Mientras más estúpidos los hombres son Menos los caballos los entienden (18)

LUCES AL ATARDECER

Abro bien temprano, por la tarde. A eso de las siete y media. Cuando la mayoría ya terminó con su jornada laboral. La mía, en cambio, a esa hora acaba de empezar…

Al principio la situación no es nada fácil. Hay que hacerse conocer. Hacerles saber que el lugar está disponible para que ellos pasen un buen rato. Y consuman, que es en definitiva lo importante. Después de varios meses, la situación empieza a estabilizarse. Una clientela regular se hace asidua. Viene todos los días. A desahogar sus penas. A contarme sus problemas. O simplemente, a relajarse de las tensiones y disfrutar de un poco de paz.

No faltan tampoco los que vienen de trampa. Apenas verlos, ya los conozco. Me doy cuenta. No los juzgo. Nunca lo haría. Después de todo, tienen tanto derecho a que les sirva como los demás. Algunos me involucran en sus mentiras. O en sus vidas personales, que viene a ser lo mismo. Si entran en confianza, me piden opiniones, consejos, recomendaciones. La mayoría de las veces no sé qué decir. Aunque siempre trato de decirles algo. Sé que esperan un buen consejo de un hombre como yo. Corresponde. Es cuestión de buena educación. No vaya a ser que se ofendan, si no les suelto nada, y que después ya no quieran venir nunca más. Aunque mis consejos no dejan de ser toscos y vulgares, siempre me los agradecen. Saben que sólo quiero lo mejor para ellos. Si a ellos les va bien, a mí también. Siempre pensé así. Es lo que hizo que este lugar progresara.

A la noche, muy tarde, cuando las voces se callan porque mis clientes ya se han ido, llego a sentirme muy solo. En ese momento subo a mi habitación, en el primer piso, y pienso en ellos. En sus confidencias y revelaciones. En sus tristezas de esa noche. Todas las que alcancé a oír. Todas las que me han contado.

Muchos de ellos han llegado a convertirse en grandes amigos personales. Aún cuando ya no vengan más a este lugar. Los extraño, aunque de alguna manera hemos logrado seguir en contacto. Alguna carta, una postal, un mensaje grabado. Todos los medios son válidos con tal de no perdernos de vista.

Sé muy bien lo que quieren mis clientes. Los más asiduos. Los que vienen todos los días. No tengo que preguntarles. Estoy perfectamente al tanto de la bebida que les atrae. La misma por la cual han dejado todo su dinero en este lugar. Les preparo un trago en un abrir y cerrar de ojos. Antes de que puedan siquiera llegar a hacer el pedido, ya lo tienen en la mesa. Listo para ser bebido. Por eso me confían todos sus problemas. Y me saludan con una amplia y generosa sonrisa, apenas llegan.

No sé qué será de mí en el futuro inmediato. Muy pronto me veré forzado a cerrar. Es necesario. Hace tiempo ya que las cuentas no cierran. Y las deudas me aprietan. Estoy viejo, enfermo y cansado.

Una nueva oportunidad acaba de surgir, sin embargo. Algo que me permitirá quitarme de encima este enorme peso que llevo desde hace tantos años. Pero para eso tengo que vender este lugar. Lo he pensado de todas las maneras. Di vueltas y más vueltas. Y no hay caso. Es la única opción. La salida para poder vivir tranquilo durante mis últimos años.

Un retiro limpio. Digno. Sin deudas. Sin pasado. Espero poder soportarlo.

Hoy es un día especial. Es un hermoso día de verano. Seco. Sin nubes. Casi sin calor. Unos minutos antes de abrir, acabo de salir a la calle. Mientras contemplaba el cielo y los árboles, que no dejaban de moverse al ritmo de una suave brisa, decidí que hoy voy a cerrar muy tarde. Lo más tarde que pueda. Esta noche, sólo por única y última vez, el local va a permanecer abierto. Hasta el día siguiente, justo hasta las ocho de la mañana.

Será una jornada fantástica, memorable.

A esa hora, a los pocos clientes que aún queden, los voy a reunir y les voy a decir: gracias por todos estos años. Fueron muy duros, pero pese a todo lo pasé fantástico, muy bien, de lo mejor. Listo. Ya está. Gracias por esta última noche. Ahora puedo cerrar en paz.

Esta noche es mi última noche. Por suerte. Ya no aguanto más a esos miserables.

Ya son más de las ocho. A esta hora todavía no ha venido nadie. Qué raro. Espero que no sea una mala señal. Espero que en cualquier momento caigan unos cuantos. No quiero abrir mañana. No me interesa. Lo tengo decidido. Voy a esperar una media hora más. Si no viene nadie, voy a cerrar. Listo. Ya está. Voy a ir a la terraza, con el termo repleto. Y mientras me cebo unos mates, voy a contemplar las últimas luces de la tarde. Sentado en mi reposera de siempre. Las mismas luces que, justo un rato antes del crepúsculo, se ven inmensas y majestuosas desde ahí arriba. Sombras alargadas de rejas y barrotes, de tejas, techos y respiraderos de aire. Sombras que preanuncian que un día más está a punto de terminar…

No está nada mal para un final. Prefiero ese a cualquier otro. Al que mencioné antes, por ejemplo. Que era muy sentimental. Con ese discurso pedorro, dirigido a unos pocos borrachos desagradecidos que desde hace tiempo no soporto.

Cinco minutos más entonces y cierro. Espero que ya no venga ningún cliente a molestarme.

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