Mientras más estúpidos los hombres son Menos los caballos los entienden (21)

SECRETOS

Los pájaros tienen obsesiones. Siguen a la gente. La persiguen compulsivamente. Hasta asfixiarlos. Si en algún momento o en alguna instancia, bajan la guardia, ahí están ellos. Firmes. Al pie del cañón. Acechándolos. Los pájaros. De todos los colores y tamaños. Feroces. Ingenuos. Delicados. Espían las vidas de los solitarios. Hombres y mujeres de todas las edades. Razas. Credos. Y religiones. La soledad no discrimina. No le hace asco a nada. El espiar tampoco. Pasa por encima de todas las acciones preventivas. De todos los cuidados en cada una de las ciudades.

Los pájaros conocen todos los secretos de los solitarios. Lo saben todo. Hasta el más mínimo detalle. Inspeccionan hasta el último rincón de sus pertenencias. Los contemplan mientras duermen. Los han visto nacer, desarrollarse y morir. Uno tras otro. En sucesión prolongada. Pero no infinita. Todo tiene un límite. Un fin. No sólo para los solitarios espiados. Sino también para los pájaros.

Los pájaros comentan entre sí los secretos de los solitarios. A qué hora se levantan. Qué es lo que desayunan en cada estación del año. Cómo les fue en el trabajo. Qué hacen cuando llegan a sus casas. Con quiénes viven. Si es que viven con alguien. No se necesita vivir solo para ser un solitario…

Los pájaros comentan entre sí con quiénes sueñan los solitarios cuando duermen. Si es que se permiten soñar. O dormir. Porque algunos ya ni pueden.

Los pájaros escuchan las voces de los solitarios. Son tan diferentes. Tan distintas. Tan propias. Voces de todos los colores. Timbres. Ritmos. Y estados de ánimo. De la euforia a la depresión. Del desasosiego a la angustia, que es una forma de desesperanza. No hablaré aquí de alegrías ni de tristezas. Dos momentos tan cotidianos de la vida. Los pájaros saben de eso. Los conocen. No son tontos. Han vivido unas vidas complejas. Repletas de vicisitudes. Y de altibajos.

Los pájaros no están para nada acostumbrados, a los pliegues contradictorios de los estados anímicos de los solitarios. Eso es lo que les llama poderosamente la atención. Lo que los atrapa. Y les fascina de ellos. Cuando los solitarios se deciden por fin a hablar en voz alta, por las noches, a altísimas horas de la madrugada, ahí están ellos. Los solitarios finalmente se encuentran con los pájaros. Los reconocen como pares. Como iguales. Se abrazan. Si es que aún pueden hacerlo. Si es que todavía existe la instancia en que dos seres de distintas especies puedan abrazarse. Si es así, se abrazan. Por un largo rato. Quedan agrupados. Amuchados. Indiscerniblemente juntos. Pájaros y solitarios. Y después vuelven a la normalidad. Se separan. Cada uno a lo suyo. Los pájaros: atentos, expectantes. Captándolo todo. Para no perderse ni el parpadeo más tenue. Los solitarios a su jaula. Una vez más. A vivir su vida de barrotes invisibles.

Los pájaros vuelven a comentar entre sí, jocosos, las alternativas de las vidas de los solitarios. Traicionándolos. Desconociendo el abrazo mutuo. Que hace unos momentos, apenas unos momentos antes, se habían dado con los solitarios. Entonces, la amistad se quiebra. El ciclo vuelve a recomenzar. Como todas las mañanas, las tardes y las noches. Quién sabe hasta cuándo. Quién o qué lo detendrá. No hay respuesta para eso. No por ahora. No hay posibilidad de concordia. Ni de reencuentro…

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