Mientras más estúpidos los hombres son Menos los caballos los entienden (30)

ENTORNO

Anoche soñé con mi tía muerta hace dos años. Mi tía Lidia. Una mujer muy rubia, cuya imagen veo siempre, fijada en una de las diapositivas de la obra de teatro que estoy ensayando. La encontré sentada en una de las sillas del comedor de la casa de mis padres, en Boedo.

Estaban presentes todos o casi todos los miembros de la familia. Me refiero a mi mamá y a mis tías, las que aún están vivas. Y también mi prima odontóloga. Pero el único que veía a mi tía, el único que realmente podía interactuar con ella, era yo. La sorprendía por detrás y la abrazaba. Ella se daba vuelta y sonreía. Era una sonrisa muy amplia, feliz, plena. Nos quedamos abrazados un rato largo y le di un beso en la frente. La experiencia y la imagen eran tan vívidas, tan reales, que sentía la textura y la presión de sus brazos sobre mi cuerpo. Era realmente impactante, pero al mismo tiempo todo se desarrollaba muy naturalmente. Me di cuenta de que los demás no se percataban ni percibían su presencia. Y sin embargo fueron ellos quienes la habían convocado, aunque no lo supieran. Les anuncié que ella se encontraba allí presente, en ese momento, entre nosotros. No me hicieron caso. No entendieron lo que les había informado. Me miraron entre incrédulos y asombrados.

Lo último que alcancé a lanzarle, cuando ya nos estábamos despidiendo, porque ella no podía manifestarse durante mucho más tiempo, fue una pregunta. Más que una pregunta, un anhelo. Le dije que esperaba que se encontrara en paz en donde fuera que estuviera. Se llevó uno de los dedos de su mano a sus labios, pidiéndome silencio. Y su sonrisa, y su expresión feliz, devino en otra cosa: una mueca que no alcanzo a definir fue lo que cruzó su rostro. Una contorsión extrañísima, literalmente de otro mundo: una mezcla de terror mudo y de aflicción quizás por tener que dejarnos, pero también de alivio. Y luego de ese visible y sobrecogedor cambio en su rostro, semejante se me ocurre ahora al de una máscara neutra, al de una cara que se transforma por completo en una especie de tabula rasa, similar a lo que ocurre con la arena cuando se borran las huellas que dejamos en la playa al caminar, luego de eso quiero decir, ella desapareció. Se desvaneció ante mis ojos. La silla del comedor de la casa de mis padres quedó vacía. Y ya no supe nada más. Ya no veía tampoco a nadie más: ni a mi prima, ni a mis tías. Ni mucho menos a mi madre. En ese momento comprendí que todo mi entorno se había desvanecido también junto conmigo.

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