Mientras más estúpidos los hombres son Menos los caballos los entienden (54)

EMERGENCIA

La fiebre avanza. El dolor de cabeza se vuelve cada vez más intenso. En los últimos días vivo mi vida al compás de las frases publicitarias de moda. La intensidad que prometen los productos que nos ofrecen por televisión, deviene en esta enfermedad que no nos deja a sol y ni a sombra. Estamos enfermos: todos nosotros. No tenemos cura. Ni escapatoria. En todos lados, en cualquier momento, incluso en el aire, la enfermedad nos acecha. No nos pide ni permiso ni perdón. Nos golpea: salvaje, furiosamente. Afuera, allá lejos, es la psicosis colectiva la que reina. Ya ni me entero de lo que sucede. Prefiero no saber. Sin embargo me llegan novedades, ecos lejanos, noticias inciertas que dan escozor y erizan la piel.

¿Será el final? ¿Así terminará todo esto? ¿De esta manera tan burda, tan grotesca?

Con ese color rojo furioso, que la televisión se encarga de mostrarnos a toda hora. En todo momento. Sin darnos respiro. Sin dejar ninguna posibilidad abierta.

Ahora me duelen las articulaciones. Ya prácticamente no puedo pensar. En unos minutos más, voy a decir incoherencias. Lucho con todas mis fuerzas para que eso no ocurra, pero no hay nada que pueda hacer. La fiebre arrastrará lo último que me queda. Se llevará hasta el más mínimo resquicio de lucidez del que aún soy capaz.

Iré al campo. Abandonaré la ciudad. Aquí no puedo pensar. Allí encontraré la paz.

¿Será cierto? ¿Podré? ¿Tendré todavía fuerzas, para intentar un arresto final? ¿O me convertiré en una bola de fuego, bien roja, como el color de alerta que emite la televisión sin cesar?

Emergía. Lentamente al comienzo. Ahora ya, en cambio, a toda furia. Emergencia nacional. Peligro de muerte. No hay continente para esta enfermedad, esta fuerza de la naturaleza. En una semana. En dos semanas. Ahora. Ya. El pico. El momento más candente. Cuando ya no quede nadie. Para informarnos. Aconsejarnos. Cuidarnos. Asustarnos. Y matarnos.

Emergencia. Emergencia nacional. Hay que encontrar un chivo expiatorio. Hay que condenar. Hay que asesinar. Hay que justificar esta desigualdad.

¿Quién fue? ¿Quién lo hizo? ¿Cómo se le ocurrió todo esto? ¿Y por qué no a nosotros? ¿Por qué no se nos ocurrió antes a nosotros?

Qué lástima. Qué pena. Siempre se le tiene que ocurrir a otro una buena idea. Nunca a nosotros. Siempre llegamos tarde. Somos el granero del mundo. El lugar donde ellos tiran su mierda. Que viene a ser lo mismo. Padecemos las consecuencias de lo que ellos hacen a su antojo.

Y sin embargo, aquí estamos. Todavía. Decimos presente. Nos atrevemos a ir por más. Necesitamos batir el récord. Destacarnos en algo. Ser buenos. Por una vez, ser buenos en algo. Aunque sea en cantidad de muertos. Eso no importa. No interesa. Lo importante es destacar. Ya lo decía mi papá. No me importa en qué. Pero quiero que destaques en algo. Si es en fútbol o en tenis, mucho mejor. Así nos hacemos millonarios. Y te podemos explotar a conciencia. Si sos científico, astronauta o investigador del CONICET, te deseo buena suerte. Pero a esta casa no entrás más. No tenés nada para ofrecernos. Nada, al menos, que a nosotros nos interese. Yo no te crié para eso. No seas mediocre. No te conviertas en mí. No seas como yo. Eso decía mi papá, todos los días. Desde mis cinco hasta mis veinticuatro años. Hasta que un día se cansó. O decidí no escucharlo más. Y me vine para acá. Y ahora, muchos años después, me vengo a enterar. Que le estoy haciendo caso. Estoy destacando en algo. Justo como él quería. Si me viera. Se le caerían las lágrimas. Orgulloso estaría. Igual que su padre. Idéntico. Exactamente igual. Me he destacado en la mediocridad de la nada. De lo anodino y lo gris…

Cada día, al despertarnos, encendemos la televisión para saber si estamos vivos o muertos. Si ya nuestra suerte está definida. Si las cartas están echadas. Si nuestro destino es irreversible. Los apóstoles del Apocalipsis nos traen el final en la comodidad de nuestros hogares. En vivo y en directo. Los rayos catódicos irradian en todas las direcciones posibles. En todos los sentidos imaginables.

Y yo sin saber qué hacer. Y yo sin tocar el piano o la guitarra. Y yo sin comer manzanas. Que a esta altura, en este final, brillan por su ausencia…

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