Boris (obra teatral)

de Maximiliano de la Puente

Dos hombres, a la madrugada, encerrados en una habitación sórdida y diminuta.

Las paredes están descascaradas, al igual que el cielo raso, con grandes trozos de ladrillo y cemento al descubierto.

Una mesa cubierta de cartas.

Dos sillas: una vacía, otra ocupada.

El Hombre 1, sentado en una de las sillas, junto a la mesa.

El Hombre 2, parado a su lado.

Ambos vestidos con saco, camisa y pantalón.

El Hombre 1 sonríe cálidamente. El Hombre 2 observa alternativamente las cartas y el rostro del Hombre 1.

El Hombre 1 se inclina sobre la mesa para agarrar una carta. Está jugando un solitario. Agarra la carta, la da vuelta con delicadeza y la coloca en otra parte. Mientras hace esto, silba muy bajito y muy suave. Es un silbido extraño, sin melodía.

Hombre 2: Hermosa mano.

Hombre 1: Gracias.

Silencio. El Hombre 1 agarra otra carta, la mira con indiferencia y vuelve a ponerla en otro lugar de la mesa.

Hombre 2: ¿Qué hace en su tiempo libre?

Hombre 1: Duermo de día.

Hombre 2: ¿Y además?

Hombre 1: No sé. No mucho.

Silencio.

Hombre 2: ¿Le gusta el trabajo?

Hombre 1: ¿Y a usted?

Hombre 2: Le pregunté primero.

Hombre 1: Lo que me gusta es que puedo dormir de día. De noche nunca pude.

Silencio. El Hombre 1 cambia otra carta de lugar. Flexiona los dedos de su mano derecha. Mira las cartas. Piensa. Duda. No se decide todavía a agarrar otra.

Hombre 2: ¿Cansado?

Hombre 1: No contestó la pregunta.

Hombre 2: Cuál.

Hombre 1: Su trabajo, ¿le gusta?

Hombre 2: Estoy acostumbrado.

Hombre 1: No le gusta.

Hombre 2: Saque sus propias conclusiones…

Silencio. El Hombre 1 agarra decidido una nueva carta. La ubica en otro lugar de la mesa. Una vez que lo hizo, se decepciona.

Hombre 2: Se puso difícil ahora.

Hombre 1: No voy a ganar, ya me di cuenta.

Hombre 2: Debería empezar otra mano, si ya sabe que va a perder…

Hombre 1: No quiero empezar otra mano. ¿Y usted?

Hombre 2: Por mí no empecemos nada. No me gustan las cartas. Prefiero el ajedrez.

Hombre 1: Me lo hubiera dicho antes. A mí también me gusta más el ajedrez.

Hombre 2: No lo sabía.

Hombre 1: Nunca me preguntó lo que me gustaba.

Hombre 2: Usted tampoco.

Silencio. El Hombre 1 agarra todas las cartas que están en la mesa. Arma una pila con ellas.

Hombre 1: ¿Cansado?

Hombre 2: Agotado.

Hombre 1: No debería meterse en asuntos tan complicados. Nunca va a salir bien parado.

Hombre 2: No debería. Es cierto. Pero no puedo evitarlo.

Silencio. El Hombre 1 mezcla las cartas y las dispone nuevamente en hileras sobre la mesa, boca abajo.

Hombre 2: Usted nunca mató a nadie, ¿no?

Hombre 1: No. Y usted tampoco.

Silencio.

Hombre 2: Me doy cuenta de que el trabajo le gusta.

Hombre 1: No esté tan seguro.

Hombre 2: No me hubiera dicho eso si no.

Hombre 1: Hace muchos años que trabajo acá. Estoy acostumbrado. Nada más.

Hombre 2: ¿Logra muchas confesiones?

Hombre 1: Ese no es mi trabajo. Lo mío es estar acá, siempre firme, a la noche.

Hombre 2: Atento, vigilando…

Hombre 1: Nunca vigilé a nadie.

Hombre 2: Eso dice usted.

Hombre 1: Piense lo que quiera…

Hombre 2: Entonces qué hace acá, cuál es su tarea.

Silencio. El Hombre 1 agarra una carta cualquiera, la da vuelta y la pone en otro lugar de la mesa.

Hombre 1: Hace mucho tiempo que a usted lo tenemos clasificado.

Hombre 2: Por qué me tienen acá.

Silencio. El Hombre 1 mira su reloj de pulsera.

Hombre 1: Podríamos pedir algo de comida. A esta hora siempre me da hambre…

Hombre 2: Preferiría un café.

Hombre 1: ¿Un café?

Hombre 2: A esta hora siempre tomo un café bien negro y cargado.

Hombre 1: Nunca duerme de noche.

Hombre 2: No. Igual que usted.

Silencio. El Hombre 1 agarra otra carta, la da vuelta y la pone en otro lugar de la mesa.

Hombre 1: En cualquier momento le traen el café. Pero no le prometo que sea igual al que usted está acostumbrado.

Hombre 2: ¿No?

Hombre 1: No.

Silencio.

Hombre 2: Si yo no maté a nadie, entonces quién…

Hombre 1 (interrumpiendo): Eso es lo que les molesta.

Hombre 2: No saben quién fue.

Hombre 1: Exacto.

Silencio. El Hombre 1 agarra otra carta, la da vuelta y la pone en otro lugar de la mesa.

Hombre 2: Ahora sí que no viene nada bien.

Hombre 1: Qué.

Hombre 2: Esta mano.

Hombre 1: Ya va a cambiar. En cualquier momento puede llegar a cambiar.

Silencio. El Hombre 1 mira las cartas. Piensa. Duda. No se decide todavía a agarrar otra.

Hombre 2: Ya no hay nada que ocultar. Quedó todo al descubierto.

Hombre 1: Hace tiempo que no hay nada que no sepamos de usted. Eso no es nuevo.

Hombre 2: Cuánto tiempo más me van a tener encerrado.

Hombre 1: Mañana por la mañana se lo van a venir a llevar.

Hombre 2: Adónde.

Hombre 1: Eso no lo sé.

Hombre 2: No lo sabe o no me lo quiere decir.

Hombre 1: No lo sé. Si lo supiera, se lo diría. Yo no gano nada con esto.

Hombre 2: Claro que gana. Sus mañanas libres, para poder dormir.

Hombre 1: Es lo único que gano. Es cierto.

Hombre 2: No se olvide de su sueldo.

Hombre 1: Que ya casi no me alcanza para nada.

Hombre 2: Únase a la lista. No es el único. Ni tampoco el primero.

Silencio. Después de mucho reflexionar, el Hombre 1 agarra otra carta. Cuando la tiene en el aire, el Hombre 2 interrumpe.

Hombre 2: Si yo fuera usted, no haría eso.

Hombre 1: Qué.

Hombre 2: Esa carta. No la jugaría.

Hombre 1: ¿Cómo sabe?

Hombre 2: Tengo un mal presentimiento.

Silencio. El Hombre 1, aún con la carta en la mano, se arrepiente, la deja donde estaba antes y agarra otra.

Hombre 1: A esas sensaciones siempre hay que hacerles caso. Vengan de quien vengan.

Silencio. El Hombre 1 agarra otra carta, la da vuelta y la pone en otro lugar de la mesa.

Hombre 1:¿Y ahora?

Hombre 2: Perfecto. Esta vez no tuve ninguno.

Silencio.

Hombre 2:La comida…

Hombre 1: Qué.

Hombre 2: Cuándo va a venir.

Hombre 1: Cambió de opinión. Ahora quiere comer.

Hombre 2: ¿Y usted?

Hombre 1: Siempre quise comer. A esta hora es lo más adecuado.

Hombre 2: Tengo revuelto el estómago. Pero igual prefiero comer. No sé por qué.

Hombre 1: Si tiene el estómago revuelto, siempre es mejor comer que tomar un café.

Hombre 2: No esté tan seguro.

Hombre 1: El café no hace nada bien.

Hombre 2: A mí me encanta.

Hombre 1: A mí también. Se lo digo por eso.

Silencio. El Hombre 1 mira la mesa. Piensa. No sabe qué carta agarrar.

Hombre 2: ¿No está cansado de este juego?

Hombre 1: No más que usted.

Hombre 2: Yo estoy reventado.

Hombre 1: Yo también.

Silencio. Un pequeño fragmento del cielo raso se desprende y cae sobre el piso.

Hombre 1: No se preocupe. Ya va a pasar. Es cuestión de tiempo.

Hombre 2: No creo que sea tan fácil.

Hombre 1: Nada es fácil. Pero de un momento a otro esto se va a terminar.

Silencio.

Hombre 2: Antes tuvo problemas, ¿no?

Hombre 1: De qué habla.

Hombre 2: Quiero decir, con el café. Tuvo problemas…

Hombre 1: Siempre me trajo problemas. Pero nunca pude evitarlo. No puedo todavía. Me hace mal y me encanta. Una combinación fatal.

Hombre 2: Le gusta porque le hace mal…

Hombre 1: Nunca lo había pensado de esa manera.

Hombre 2: Nunca se había encontrado con alguien como yo.

Silencio.

Hombre 1: Leí mucho sobre usted.

Hombre 2: ¿Sobre mí?

Silencio. El Hombre 1 hace un gesto afirmativo con la cabeza.

Hombre 1: Le asombra.

Hombre 2: No pensé que todos leyeran cosas sobre mí.

Hombre 1: No dije que los demás leyeran. Dije que yo leí mucho sobre usted.

Hombre 2: Tiene interés en mí.

Hombre 1: Interés no. Curiosidad.

Hombre 2: Por qué no me lo dijo antes.

Hombre 1: Hay muchas cosas que no sé sobre usted.

Hombre 2: Y yo no sé nada sobre usted. Al menos usted pudo leer algo sobre mí.

Hombre 1: Los archivos.

Hombre 2: Qué.

Hombre 1: Leí lo que había en los archivos.

Hombre 2: Qué dicen.

Hombre 1: No confío en los archivos. Nunca dicen la verdad. No son gran cosa.

Hombre 2: ¿Mis archivos?

Hombre 1: No solamente los suyos. Los de todos. Incluso el mío.

Hombre 2: ¿A usted le abrieron un archivo?

Hombre 1: Tienen archivos de todos. Y más si son empleados.

Silencio.

Hombre 1: Si quiere lo puede leer.

Hombre 2: Qué.

Hombre 1: Mi archivo. Si quiere, lo puede leer. Se lo traigo.

Hombre 2: No hace falta.

Hombre 1: Usted dijo que tenía interés en mí.

Hombre 2: Interés no. Curiosidad. Como usted.

Hombre 1: No quiero tener secretos con usted. Se lo traigo ya mismo.

Hombre 2: Muchas gracias, pero no. Todavía no.

Hombre 1: ¿Más tarde?

Hombre 2: Más tarde puede ser…

Silencio. Cae un nuevo fragmento de cielo raso.

Hombre 2 (señalando las cartas dispuestas sobre la mesa): ¿No piensa jugar más?

Hombre 1: Estoy harto.

Hombre 2: Debería seguir jugando.

Hombre 1: Me cansé. Es un juego muy aburrido.

Hombre 2: Las cartas son muy aburridas.

Hombre 1: Es cierto. Ya me dijo que prefería el ajedrez.

Silencio.

Hombre 1: ¿Se siente mejor del estómago?

Silencio. El Hombre 2 hace un gesto afirmativo con la cabeza.

Hombre 1: Mejor. Así va a poder comer.

Hombre 2: Si llega.

Hombre 1: Qué.

Hombre 2: Si llega la comida alguna vez.

Hombre 1: En cualquier momento llega. No sea impaciente.

Hombre 2: Qué dicen.

Hombre 1: No entiendo.

Hombre 2: Mis archivos, qué dicen sobre mí.

Hombre 1: Muchísimas cosas.

Hombre 2: ¿Hablan bien de mí?

Hombre 1: Ningún archivo habla bien de nadie. Nunca. Usted debería saberlo mucho mejor que yo.

Silencio.

Hombre 1: Si quiere, se los traigo. Por mí no hay problema.

Hombre 2: ¿Mi archivo?

Hombre 1: Sus archivos…

Hombre 2: Son varios…

Silencio. El Hombre 1 hace un gesto afirmativo con la cabeza.

Hombre 1: ¿Le interesa?

Hombre 2: No sé.

Hombre 1: ¿No quiere que se los traiga?

Hombre 2: Me gustaría saber qué dicen de mí.

Hombre 1: Por eso. Se los traigo.

Hombre 2: No. Todavía no. Más tarde.

Hombre 1: Como quiera.

Hombre 2: Todavía no. No sé si estoy preparado.

Silencio.

Hombre 2: Me gustaría leer su archivo primero.

Silencio.

Hombre 2: Quisiera saber quién es usted en realidad.

Silencio. Tres golpes sucesivos a la puerta. El Hombre 1 se levanta de la silla. Camina en dirección a la puerta. Sale. El Hombre 2 queda solo. Observa con atención el lugar. Se escucha al Hombre 1 hablar con alguien. Y luego pasos. El Hombre 1 entra. Sostiene una caja de cartón con sus dos manos. La apoya sobre la mesa. Mira al Hombre 2.

Hombre 1: La comida…

Silencio.

Hombre 1: ¿No está contento?

Hombre 2: Se me fue el hambre.

Hombre 1: A mí también.

Hombre 2: De tanto esperar, se nos fue el hambre.

Silencio. Permanecen parados. Miran la caja de cartón que está sobre la mesa.

Hombre 1: ¿No piensa comer ni una porción?

Hombre 2: Coma usted si quiere. Yo no. No tengo hambre. Ya le dije.

Silencio.

Hombre 2: ¿Y el café?

Hombre 1: No lo trajeron.

Hombre 2: ¿Estaba pedido?

Hombre 1: Por alguna razón no lo trajeron. Quién sabe por qué.

Hombre 2: Me encantaría tomar un café a esta hora.

Hombre 1: A mí también.

Silencio.

Hombre 2: Me va a dejar salir…

Hombre 1: No puedo. Eso va contra las reglas. Y usted lo sabe.

Hombre 2: Un rato nada más.

Hombre 1: No puedo. No insista.

Hombre 2: A tomar un poco de aire fresco. Dos pasos y enseguida vuelvo.

Hombre 1: No me crea tan ingenuo.

Hombre 2: Saldríamos los dos. A usted también le vendría bien. Alguna vez debería salir de este encierro.

Silencio. El Hombre 1 hace un gesto negativo con la cabeza.

Hombre 2: Ellos quieren que usted me saque algo.

Silencio.

Hombre 2: Dígame qué es lo que quieren que les cante y listo. Se los digo. Así después me puedo ir tranquilo.

Hombre 1: No es tan sencillo.

Hombre 2: Quisiera saber adónde me van a llevar mañana.

Hombre 1: No lo sé. Ya se lo dije.

Hombre 2: No me van a dejar ir. Es eso, ¿no?

Hombre 1: No se impaciente.

Hombre 2: Nunca me van a dejar ir.

Hombre 1: Usted no hizo nada malo.

Hombre 2: Eso lo dice usted, que está de mi parte porque leyó los archivos. Pero ¿y ellos?

Hombre 1: Ellos saben tanto como yo. Y saben mucho más todavía.

Hombre 2: Nunca me van a dejar ir.

Hombre 1: Usted no es culpable de nada.

Hombre 2: Dígaselo a ellos.

Hombre 1: Se los digo todo el tiempo. Cada vez que los veo. En algún momento me van a creer.

Silencio.

Hombre 1: Tome asiento.

Silencio.

Hombre 1: Siéntese.

Silencio.

Hombre 2: ¿Usted no se sienta?

Hombre 1: Prefiero quedarme parado. Si no le molesta.

Silencio. El Hombre 2 se sienta en una de las sillas.

Hombre 1: Más tarde quizás, salgamos a dar una vuelta. Los dos juntos. A tomar un poco de aire fresco.

Silencio.

Hombre 1: Ahora no. Todavía no es tiempo.

Silencio. Cae otro fragmento de cielo raso.

Hombre 2 (para sí, en voz baja): Cómo estará Boris ahora…

Hombre 1 (escuchándolo, atento): Quién.

Hombre 2: Boris, mi perro.

Hombre 1 (asombrado): Tiene un perro…

Hombre 2: Me encantan los perros.

Silencio. El Hombre 1 lo observa, desconcertado.

Hombre 2: Eso no estaba en los archivos.

Hombre 1: No se menciona nada de perros.

Hombre 2: No sé cómo pueden perderse un dato tan importante.

Hombre 1: No es relevante. Por eso.

Hombre 2: Todo es relevante. No sea ingenuo.

Silencio.

Hombre 1: De qué raza es.

Hombre 2: De ninguna.

Hombre 1 (sorprendido): ¿No es de raza?

Hombre 2: No.

Silencio.

Hombre 2: Es de la calle. Como yo.

Silencio.

Hombre 2: Marca perro.

Hombre 1: Cuántos años tiene.

Hombre 2: No sé.

Hombre 1 (molesto): Cómo que no sabe. Me está engañando.

Hombre 2: No sé cuantos años tiene porque lo levanté de la calle.

Hombre 1: Pero alguna idea tiene…

Hombre 2: Unos tres años. Como es de la calle no se puede saber con certeza.

Silencio.

Hombre 1: ¿Lo saca a pasear?

Hombre 2: Dos o tres veces al día.

Hombre 1: Hace bien. Los perros necesitan salir a pasear.

Hombre 2: Igual que nosotros. Ahora.

Silencio.

Hombre 2: Tiene el hocico muy grande. Puntiagudo. Es gris.

Hombre 1: Es raro. Nunca vi a un perro totalmente gris.

Hombre 2: Y sin embargo es un perro muy común. Cada vez que salimos, me encuentro con alguien que se acerca, lo acaricia y me dice que alguna vez tuvo un perro igual a él.

Hombre 1: Se lo quieren robar. Tenga cuidado.

Silencio.

Hombre 1: Es un perro simpático.

Hombre 2: Simpático, comprador y muy roñoso.

Hombre 1: ¿Nunca lo baña?

Hombre 2: Una vez al año, siempre.

Hombre 1: ¿Una vez nada más?

Hombre 2: Es todo lo que necesita.

Hombre 1: Aunque se ensucie enseguida.

Silencio. El Hombre 2 asiente afirmativamente con la cabeza.

Hombre 2: A los dos minutos ya anda revolcándose por el pasto y la tierra.

Hombre 1: Debería enseñarle buenos modales.

Hombre 2: No quiero. Me gusta así como es: roñoso y loco.

Silencio.

Hombre 1: Debe ser un tipo de perro muy común.

Hombre 2: Si quiere se lo muestro. Tengo una foto en mi billetera.

Hombre 1: Me gustaría verla.

Silencio. El Hombre 2 se levanta. Se acerca al Hombre 1. Abre su saco. Saca de su bolsillo una vieja billetera negra de cuero muy gastado. Saca una foto. Se la entrega al Hombre 1. Ambos miran fijamente la foto durante un largo rato, en silencio.

Hombre 1 (con la foto en la mano): Es cierto. Es increíble. Es totalmente gris.

Hombre 2: Se lo dije.

Silencio. El Hombre 1 le entrega la foto de Boris al Hombre 2, quien la agarra, la guarda en la billetera.

Se mete la billetera en el bolsillo del saco.

Permanecen parados los dos. Muy cerca uno del otro. Observándose.

Nuevos fragmentos del cielo raso y de las paredes caen al piso.

Hombre 1:¿Es mimoso?

Silencio.

Hombre 1: Quiero decir, le gusta que lo acaricien…

Hombre 2: Demasiado. De noche siempre se queda al lado mío y me pica con el hocico para que le haga caricias en el lomo o en la cabeza.

Hombre 1: ¿Nunca se queda satisfecho?

Hombre 2: Nunca tiene suficiente. Siempre pide más.

Silencio.

Hombre 2: Lo mismo con el paseo. Cuanto más veces al día lo saque, mejor.

Silencio.

Hombre 2: Apenas me pongo el saco, empieza a ladrar y a saltar en dos patas. Arma un escándalo para que lo saque aunque sea hasta la vereda. Pero a veces no puedo. No tengo tiempo. Se me hace tarde. Y si me voy apurado sin saludarlo, se ofende y a la noche, cuando llego, se queda lejos, recostado en el colchón que tiene en el piso. Ni se me acerca, hasta el día siguiente, cuando parece haberse olvidado de mi ofensa. Y me saluda con un entusiasmo desbordante, como si me viera por primera vez. O como si hubiera vuelto de un largo viaje.

Silencio.

Hombre 1: Qué lindo.

Silencio.

Hombre 2: Usted no tiene perros.

Hombre 1: Nunca tuve.

Silencio.

Hombre 1: No tengo espacio. Toda mi vida viví en departamentos de un ambiente. Y trabajé en lugares como éste.

Silencio.

Hombre 2: Esta noche Boris me va a extrañar. No lo voy a poder acariciar…

Hombre 1: Lamento oír eso.

Silencio.

Hombre 1: De verdad, lo lamento.

Silencio.

Hombre 1: Pero no hay nada que pueda hacer.

Silencio. Se desprende un fragmento grande de cielo raso.

Cae muy cerca del Hombre 1, cubriéndolo de polvo.

Hombre 2: Qué quieren de mí.

Silencio.

Hombre 2: Les doy lo que quieran.

Hombre 1: Ya se lo dije. No lo sé.

Silencio.

Hombre 1: Un chivo expiatorio, supongo.

Silencio.

Hombre 1: Eso es usted para ellos.

Silencio.

Hombre 1: Una cara y un nombre a quien echarle la culpa.

Silencio.

Hombre 1: Ya no van a venir.

Hombre 2: Cómo sabe.

Hombre 1: Mi reemplazo ya tendría que haber llegado.

Silencio.

Hombre 1: Ya es casi de día.

Hombre 2: No puede ser.

Hombre 1: No van a venir. Ya me di cuenta.

Hombre 2: Qué vamos a hacer.

Hombre 1: No lo sé. Irnos tal vez.

Hombre 2: No podemos irnos.

Hombre 1: Usted no puede. Yo sí.

Hombre 2: Si yo me voy, usted va a estar en serios problemas.

Hombre 1: Es cierto.

Hombre 2: Piense mejor antes de responderme. Le conviene.

Silencio.

Hombre 1: Usted no mató a nadie. Eso ya es suficiente para mí.

Hombre 2: Yo no le dije eso.

Hombre 1: No hace falta que me lo diga. Está en los archivos.

Hombre 2: Tiene una fe ciega en esos archivos de mierda.

Hombre 1: Se le nota con sólo mirarlo. Es inocente. No tiene idea.

Silencio. El Hombre 2 se acerca aún más al Hombre 1.

Hombre 2: Déme las llaves.

Silencio. El Hombre 1 saca un manojo de llaves del bolsillo interno de su saco.

Hombre 1 (entregándoselas al Hombre 2): Acá las tiene.

Hombre 2: ¿Así nomás, tan fácilmente me las entrega?

Hombre 1: Claro.

Hombre 2: ¿No piensa oponer ninguna resistencia?

Hombre 1: Ninguna.

Silencio.

Hombre 1: Esto no se soluciona con su huida.

Hombre 2: Ni tampoco quedándome.

Hombre 1: Exacto. Ahí está el problema.

Silencio.

Hombre 1: No hay ninguna solución posible.

Silencio.

Hombre 1: O si la hay, no tengo idea de cuál puede ser.

Silencio.

Hombre 1: Sé lo que son capaces de hacer si no les da lo que quiere.

Silencio.

Hombre 1: Se van a enojar.

Silencio.

Hombre 1: Lo van a ir a buscar por todas partes.

Silencio.

Hombre 1: No va a estar seguro en ningún escondite.

Silencio.

Hombre 1: Lo van a golpear donde más le duela.

Silencio.

Hombre 1:Si se va ahora, nunca más va a volver a ver a Boris con vida.

Silencio.

Hombre 2: En algún momento usted también va a tener un perro igual a Boris, como esa gente que nos saluda en la calle, cuando salimos a pasear.

Silencio.

Hombre 2: Lo va a querer acariciar.

Silencio.

Hombre 2: Y no va a poder.

Silencio.

Hombre 2: Le va a pasar lo mismo que a mí.

Silencio.

Hombre 2: Se va a encontrar con alguien como usted.

Silencio.

Hombre 2: Que lo va a encerrar y no lo va a dejar salir.

Silencio.

Hombre 2: Que no le va a ofrecer ninguna alternativa.

Silencio.

Hombre 2: Como hace usted conmigo, ahora.

Silencio.

Hombre 2: Entonces usted también se va a desesperar.

Silencio.

Hombre 2: Como me pasa a mí en este momento.

Silencio.

Hombre 2: Cuando eso pase, les voy a pedir que me llamen.

Silencio.

Hombre 2: Me va a encantar estar presente.

Silencio.

Hombre 2: Para poder ver su sufrimiento.

Silencio.

Hombre 2: En vivo y en directo.

Silencio. El Hombre 2 guarda las llaves en el bolsillo interno de su saco.

Caen nuevos fragmentos del cielo raso.

El Hombre 1 y el Hombre 2 miran hacia el techo.

Hombre 1: Hace años que está así. Ya no hay nada que se pueda hacer sin dinero.

Silencio.

Hombre 1: Un día de estos se va a caer el techo.

Silencio.

Hombre 1: Espero no estar presente.

Silencio.

Hombre 2: Esta noche Boris no va a poder comer.

Silencio.

Hombre 2: Ni mucho menos dormir.

Silencio.

Hombre 2: Nadie va a estar con él para acariciarlo.

Silencio.

Hombre 2: Y tranquilizarlo.

Silencio.

Hombre 2: Si se duerme, va a tener muchas pesadillas.

Silencio.

Hombre 2: Le van a temblar compulsivamente las patas.

Silencio.

Hombre 2: Mientras está tendido en su colchón.

Silencio.

Hombre 2: O en el piso de la cocina.

Silencio.

Hombre 2: Se va a quejar.

Silencio.

Hombre 2: Va a aullar y a lloriquear.

Silencio.

Hombre 2: Persiguiendo quién sabe qué cosas en sueños.

Silencio.

Hombre 2: Es muy probable que mañana ya no lo encuentre.

Silencio.

Hombre 2: Cuando vuelva a casa.

Silencio.

Hombre 2: Si es que vuelvo

Silencio.

Hombre 2: Si es que alguna vez llego a escaparme de esto.

Silencio.

Hombre 2: Es muy probable que Boris esté subido a la terraza.

Silencio.

Hombre 2: Ahora mismo.

Silencio.

Hombre 2: Balconeando.

Silencio.

Hombre 2: Observando el movimiento de toda la cuadra.

Silencio.

Hombre 2: Quién entra.

Silencio.

Hombre 2: Quiénes se van.

Silencio.

Hombre 2: Y especialmente, observando si yo estoy llegando.

Silencio.

Hombre 2: Para ir corriendo a recibirme.

Silencio.

Hombre 2: Si esta noche no vuelvo, hasta mañana no me va a esperar.

Silencio.

Hombre 2: No tengo dudas de eso.

Silencio.

Hombre 2: Se va a tirar de la cornisa.

Silencio.

Hombre 2: Va a caminar por las calles, buscando algún otro dueño.

Silencio.

Hombre 2: Alguien diferente.

Silencio.

Hombre 2: Que lo quiera lo suficiente para no abandonarlo nunca.

Silencio.

Hombre 2: Ni por una sola noche.

Silencio.

Hombre 1: No se equivoque conmigo.

Silencio.

Hombre 1: Yo no soy el problema.

Silencio.

Hombre 1: Lo entiendo perfectamente.

Silencio.

Hombre 1: Nunca quise ningún mal para usted.

Silencio.

Hombre 1: Ojalá me crea.

Silencio. Se miran fijamente.

El Hombre 1 acerca una de las sillas al Hombre 2. Se la ofrece.

El Hombre 2 se sienta.

El Hombre 1 acerca la otra silla y también se sienta. Cada uno mira hacia un punto fijo de paredes opuestas.

Hombre 2: Esa noche no pude alcanzar a salir.

Hombre 1: Mi reemplazo no es como yo.

Hombre 2: No crea que no lo intenté.

Hombre 1: Es completamente diferente.

Hombre 2: Hice todo lo posible por salir de ahí. Pero no era nada fácil.

Hombre 1: Otro mundo, una persona distinta.

Hombre 2: Ya no había nadie en el edificio. Era casi fin de semana.

Hombre 1: Gustos y personalidades totalmente distintas.

Hombre 2: Por eso encaré directo al ascensor.

Hombre 1: Somos el día y la noche. Dos universos paralelos. Que no se tocan en ningún punto.

Hombre 2: Sabía que nadie podía encontrarme a esa hora.

Hombre 1: Aunque no lo conozco lo suficiente.

Hombre 2: Sólo quedaba un guardia de seguridad, que ni se dio cuenta.

Hombre 1: Apenas si cruzamos un par de palabras en todos estos años.

Hombre 2: Me sofocaba adentro de ese ascensor.

Hombre 1: Una de las pocas veces que le hablé, le pregunté por su familia.

Hombre 2: Quería que me encontraran el lunes a la mañana.

Hombre 1: Me dijo que no tenía a nadie. Que no lo moleste.

Hombre 2: Apenas abrieran las oficinas.

Hombre 1: Como yo, que tampoco tengo a nadie.

Hombre 2: Me arrepentí pero ya era tarde.

Hombre 1: Después de esa vez, nunca más nos saludamos. Él entra y yo salgo. Siempre en silencio.

Hombre 2: Supongo que me desmayé por el calor.

Hombre 1: Somos dos extranjeros. No tenemos ni un sí ni un no.

Hombre 2: Cuando el guardia estaba haciendo su ronda, me descubrió.

Hombre 1: Ni siquiera sé si su trabajo es parecido al mío.

Hombre 2: Al borde de la asfixia.

Hombre 1: Sospecho que su turno es más fácil.

Hombre 2: Un rato más y hoy ya no estaría acá, para contar el cuento.

Hombre 1: No. No sospecho nada. Estoy totalmente seguro. Siempre fue un vago.

Hombre 2: En esa época Boris no había entrado en mi vida.

Hombre 1: Hace muy poco le aumentaron el sueldo. Gana más que yo.

Hombre 2: Nunca lo hubiera intentado si no.

Hombre 1: Lo sé de muy buena fuente.

Hombre 2: Es una suerte que el guardia me haya encontrado.

Hombre 1: A la noche hago lo que quiero. Reviso todos los recibos de sueldo.

Hombre 2: Cuando pueda, voy a intentarlo de nuevo.

Hombre 1: Cuando consiga la llave de la caja fuerte, levanto campamento.

Hombre 2: Ahora que Boris ya no está, prefiero terminar asfixiado en el ascensor.

Hombre 1: Sé dónde esconden la plata.

Hombre 2: O debajo de los escombros de esta habitación.

Hombre 1: Me voy a llevar todo, hasta los archivos. Nunca más me van a ver la cara.

Hombre 2: Es exactamente igual. El mismo final. Eso es lo que importa.

Hombre 1: Ya no voy a tener que vivir en departamentos de un ambiente. Ni trabajar en lugares como éste.

Hombre 2: Eso y ninguna otra cosa más.

Silencio.

Hombre 1: Voy a ir a repartir personalmente, casa por casa, los archivos de cada una de las personas que están fichadas.

Silencio.

Hombre 1: Para que ya no se sepa nada de nadie. Nunca más.

Silencio.

Hombre 1: Voy a poder tener todos los perros que quiera.

Silencio.

Hombre 1: Alguno igual a Boris voy a encontrar. Eso seguro.

Silencio.

Se miran.

Se levantan.

Permanecen muy cerca uno del otro.

Hombre 2: Podríamos salir a pasear.

Hombre 1 (sorprendido): ¿Ahora?

Hombre 2: Ahora.

Silencio.

Hombre 2: Nos haría bien tomar un poco de aire fresco.

Silencio. El Hombre 1 asiente afirmativamente con la cabeza.

Se miran.

Hombre 1: Usted tiene las llaves. No se olvide de eso.

Silencio. El Hombre 2 saca el manojo de llaves del bolsillo interno de su saco.

Ambos caminan hacia la puerta.

Caen grandes fragmentos del cielo raso y de las paredes, cubriendo de polvo la habitación entera, incluida la mesa repleta de cartas.

Ellos ni se inmutan.

Sólo se limitan a salir.

En silencio.

FIN

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