Mientras más estúpidos los hombres son Menos los caballos los entienden (56)

MI VIDA.

A las aves migratorias se les desarrolla un agudo sentido del tiempo, porque vuelan de un presente a otro, y lo primero que perciben cuando llegan, es el recuerdo de otro presente. Uno que ya no está. Del que se han ido. Un presente del que se han escapado. Las aves tienen posibilidades. Eligen en cuál presente vivir. Y eligen también de cuál presente, de cuál lugar, de cuál pasado, huir. Las aves no vuelan por el espacio. Sino a lo largo del tiempo. Se desplazan en círculos, de presente a presente. De pasado a pasado. El futuro no existe. Es una invención de los humanos. Ellas lo saben. Y por eso no se preocupan por él…

Un año. Un mes. Quince segundos. Diez segundos. Un minuto. Fragmentos de tiempo que me echan su aliento en la cara. En todo momento. A cada rato. ¿Puedo aprehenderlos realmente? Si yo entrara ahora, por ejemplo, en la ciudad vacía, la vería repleta. Engalanada como en sus mejores épocas. A condición de que esa sea mi ciudad, sería así y no de otra forma, como yo la vería. Cuando recorro mis espacios, aquellos que me son familiares, estoy efectuando un trayecto a lo largo del tiempo. Es eso, y no otra cosa, lo que me permite evocar personas, acontecimientos, texturas, olores, rumores, imágenes. Mentiras. Desgracias. Alegrías. Momentos a los que un observador externo (es decir yo) daría como nombre: “Mi vida”.

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