Mientras más estúpidos los hombres son Menos los caballos los entienden (34)

INTERCAMBIOS

Estoy en la casa de mi infancia. En la pieza del fondo. Sólo que no es mi casa. Es un espacio indefinido. Indescriptible. Una zona de tránsito. Por allí circulan una gran cantidad de personas. Van y vienen, muy ajetreadas. Mi casa es de pronto, sin que yo oponga ninguna resistencia al respecto, una especie de centro comercial. Hay intercambios de todo tipo, legales e ilegales. Personas de nacionalidades diversas cambian mercaderías de lo más variadas. El recorrido que hacen es siempre el mismo: vienen por el comedor, pasan por ambos dormitorios (el de mis padres y el mío), y llegan a la pieza del fondo, donde se encuentran con nosotros, mi hermano y yo. Mi casa es entonces una suerte de mercado persa o fenicio.

Mi hermano es alguien especial, distinto. Viste una túnica árabe blanca y un turbante. Lleva una barba negrísima bien tupida. Quien lo viera ahora, diría que es el perfecto musulmán. De esa manera se encuentra caracterizado. Cumple con todos los requisitos del estereotipo.

Mi hermano y yo hacemos el recorrido inverso, al de todos los que están vagando por allí. Para nosotros ese lugar es una suerte de burdel. Ése es el intercambio en el que nos especializamos. Las putas están en el comedor. Hacia allí vamos, a buscarlas. Cuando abrimos la puerta de la sala, nos encontramos con un regimiento de mujeres hacendosas, que trabajan sin parar, frente a unos telares. Algunas tejen. Otras bordan. Unas cuantas sirven té. Todas son vigiladas atentamente por una mujer mayor, quien recorre la habitación de una punta a la otra, telar por telar, buscando fallas y defectos, corrigendo. Pero también aprobando y alentando, cuando ve algo que le gusta y que está bien realizado.

Buscamos a una mujer en particular. Una mujer muy joven, de no más de veinte años recién cumplidos. Pelo largo y castaño. Lacio. Cara redondeada. Ojos negros. Piel muy blanca, de bebé. Una mujer de un metro sesenta de altura. Sabemos que se encuentra allí. Es perfecta. Es justo lo que necesitamos.

Hablamos con la mujer mayor, la que vigila. Nos señala a una chica, sentada en el fondo, frente a un telar inmenso. La espalda bien erguida. Imponente. Majestuosa. Pero al mismo tiempo, cálida y cercana. Sonríe mientras teje. Todo su ser emite una sensación de tranquilidad y luminosidad que yo envidio profundamente.

Nos dirigimos hasta donde se encuentra. Al vernos, se sonroja. Deja su trabajo. Nos mira muy fijamente a los ojos. Sabe para qué fuimos a buscarla. Y qué es lo que esperamos de ella. Le comentamos que la necesitamos con urgencia. Asiente brevemente y dice que en unos minutos más, cuando termine con su tarea, irá a la pieza del fondo, adonde nosotros debemos ir a esperarla. Nos damos por satisfechos y nos vamos, sin dejar de saludar antes a la mujer mayor, que continúa con su tarea de supervisión.

Volvemos a nuestro lugar. El tiempo pasa. La ansiedad nos consume. Nuestra mujer no viene. No sabemos qué le puede haber sucedido. La distancia entre ambas piezas es muy breve. No puede tardarse tanto. Caminamos de un lado al otro. Elaboramos mil y una conjeturas. Por qué no vamos a buscarla, realmente no lo sé. Quizás porque consideramos que no es pertinente. Ni adecuado. A ese lugar sólo se puede ir una vez. No más. No es posible más. Es considerado un insulto. Una falta de educación.

Si bien esas mujeres son putas –un hecho sabido por todos allí- no son cualquier clase de putas. Eso está muy claro. Hay reglas que no se pueden transigir libremente.

Por lo tanto, tenemos que esperarla. El tiempo que haga falta. No importa cuánto vaya a tardar.

Es increíble cómo y cuánto la deseo. Me doy cuenta ahora, en este momento, mientras el tiempo pasa y ella no viene. Mi deseo se incrementa por cada minuto que ella se demora. Estoy al borde de la desesperación.

El día entero transcurre. Ella no vino. Nunca llegó a la pieza del fondo. Por qué no vino. Eso es algo que no sabemos. Ni siquiera nos atrevemos a volver a ir. Y preguntarle. Podríamos buscarla. Pero no. No queremos. No podemos. Nuestro turno pasó. Nuestra posibilidad se agotó. Si no vino hasta ahora, ya no lo va a hacer. No podemos afrontar la humillación de volver allí, a ese lugar. Con todas esas mujeres mirándonos. Escrutándonos. No podemos preguntar por ella. Someterla a ese agravio público. Si lo hiciéramos, enrojecería aún más que la única vez que la vimos. Estallaría en llantos. Se cubriría la cara con las manos. O con lo primero que tuviera a su alcance. Y saldría corriendo de la sala. Nunca más volvería a trabajar en ese lugar. Su vida quedaría truncada.

Prefiero continuar deseándola. En silencio. Sin protestar por su rechazo. Quizás algún día me reencuentre con ella. Casualmente. En la calle. O en algún oscuro recoveco de este lugar tan extraño, tan raro, que alguna vez supo ser mi casa.

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