Mientras más estúpidos los hombres son Menos los caballos los entienden (44)

ZOMBIS

Me levanto a una hora indeterminada. En un lugar que desconozco. Regreso a Retiro. Son aproximadamente las seis treinta de la mañana, de un día muy gris de otoño. El cielo aún está oscuro. Si bien todavía no ha amanecido, la actividad es constante. Hay un ir y venir permanente de personas que entran y salen de la terminal, pero también de quienes están afuera. Casi todos tienen caras de dormidos. Muchos bostezan. Sólo unos pocos están lúcidos. El resto, entre los cuales estoy yo, somos a esa hora del día una especie de zombis.

A duras penas he logrado despertarme en el micro. Justo antes de ingresar en la terminal. Cuando salgo a la calle, me sorprendo del buen clima. O mejor dicho, hace un tiempo horrible pero no hay viento ni hace frío. Me tomo el subte y llego a Boedo, a la casa de mis padres. Las luces de los negocios de electrodomésticos están todavía apagadas. Hay un silencio crepuscular. Muy poco ruido. Casi nadie se atreve a hablar en voz alta. Cuando salgo de la boca del subte, me encuentro con un muchacho rubio, de campera de cuero negra y pantalones marrones oscuros. Lo veo meando en la puerta de una casa ajena. En plena avenida. La impunidad de la hora hace que eso sea posible. El chico camina de una manera muy curiosa: a veces trota, en otros momentos se desplaza muy lentamente. Como si no fuera a llegar nunca a su lugar de destino. Camina bien pegado a las puertas de las casas. Agacha la cabeza. Nunca mira hacia delante. Pese a que varía los ritmos de sus desplazamientos, jamás se detiene. Se me ocurre pensar que se encuentra muy mal, pasado de alcohol o de drogas. O quizás yo sea muy moralista y él simplemente está jugando despreocupadamente. Lo pierdo de vista luego de unas cuadras. Doblo por otra avenida. Me encuentro con un edificio de PHs. Veo que cinco de los seis departamentos del edificio están vendidos. Hay ocupantes. Hay cortinas, luces, etc. Ya no me llama la atención. En otro tiempo quizás sí. Hace unos meses he visitado ese mismo lugar, con la intención de mudarme allí. Por distintos motivos, eso no se dio. Y ahora alcanzo a entrever, a imaginarme, las vidas de los habitantes de esos departamentos: quiénes son, qué hacen, por qué decidieron mudarse allí. Me da mucha curiosidad. Y no dejo de pensar en la enorme cantidad de caminos alternativos que tiene la vida. En las vidas paralelas: puntos, recorridos, trayectos vitales que aparentemente jamás se tocan, pero que sin embargo podrían haber sido los míos. Quizás lo sean y yo aún no me haya dado cuenta. Quizás esté viviendo allí, en uno de esos departamentos de la calle Maza. Quizás yo sea (haya sido, seré), ese muchacho meón e impertinente, sólo que soy, como siempre, el último en enterarme.

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