Mientras más estúpidos los hombres son Menos los caballos los entienden (15)

FRONTERA

Un hombre. Un hombre no. Un prisionero. En plena huida. Dentro de un arroyo. Su cuerpo sin vello hundido por completo en el agua límpida. Excepto por su nariz y su boca. Que permanecen fuera. Para poder respirar y sentir el suave contacto con el aire.

Busca escapar del olfato de los perros y de las linternas de los guardias. Que lo acechan. Están ahí nomás. A un paso. Muy cerca. Casi encima suyo. Siente los ladridos prácticamente en la nuca. Lo persiguen afanosamente. A lo largo del arroyo. Durante toda la noche. Las pisadas de los guardias lo rodean. El pasto fresco por el rocío del atardecer. Si se mueve apenas, aunque sea un milímetro, es hombre muerto. Lo sabe. Lo siente. Transpira. Aunque esté dentro del agua transpira. La noche se vuelve eterna. El tiempo no pasa más. Se estanca. Se alarga en el fragor de los ruidos de esa persecución que involucra cada vez a más guardias. Y a más perros. Su cuerpo desnudo se congela. Lo siente inerte. Duro. Ya no puede soportar la temperatura mínima de ese arroyo helado. En unos segundos-minutos-horas-meses-años más, todo habrá terminado. Porque se habrán ido los guardias y los perros. O porque quizás él mismo se habrá ya ahogado, desnudo, lívido y congelado. Su cuerpo sin vida se sumergirá en el fondo de ese arroyo que a esta hora parece amarronado. Por el efecto de la luz de la luna y de la noche profunda.

¿Cuánto tiempo más podrá soportar este sufrimiento? ¿Cuánto podrá aguantar sin ser descubierto? Se pregunta, mientras yace allí, tendido en el lecho del arroyo.

Aguanta. Estoico. Sólo un momento. Unas horas más. Hasta el amanecer. Hasta encontrar la claridad. Y poder entonces escapar de ese infierno. De una vez por todas. Para siempre. Definitivamente.

Cuando la luz del alba emerja desde lo profundo de esa noche cerrada, van a dejar de buscarlo. Lo sabe. Lo vivió otras veces. En otros tiempos. No tan lejanos. Ése va a ser su momento. Su oportunidad para mandar todo y a todos al diablo. A eso apuesta. Se juega entero hasta alcanzar esa luz tan deseada. Que no llega. Se hace desear. Nunca quiso tanto que la mañana se hiciera presente de manera tan urgente. Pero esa noche no es cualquier noche. Es la primera del invierno. La más larga del año. Y es por eso que los ladridos de los perros, las luces de las linternas y las pisadas de los guardias se hacen interminables. O parecen serlo. Hasta que van escaseando. Se vuelven esporádicas. Lo que antes era una presencia constante, permanente, deja de serlo. Una amenaza que desaparece. Se evapora. Se torna incierta. El hombre sigue vivo. Milagrosamente. El hombre no. El prisionero. Atento a todos los movimientos. Controlando cada uno de los músculos de su cuerpo. Más allá del frío. Contra todos los pronósticos, una tímida luz de sol, que aparece casi como pidiendo permiso, se hace presente. El prisionero es libre. Al fin. O cree que lo es. Se levanta. Abandona su cama de agua. La que le permitió hacerle frente a esa persecución sin tregua. Sale hacia la frescura del pasto. Hacia la claridad de la mañana fría y destemplada. Justo en el mismo momento en que se hace a la idea de disfrutar de su huida definitiva, un perro perdido, rezagado en la búsqueda noctámbula, lo observa. Sin ladrar. Con expresión ausente. Ambos, perro y prisionero, se contemplan mutuamente durante un largo rato. En silencio. Callados. Ni una mosca se interpone entre ellos. Nada.

El prisionero sabe, presiente, anticipa su final. En el encuentro con ese animal. Perdido y libre como él. Por unos pocos minutos se miran, inseguros. Desconfiados uno del otro. Y después ya no se observan más. Dejan de prestarse atención y cada uno sigue su camino. Sin chistar. Bajo perfil. Absolutamente discreto. El perro se va por donde vino. En busca de su amo. Uno de los guardias, quizás. El hombre camina a lo largo del arroyo. En dirección opuesta. Sobre la frontera. Quién sabe hacia dónde. Él no puede imaginarse lo que va a encontrar al final del camino. Nada puede ser peor que esto, piensa, mientras sigue el recorrido de esa modesta línea de agua, que ya escasea.

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