Mientras más estúpidos los hombres son Menos los caballos los entienden (24)

LOS CERDOS

Another earth, (Mark Cahill, 2011). Otra tierra, otro planeta, semejante al nuestro. Un espejo roto, con las mismas personas, los mismos países, los mismos problemas. Yo y mi otro yo. Uno que es idéntico a mí en todo, sólo que vive literalmente en ese otro mundo. O quizás yo sea idéntico a él. Quizás yo sea el otro yo del otro: por qué uno siempre tiene que ubicarse en el centro del universo. La película no es tanto un viaje hacia afuera como hacia adentro. Un viaje al interior de uno mismo. Qué hay allí adentro, qué se esconde, qué nos acecha, qué es lo que nos duele y nos constituye realmente. Cuántas fisuras estamos dispuestos en verdad a soportar. La película es un viaje. Un viaje hacia las implicancias del azar y del destino. ¿Será la misma monótona subsistencia la que nos espera allá afuera? ¿Mi otro yo vivirá como yo? ¿O tendrá una vida completamente diferente, con mayor suerte?

La existencia de otro que es idéntico a mí plantea la pregunta por la propia condición. La incertidumbre de ser, de estar. En la frontera de una línea en extremo borrosa, cruzar al otro lado: al lado ciego. Y no regresar. Y no poder regresar jamás. Así de cerca estamos. Así de cerca estoy, a veces, de traspasar esa frontera. Cordura y locura. Marginalidad y legalidad. Alegría y sufrimiento.

Si yo fuera capaz de verme desde afuera de mí, ¿qué es lo que realmente vería? ¿Cómo percibiría eso que la convención llama uno mismo? ¿Aceptaría sin condicionamientos eso que veo? ¿O verme a mí mismo desde la otredad de una mirada ajena, sólo me produciría horror y repugnancia?

Voy al BAFICI, el Festival de Cine Independiente de Buenos Aires. Es un domingo de abril, frío y otoñal, bien temprano a la mañana. Dan El astuto mono Pinochet contra la moneda de los cerdos, (Bettina Perut e Ivan Osnovikoff, 2004). Chile. 1973. Nos encontramos en los momentos previos al golpe de Estado encabezado por el general Augusto Pinochet. Fidel Castro, una nena de doce años, llega al país en plan de visita oficial, para apoyar a su amigo Salvador Allende en esos instantes críticos. Fidel es capturado, secuestrado y torturado salvajemente por emisarios norteamericanos, nenas y nenes de su misma edad, quienes telefonean al presidente Allende (otro nene), para hacerle saber que tienen al Primer Ministro cubano como prisionero. Le exigen que renuncie a la presidencia de Chile, como condición para dejar tranquilo a Fidel.

Mientras tanto el general Augusto Pinochet, un chico de no más de diez años, pelea con espadas de juguete del tipo “La guerra de las galaxias” contra el presidente Allende y los suyos. En plena contienda, se hace tiempo para exclamar: “amo matar con la cruz de Cristo”.

Pinochet y Allende son ahora dos nenas de diez años, que concursan a muerte en un reality show de baile. Deben definir entre ellos quién será el ganador. El premio: la presidencia de Chile.

Si Pinochet y Allende fueran dos animales salvajes, el primero sería un astuto mono, y el segundo estaría protegiendo el “Palacio de La Moneda” de los cerdos, (o estaría con los cerdos en la sede presidencial), según la versión de uno de los tantos Pinochet que pueblan la película: un nene de no más de diez años, de anteojos, dictatorial, despótico, orgulloso por haber asesinado a Allende y feliz por haberse convertido, al fin de cuentas, en presidente.

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