Mientras más estúpidos los hombres son Menos los caballos los entienden (23)

ARAÑA

Estoy acostado en mi cama, descansando. Vienen dos perros labradores a quienes conozco de una antigua vida. Uno, el más joven, llamado “Moe”, es de color chocolate. El otro, de color negro, llamado “Pipo”, es el más viejo: se lo nota severamente lastimado en la cabeza y en las patas. “Moe” se mueve vivaz y alegremente.

“Pipo” hace lo que puede, es de movimientos muy lentos y pausados. “Moe” se tira al piso, se da vuelta y mueve las patas, esperando caricias, en posición de araña o de escarabajo, boca arriba. Permanece así por un largo rato. Me acerco y lo acaricio, justo como él quiere. “Pipo” en cambio se echa en el suelo, intentando descansar, luego de lo que parece haber sido una pelea en la que claramente ha perdido. Seguramente habrá peleado con “Moe”. Reflexiono y me acerco entonces hacia “Pipo”. Noto su mirada inmensamente triste, como si me observara desde una profunda distancia, desde otro planeta. Me habla telepáticamente. Entiendo perfectamente lo que me dice, cuando intento acariciarlo en la cabeza: “con calma, muchacho, me duele muchísimo”. Sus palabras me hacen querer acariciarlo aún más, dejando a “Moe” olvidado, quien continúa mientras tanto en posición de araña. Me vuelvo hacia “Pipo”. Sigo acariciándolo, aunque esta vez con más cuidado. Algo que él insiste en remarcarme: “con cuidado, muchacho, con cuidado”, me dice. Tiene una voz grave y cavernosa. Es la voz de un ser maduro, que ha vivido unos cuantos años y ha acumulado mucha experiencia. Justo cuando mi comunicación telepática con “Pipo” es cada vez más fluida, desaparece en el momento en que presiento que está a punto de revelarme una verdad muy importante. Algo que yo desconozco por completo. Se desvanece así, sin más. Casi como vino. Sin dejar rastros…

Mientras tanto “Moe” sigue allí, en posición de araña. Espera que retome mis caricias. Pero él no logra o no puede transmitirme nada. Me lo quedo mirando, pensando en si deseo realmente acariciarlo. Pienso en “Pipo”. Hace apenas unos instantes que se fue y ya lo extraño. Recuerdo que quizás fue “Moe” el que lastimó a “Pipo”. Decido que no quiero verlo ni mucho menos acariciarlo. Me levanto de la cama y me marcho, dejando a “Moe” en posición de araña, mientras espera ser acariciado. Quizás algún otro, en cualquier momento, finalmente lo haga.

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