Mientras más estúpidos los hombres son Menos los caballos los entienden (53)

LA ROPA DE MI HERMANO

Usé la ropa de mi hermano hasta reventarla. Primero fueron sus pantalones. Después sus camisas. Más tarde todas sus camperas. No sé cómo pasó. Sólo sé que fue algo progresivo, gradual. Empecé de a poco. Casi sin darme cuenta. Siempre admiré su elegancia, su porte. La manera tan distinguida que tenía de caminar. Intenté imitarlo en todo. Siempre sin éxito…

Al principio, ni siquiera me atrevía a entrar a su cuarto. Todo era muy reciente, muy fresco. Las aguas aún no se habían calmado. Fueron días muy confusos. Y muy tristes. Apenas si nos hablábamos. No teníamos nada que decirnos. Cada uno afrontaba ese trance como podía. Algunos lo asumíamos de manera callada y severa. Otros, en cambio, prorrumpían en llantos. Constantemente. Mi mamá, por ejemplo. Su cuarto permaneció sin tocarse. Intacto. Durante muchos meses. Su juventud hacía que lo sucedido fuera aún mucho peor. Todos estábamos incrédulos.

Primero me acerqué a unos pasos de distancia. Un día. Casi sin darme cuenta. Sentía curiosidad. Necesitaba ver su habitación. Qué efectos había producido en ella el paso del tiempo. En qué se había convertido. Qué había sido de sus cosas. Si estaba todo tal cual. O si algún cambio, imperceptible, había tenido lugar…

Unos días después, me atreví a llegar hasta la mismísima puerta. Una puerta blanca, de madera, recién pintada. Me asusté y salí corriendo. Ese día. No me sentí capaz de cruzar el umbral. Ya habría tiempo, me dije. Un día de estos, iba a tomar coraje y cruzaría esa puerta…

Mientras tanto, en mi casa, todo era silencio. Luces apagadas. Un olor a aire enviciado que daba vértigo. Y causaba mareos.

Al día siguiente, me levanté decidido y lo hice. De un solo salto salí de la cama, encaré derecho hacia la puerta blanca. La abrí y entré. Las piernas me temblaban. Habían pasado muchos meses. Demasiados. Su presencia estaba en todas partes. Su ropa, sus libros, sus cuadernos no dejaban de hablarme de él. Sentía que él se manifestaba ante mí. Me observé detenidamente en el espejo que estaba justo frente a su cama. No vi nada. Mejor dicho, me vi sólo a mí. Estaba convencido de que su presencia allí era una certeza física. Tangible. Pero no era su cuerpo lo que hacía que estuviera tan presente. Sino sus cosas. Comprendí. Racionalicé. Intenté tranquilizarme. Mis piernas dejaron de temblar. Quería sentarme, pero no estaba seguro de si eso era lo correcto. Sentí que invadía sin derecho la intimidad de un extraño. Por más que fuera mi hermano…

Fui hasta la ventana. La abrí. Corrí las cortinas. La luz de las dos de la tarde de un día soleado de invierno, irrumpió con fuerza. Iluminándolo todo. Sacudiendo el misterio. Eliminando la ambigüedad de los claroscuros. A la luz de la tarde, el polvo brillaba. Nunca pensé que pudiera haber tanto polvo, en un espacio tan reducido. Enfrente de su cama, junto al escritorio, había una silla pequeña. Me senté. Cerré los ojos por un breve instante. Imaginé que él estaba allí, a mi lado. Tocándome el brazo. La percepción fue tan indescriptiblemente real, que me pegué un susto tremendo. Abrí los ojos bien rápido. Observé en detalle cada minúsculo fragmento de la habitación. Recién en ese momento me permití hacerlo. Nunca antes había estado tanto tiempo allí. En su presencia, jamás me hubiera atrevido. Siempre fue un lugar de paso obligado para mí. Un espacio en el que sólo se me permitía estar por unos pocos minutos. Ahora no. Ahora estaba a mis anchas. Era el nuevo dueño de ese cuarto. Estar allí se había convertido en una experiencia muy agradable. Y muy triste. Lo extrañaba. Quería volver a cerrar los ojos. Para sentir nuevamente su presencia. Su mirada. Su contacto…

Pero no. Sabía que si intentaba convocarlo de la misma manera, sería imposible. No funcionaría. El Espíritu nunca se manifiesta dos veces de la misma forma. Me lo había dicho un amigo muy querido. Y recién en ese momento pude comprender cuánta razón tenía. Su afirmación era ciertamente indudable. No lo intenté. Hasta el día de hoy no volví a intentarlo. Cerrar los ojos, quiero decir. Esperando convocarlo.

Me levanté de la silla. Caminé hacia su cama. Me acosté. Aspiré lentamente el olor de sus sábanas. Mohosas. Pero tan suaves. Era una delicia tocarlas. Percibirlas con mi cuerpo entero. Intacto. Apoyé mi cabeza en su almohada. Ahí ya no recuerdo más nada. Hay un blanco. Se me nublan las imágenes. Se me confunden los plazos. No sé exactamente cuánto tiempo pasó. Si una hora. Dos. O más bien toda la tarde.

Tiendo a creer que cuando me levanté aquel día, y pude finalmente salir de su cama, ya era de noche. O de madrugada. No soñé con él. O sí. No lo sé. Soñé quizás que caminábamos juntos por las calles de una ciudad desconocida. Nos reíamos. Éramos felices. Íbamos tomando helado. Un cucurucho de frutilla y otro de chocolate…

Quizás haya sido eso lo que soñé ese día, en su cama. O quizás no. Quizás fue algo que sólo pude haberlo soñado mucho más tarde. Unos cuantos meses después. Cuando todo había terminado. Es difícil decirlo. Cuesta tanto recordar algo de aquellos días…

Lo que sí recuerdo perfectamente es que, cuando me levanté de su cama, me dirigí hacia su ropero. Aquel lugar mágico. Donde estaba toda su ropa. El secreto de su elegancia. Además de su porte, claro está. Pasé horas y horas revisando todas sus prendas. Hasta la mañana del día siguiente, revolví sus camisas, sus pantalones, sus corbatas, sus zapatos, sus sacos, sus camperas, sus abrigos de cuello largo.

Aparté un montón de ropa. Usé su cuarto de improvisado cambiador. Frente a su espejo, me probé todo lo que podía alcanzar a probarme. Lo que me entraba. Y consideraba que me sentaba bien. Una vez que terminé, metí todo lo que a mí me servía, lo que pensaba usar, en varias bolsas que encontré dentro de uno de los cajones de su escritorio. Mi hermano siempre tenía bolsas a mano. Son muy útiles, decía. Uno nunca sabe cuando va a necesitarlas…

Amanecía. No había dormido en toda la noche. Completamente absorbido por el mundo de mi hermano. Guardé todo lo que jamás pensaba usar en su lugar. Intenté ser lo más prolijo posible. Como él lo hubiera sido, en un caso similar. Cerré la puerta de su ropero con llave. Observé atentamente, por última vez, cada rincón de esa habitación. Nuevamente a oscuras. Había cerrado la ventana. Y corrido las cortinas…

Una vez que me di vuelta y dejé atrás la puerta de madera, pintada de blanco, nunca más volví a entrar. No me atreví a hacerlo. No volví a tener el coraje y la audacia que pude reunir aquella vez. En el tiempo restante en que seguí viviendo allí, ni siquiera logré acercarme a unos pocos pasos de su cuarto.

Más adelante, cuando por fin me quedé solo, vendí todo. No sé qué habrá sido de ese cuarto. Ni de esa casa…

En las últimas semanas volví a cerrar los ojos. Como en aquella época. Esperando convocar la presencia, ya no sólo de mi hermano. Sino también de mis padres. Aún no lo he logrado. Espero que en estos días ellos se revelen ante mí. Y que mi amigo muy querido no tenga razón. Quizás el Espíritu se manifieste dos veces de la misma manera, después de todo. Quizás mi amigo esté equivocado. Quién sabe. Vale la pena intentarlo una vez más. Para volver a sentirlos muy cerca de mí. Nuevamente. Como antes…

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