Mientras más estúpidos los hombres son Menos los caballos los entienden (25)

NADAR SOLO

En dondequiera que estén, adonde quiera que vayan, los muertos sueñan siempre con nosotros”.

Mi mamá me dice que me parezco a uno de mis tíos muertos. Como sano, justo como él: frutas, verduras y pescado. Nada o muy poco de carne. Las infusiones sin azúcar. Me parezco en eso y en muchas otras cosas más. Me parezco demasiado: en su terquedad, en su temperamento, agrega sin decirlo. Mi tío se suicidó, en circunstancias confusas, hace ya más de veinte años.

Esta semana fui a nadar, después de muchos años. Más de una década sin nadar. Las condiciones son diferentes ahora de lo que eran antes. Nado en una pileta de agua dulce (antes, de agua salada). Un mundo completamente distinto. No está mi tío, quien me enseñó a nadar. No tengo más quince años, ni dieciséis, ni muchos menos diecisiete. Cuando entro a la pileta, no estoy rodeado de mis primos, ni de mi hermano. Yo mismo soy otro. Alguien muy MUY distinto al que era.

Y sin embargo, pese a todas las diferencias, hay muchas cosas que se repiten. La sensación de bienestar, de levedad, cuando mi cuerpo está en el agua. El olvidarme de todo: no existe nada más para mí, ahí, cuando estoy en pleno largo. Cuando uno nada, solamente nada. Se relaja. Se olvida que existe una vida ahí afuera de la pileta. La coordinación al nadar. Sufrí su falta solamente durante el primer día. Después de tan larga ausencia. Cuándo sacar un brazo. Cuándo el otro. Cuándo sacar la cabeza para respirar…

Al principio me ahogaba. Increíblemente, o no tanto, le tenía mucho miedo al agua. No me animaba. Me daba vergüenza que me pasara eso. Justo a mí, que en una época supe ser carne y uña con el agua. Y ahora me resultaba ajena, extraña. Completamente agresiva.

Tragué bastante agua ese primer día. Todavía ahora, sigo tragando. Pero la sensación más fuerte de todas fue el reencuentro con mi tío. Como si el tiempo no hubiera pasado y él estuviera vivo. Sus consejos, sus recomendaciones, sus retos, se hacían presentes una vez más, a cada brazada que daba. Otra vez volvía a ser chico. Otra vez volvía a estar en “La Salada”. O en “La Atlántida”. Y cada vez que sacaba la cabeza para respirar, mientras nadaba un largo, lo veía a él, que me seguía desde el borde de la pileta, atento a mis movimientos.

De alguna manera, no sé bien por qué, sentir su compañía, volverlo a ver, imaginar que estaba conmigo, me tranquilizaba. Saber que él estaba ahí, nadando junto a mí, me relajaba. No podía pasarme nada malo. No importaba que al principio no coordinara bien al nadar o que tragara agua. Eso era algo temporal. Iba a pasar. En un rato. Ahí estaba él, justo al lado mío (o quizás sea más pertinente decir, dentro de mí) para hacérmelo saber. Para llevarme calma y para que disfrutara de la experiencia de volver a nadar, después de tantos años.

Pocas veces pienso en él, sujeto como estoy al devenir del presente y de las preocupaciones cotidianas, que van claramente en otra dirección. Y sin embargo, algo nos une. Algo muy fuerte. Muy básico. Esencial. Lo mismo sucede con cada una de las personas que nos han dejado una impronta muy fuerte. Nunca se van. Por más lejos que estén. Por más que ya no estén. Se encuentran siempre ahí. Adentro y alrededor nuestro. Y cuando aparecen, cuando realmente se hacen presentes y uno puede sentirlos, hay que escucharlos. Hay que prestarles atención. Hay que entregarse a ellos. Porque regresan solamente por un rato. Si uno no les responde, se hacen a un lado: el momento se pierde y no nos pueden ayudar, como querían.

Somos lo que les dejamos a los demás. Alguna vez. En algún tiempo. No importa cuándo ni cómo. Pero ese vínculo existió. Y al haber existido antes, volverá a existir en el otro.

Mi tío existe en mí gracias a que me enseñó a nadar, porque compartimos muchos veranos. Cuando yo lo convoco sin darme cuenta, él está. Vuelve a estar. El tiempo no pasó. No nos hizo daño, ni a él ni a mí. Voy a volver a nadar porque es la forma que tenemos para reencontrarnos. La única manera que realmente conozco. En el medio de un largo. O durante una brazada. Mientras estoy ahí: en el agua, nadando. Por más que ya no me sumerja más en agua salada.

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Una respuesta to “Mientras más estúpidos los hombres son Menos los caballos los entienden (25)”

  1. Eva Says:

    Que lindo relato, me emocionó. Nadar también me conecta con ese mundo de la infancia y es un espacio de mucha libertad.

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