Mientras más estúpidos los hombres son Menos los caballos los entienden (33)

SISTEMA NERVIOSO

Era un día de otoño. Lo recuerdo perfectamente. Cuando nada hacía preverlo, me topé de pronto, revolviendo una desvencijada caja llena de polvo, con un viejo manuscrito, que encontré en un antiguo edificio abandonado que se caía a pedazos. Allí, un olvidado y oscuro realizador, hace ya mucho tiempo muerto, narra una suerte de epitafio cinematográfico. Se refiere a los momentos previos a lo que fue el rodaje de la más rara de sus películas: Silencio todo el tiempo, filmada en blanco y negro en los tristes años de la inmediata posguerra. Transcribo a continuación sus extrañas impresiones:

Era mi última película. Lo sabía. Sabía que después de ésta, ya no iba a poder filmar nunca más. No era una cuestión de edad. Aún no era lo suficientemente viejo para retirarme de la actividad. Mi preocupación era otra. Mis deseos iban en dirección opuesta a mis responsabilidades. Mis películas no eran queridas por nadie. Ni público ni crítica las apreciaban. Más bien al contrario: cada nueva película que estrenaba, causaba un profundo malestar. Más bien diría asco. Incluso rechazo. Esta última no iba a ser la excepción. Era conciente de eso. Intentaría relajarme durante el rodaje. Tomar las cosas como venían. Improvisar. Cambiar permanentemente sobre la marcha. Dejándome guiar casi exclusivamente por la intuición. Todo lo que había aprendido en mis años de trayectoria, con mis películas anteriores, había ido a parar al tacho de la basura. Si esta iba a ser la última vez, si nunca más iba a sentir esa sensación que siempre me había acompañado, ese cosquilleo en la panza, había decidido radicalizar la apuesta. Esta vez sería distinto. Haría lo que nunca hice antes. Una película para mí. Una película sin control. Sin obsesiones. Sin moral. Sin decisiones de compromiso. Sin la influencia de nadie. Sin los férreos esquemas a los que estaba tan habituado. Que tantas veces me autoimpuse.

Desde siempre, desde que comencé en esto, cuando tenía apenas unos diecisiete años, estaba acostumbrado a planificarlo todo. Fotograma por fotograma de cada película ya estaban, desde mucho antes del rodaje, perfectamente definidos. Cualquier sustitución, cualquier cambio de último momento, era una aberración. Era sencillamente impensable. No me permitía la más mínima duda. Esta forma de trabajar achicaba a la menor expresión posible mis profundas vacilaciones, mis infundados temores. Especialmente en todo lo relacionado al gusto del público. Cada vez que me embarcaba en un nuevo proyecto, pensaba: ¿le interesará realmente a alguien esto que estoy a punto de filmar? ¿Habrá alguno, alto, bajo, viejo, joven, morocho, rubio o castaño, pobre o rico, deseoso de ver esto? ¿Será alguna vez posible eso? ¿Será cierto?…

El público fue para mí, desde el comienzo de mi carrera, un perpetuo misterio. Jamás logré entenderlo. Y sé perfectamente bien que a ellos les sucedía exactamente lo mismo conmigo. Si yo llegué a considerarme en algún momento de mi carrera como un gran auteur, sé que todos me veían sólo como un cineasta menor de un género confuso y arbitrario, inventado por mí mismo, cuyas reglas no entendían ni les interesaba…

Desde el comienzo entonces, no hice más que estar al margen. Mi carrera se desarrolló ante el asombro y la estupefacción de todos, incluso de mí mismo. No alcancé a comprender jamás los alcances que mis películas tuvieron para el gran público. Aunque esa expresión, “gran público”, es sólo una forma de decir. Si todo lo que hice apenas si fue visto por exactamente cuatrocientas cincuenta y cuatro personas. Esa es la cantidad total de espectadores de mis películas. De todas mis películas. Unas pocas. El puñado que pude llegar a filmar…

Esta vez sería diferente. Lo sabía. Esta vez no aceptaría condicionamiento alguno. Filmaría en la calle. Con luz natural. O en interiores. A la luz de las velas. Puras imágenes. Puros sonidos. Imágenes y sonidos puros. Mezclados. Interconectados. Sin relato. Sin historia. Sin conflicto. Impresiones. Sólo impresiones. Sobreexposiciones. Subexposiciones. Yuxtaposiciones. Sobreimpresiones. Encuadres arbitrarios. Imágenes totalmente fuera de foco. Nada iba a importarme. Partiría la pantalla en miles de imágenes sucesivas y simultáneas. Dejaría la pantalla en blanco. Teñiría por completo las imágenes de azul. O de violeta. Nadie vería nada… Si hay alguien que está deseoso de ver algo, otra cosa distinta, que se joda. Al carajo. Ése no es mi problema. Yo no estoy para complacer a nadie. Salvo a mí mismo…

Y eso fue lo que hice. Lo que logré. Conseguí hacer lo que pocos. Lo que nunca, jamás, hizo nadie. Una película sin actores, sin técnicos, sin cámara, sin sonidistas, sin nada. Una película. Una película pura. Cine puro. Cine arte. Arte y ensayo. Cine social y político. Documental y ficción. Todo junto. Todo en uno. Pura realidad. Pura reflexión sobre lo real. Sin intermediaciones. Una película directamente conectada al flujo de mis neuronas. Una película que fue desde el comienzo, la representación de los procesos neurofisiológicos, psíquicos y químicos que tienen lugar en mi cerebro. Un film transparente. Biológico. Cultural. Económico. Filológico. Militante. Una película surgida de las profundidades del sistema nervioso central. Eso es lo que hice. Me entregué totalmente al campo cinematográfico. Ése fue mi legado para las nuevas generaciones. Me expuse brutal y abiertamente. Me arrepentí de haberme expuesto tanto. Pero ya estaba hecho. Ya no había vuelta atrás. Mi cerebro, mis emociones, mis pensamientos, mis sensaciones, mis terrores, todo eso junto formaba parte de mi película. Todo eso era mi película. Yo soy mi película. Mi última y definitiva película. Lo hice. Me exhibí por completo, al desnudo. Y lo que yo hice, no lo hizo nadie más. Ni tampoco debería hacerlo nadie jamás. No lo aconsejo.

La solución es instantánea, está al alcance de la mano. No vale la pena ya demorarla. Nadie sabrá nada de esto. Nadie debe saber nada de esto. De este experimento. De este engendro cinematográfico. Una vez que termine de escribir este desahogo, esta fuga, destruiré todo. No sólo este manuscrito. Sino también mi película. Mi engendro. Mi monstruito. Y ya no quedará nada de mí. Nada de esto. Nadie que me recuerde. No pienso dejarle nada a la posteridad. No pienso dejarles nada. Voy a quemar todo. Termino estas breves líneas, rocío estas hojas con nafta, les prendo fuego y ya está. Se acabó. Se les acabó. No van a saber nada de mí. No merecen saber nada de mí. Voy a destruir los rollos. Pienso destruir todos los rollos de todas mis películas. Todos los negativos. Todas las copias positivas que existen. A eso dedicaré mis últimos momentos. A no dejarles recuerdo alguno. Porque no. Porque no se lo merecen. Porque lo que se merecen, yo no puedo dárselos. Porque lo que se merecen, lo tienen todos los días, servido en bandeja. Y yo no quiero más. No quiero contribuir a eso. Nunca lo hice. No tiene sentido entonces, comenzar ahora. Esta es la última línea. Está decidido. El último párrafo. La última frase antes de que el fuego haga su trabajo. Seré piel. Tejidos. Huesos. Esqueleto. Un pedazo de carne. Sangre. Seré fundamentalmente celuloide quemado. Arrancado. Destrozado. Y después ya no. Después yo no, nunca más, seré nada…”

Aquí el manuscrito termina, de manera abrupta. Y pese a que busqué y seguí buscando su continuación, no sólo en esa caja, sino también en todas las demás cajas polvorientas y rotosas, (y eran unas cuantas), que había en todos los pisos de ese edificio, nunca lo hallé. El epitafio del director terminaba allí. Y cuando pregunté por él, para ver si alguien lo había conocido o si había escuchado en alguna oportunidad su nombre, no obtuve respuesta favorable. Era como si nunca hubiera existido. Lo había logrado. Había obtenido lo que quería, su anonimato. Ese director no era nadie. A nadie le sonaba. Nadie lo reclamaba. Excepto por mí. Muchas veces desde que leí su manuscrito, pienso en él. Me pregunto qué habrá sido de él. Y si alguna vez, en algún momento, llegaré a ver su película. La última. La definitiva. La única que en realidad me importa. Seguiré buscándola. Tengo tiempo de sobra. Me quedan todavía unos cuantos años de vida. El mundo es enorme. Pero los coleccionistas privados son más bien pocos. Quién sabe, quizás la consiga y entonces habré logrado torcer su destino. Sus últimos deseos. Daré a conocer al mundo ese extraordinario testamento cinematográfico. O mejor no. Mejor me la quedaré para mí. Para mí solo. La esconderé. Sólo yo accederé a los secretos que esa gran película tiene para revelarme…

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