Mientras más estúpidos los hombres son Menos los caballos los entienden (19)

PICADA

Me encuentro con un amigo a quien hace mucho tiempo que no veo. Decidimos ir a un bar para ponernos al día. Entramos y nos sentamos al fondo. Es una especie de lugar reservado, desde el cual tenemos una vista privilegiada del lugar. De pronto, ingresa por la puerta un hombre armado. Exclama a los gritos que en ese lugar han asesinado a su hijo. Viene a tomarse revancha, aclara. Dice que cualquiera de nosotros, ocasionales parroquianos, podemos haber sido los asesinos de su hijo. Y por lo tanto está dispuesto a matar a alguien al azar. Una muerte por otra, grita enardecido. Estamos aterrados. Nos empequeñecemos lo más que podemos. Casi que nos ocultamos debajo de nuestra mesa. Los demás hacen lo mismo. Pero algunos clientes adoptan otra actitud. Lo van convenciendo de a poco que no vale la pena matar a nadie. Porque ninguno de nosotros, los que estamos ahí, sabemos nada de su hijo. Ni mucho menos de su muerte. El hombre se deja convencer. Expresa su profundo dolor y se marcha. Sin tirar ni un solo tiro.

Justo cuando nos creemos a salvo, entra una mujer armada. Con un arma aún más potente. Sostiene una ametralladora. Viene dispuesta a todo. Se la nota incluso mucho más extraviada emocionalmente que al hombre. Su historia es similar: en ese bar han matado a su hija en el día de ayer y viene dispuesta a vengarse. No se deja convencer de ninguna manera. Apenas si se le puede hablar. A los gritos, afirma que va a matar al azar a alguien, para aliviar su dolor. Por puro resentimiento contra el establecimiento y contra todos los que tenemos la mala suerte de estar ahí, en ese momento. Se acerca a la mesa contigua a la nuestra. Toma a un hombre del cuello. Le dispara varias veces en distintas parte de su cuerpo: las rodillas, las manos, los pies y finalmente el estómago. No quiere matarlo de un solo tiro. No. Quiere hacerlo sufrir, para vengarse por lo que le hicieron a su hija. Y también por su propio sufrimiento. El hombre convulsiona, se desangra y finalmente muere. Sus tripas quedan al descubierto: la mujer las ha expuesto ante la vista de todos los clientes. Luego se marcha, recompuesta.

Comprendemos, sin embargo, que tenemos que irnos rápidamente de allí. Antes de que venga otro loco más y que, esta vez sí, nos asesine. Mi amigo y yo salimos. Es inexplicable la sensación que nos invade. Lejos de encontrarnos deprimidos o paralizados por lo que acabamos de presenciar, estamos eufóricos. Hemos sobrevivido. Vemos la vida con otros ojos. Saltamos, cantamos y bailamos. Todo nos satisface. Es como si hubiéramos nacido de nuevo. Estamos viviendo tiempo extra y lo agradecemos.

Vamos caminando a los saltos hasta la enorme casa colectiva en la que vive mi amigo, con otros hombres y mujeres. A muchos de los cuales ni siquiera conoce en profundidad. Cuando llegamos, los demás no entienden nuestra euforia. Contamos nuestra aventura con una pasión por vivir desenfrenada. No podemos más de contentos. Ni por un momento se nos ocurre pensar en el hombre asesinado. O en los hijos de esa mujer y de ese hombre. Nosotros seguimos exaltados y dispuestos a festejar la vida, en todos sus microscópicos detalles y acontecimientos. Celebramos así nuestro reencuentro, tomando cerveza y comiendo una suculenta picada. Y luego, ya más tranquilos y satisfechos, nos despedimos, sabiendo que quizás no nos veamos nunca más.

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