcel. Usted elija cuál. Una casa. Un hogar repleto de deudas. Una enfermedad terminal. Una familia: con dos hijos, con dos tías, con una madre preguntona y una mujer compulsivamente ajena.

Un barco, un avión, un tren. Un subte a las ocho de la mañana de un día laboral. Con el olor a sudor, (el propio y el ajeno), invadiéndolo todo. Sudor de acero inoxidable. ¿Le sobra algo de cambio, señor? ¿Tiene una monedita para compartir, señor?…

Un reloj. Digital. Con agujas de plástico o de metal. Un televisor. Un súper plasma ultra pantalla grande. Un HD TV fibra de carbono. Banda ancha. Wi-Fi. Sin restricciones. Sin pausa. Sin inhibiciones. Todo lo que hemos soñado. Lo pago a un precio muy caro.

Una caja donde poner mis cosas. Una rutina. Siempre la misma. O también diferente, que en definitiva es lo mismo. Lo mismo siempre, todos los días. Lo diferente, todas las semanas. Menos en Navidad. En Reyes. O en el Día de la Patria. Viva la diversidad.

Me levanto, desayuno, voy al trabajo. O a buscar trabajo. Almuerzo. Meriendo. Ceno. Me entretengo como puedo. Televisor. Cine. Video. DVD. Sarampión. De vez en cuando me enfermo y se corta todo. Para que al rato vuelva a empezar. Casi inmediatamente. Ya.

Un espacio reducido, mínimo. Para pensar. Para actuar. Actúo. Uno, dos, tres. Todo cronometrado. Todo lícito. Prefijado. Pautado. El tiempo pasa. Vuela. Y yo sin hacer nada. Y yo sin ordenar mi cama. Y sin limpiar las sábanas. Un espacio de nada. Nada para mí. ¿Y para Usted?… También nada.

Ponte en la piel del toro, me dicen. Ponte en la piel del otro. Me pongo: corro lo más cerca posible del toro, sin llegar nunca a tocarlo. Si lo toco, quién sabe. Quizás me ame. Amemos al toro. Amemos al otro.

Otro: Ámanos. Ámanos porque si no…

Un recorrido urbano. Todas las mañanas. Uno nuevo. Uno igual. Uno siempre igual a uno. Uno más uno. Se apilan. Se chocan. Se cansan. Se hartan. Hasta aquí llegamos, dicen. Y se abrazan. Los recorridos recorren su abrazo. Abrazo al Congreso. A la Casa Rosada. A la Blanca. A la Casa Quinta. Una casa en la quinta del ñato. Con muros, con paredes, con un baño recién arreglado a nuevo. Y un pulmón de aire que ni te cuento: te vas a chupar los dedos cuando respires ese puro aire viciado…

Un día de otoño, cualquier día, voy caminando por la calle, tranquilamente. Una avenida inmensa. La más ancha del mundo. Sin espacio. Somos tantos. No somos nada, dice mi abuela en chancletas. Somos marranos nadando en el barro, dice el perro de mi vecino, mientras se come un churrasco. Y se rasca las pulgas del lomo y de las patas. Patas aptas para caminar, para patear. Para cagar libremente en las plazas.

Una forma de protesta.

Una manifestación.

Cagar en las plazas.

Abono orgánico.

Fertilizante.

¿Una manifestación será una forma de protesta?

¿Seguirá siéndolo?

¿Será?

Un grupo de personas se mantienen en una plaza durante un tiempo.

Un conjunto de mujeres abrasadas. Abrazadas. Calcinadas por las llamas.

Ciento cuarenta y seis mujeres a la salida de la fábrica textil clandestina de su barrio, vecino amigo. Cualquier barrio… El suyo por empezar.

Una historia verídica. No. No se ría, amigo. Vecino. Maleducado. No se ría. No haga la vista gorda. No mire para atrás. Podría pasarle a usted, cuando menos se lo espere. Cuando esté con la guardia baja.

Un incendio.

Bombas incendiarias.

No abandono la plaza por los bajos salarios y las infames condiciones de trabajo, señor juez.

Usted me mata, señor juez. Tan soberano. Tan hipócrita. Tan ocupado. Tan sabio. Venga y certifique. Venga.

En la plaza. En esta plaza. Justo en ésta, aquí, hoy, un juez me abandona a mi suerte y me dice: calma, calma. Aprenda del perro, que sabe cagar en cualquier lado. Aprenda del toro, que ama a su amo.

Esta plaza es mi plaza. Me pertenece. Se la compré a un señor de traje que trabaja sólo en los días feriados…

No hay más lugar. Qué quiere. Qué busca. Qué le gusta. No hay más plazas. Está todo ocupado. Me aplazaron. Me aplanaron. Me rajaron…

En el subte. A las ocho de la mañana. El sudor corriéndome por todos lados. Chorreando. De la cabeza a los pies. Desde el continente hasta el canal de la Mancha. Dos por dos por dos. Una pieza. Como los japoneses. Como los taiwaneses. Hay que ocupar espacios. Si no los ocupo yo, viene otro y me los saca. Viene el toro, que me quiere tanto, me ama y me raja.

En mi escuela.

En mi casa.

Una bomba en mi plaza.

Voy a poner una bomba en mi plaza y se acabó todo. Fin de la cuestión.

Una bomba incendiaria.

Hoy me levanto a la mañana y pienso: pongo una bomba y al carajo.

Desayuno manzanas.

Una delicia.

Por suerte todavía hay manzanas…

Anuncios

Etiquetas: ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s