DOMINGO (versión teatral)

Domingo

Voz: Domingo por la tarde. Planta baja de un departamento. En el living, un arbolito de Navidad sin desarmar del todo. Sus restos están desparramados por el suelo: son de un color verde musgo apagado, descolorido, aguado. Hay restos de ropa, de cáscaras de naranja y comida, esparcidas por el suelo del departamento. Un vapor húmedo y sofocante llena el aire del lugar.

A través de la puerta entreabierta del cuarto de baño, adyacente al living, vemos la silueta desnuda de una mujer que se está bañando, recortada sobre el vidrio ligeramente transparente de la puerta del baño.

Un hombre regresa de la calle con un niño.

El hombre, con el niño a su lado, de la mano, entra sigilosamente y observa, a través de la puerta entreabierta, la silueta desnuda de la mujer que se está bañando.

El hombre ve cómo ella se baña.

La ve desnuda, sin que ella se dé cuenta ni sospeche nada.

Atisba su figura.

Trata de adivinarla.

A su lado, el niño, que registra la mirada del hombre.

Y su silencio.

El niño ve todo y no dice nada. Pero sabe.

Se queda un largo rato viéndola bañarse, siempre con el niño a su lado.

En algún momento, el niño quiere preguntar algo, pero el hombre se da cuenta y lo observa de una manera tal, que obliga al niño a ahogar en su garganta lo que iba a decir.

El hombre lo mira y le dice, en voz muy baja, apenas audible:

Hombre: Por favor no digas nada.

Voz: Una súplica.

Un ruego.

Una lágrima cae por su mejilla.

El hombre llora.

Copiosamente.

En silencio.

Para que el niño no diga nada.

Entonces hace caso.

Y no dice nada.

Cumple con su promesa.

La que le había hecho al hombre.

Sólo con la mirada.

Una vez que sabe que el niño no piensa decir nada, dirige la vista hacia el cuarto de baño.

Vuelve a contemplar la silueta de la mujer desnuda, bañándose, a través del vidrio empañado.

No quiere perderse nada.

Ni un solo segundo de esa mujer desnuda.

Y no se lo pierde.

Observa a la mujer, que ha cerrado la llave de la ducha del baño y comienza a secarse.

Y sólo entonces se da cuenta de que ella ha terminado de bañarse.

Si él permanece un minuto más en ese lugar, ella saldrá completamente desnuda por la puerta entreabierta del baño.

Se topará con el hombre.

Y con el niño.

Que quizás sea de ella.

Su niño.

Reaccionará.

Gritará terriblemente.

Armará un escándalo.

Hombre: ¿Y si ella no reaccionara así?

Voz: Eso es lo que se pregunta el hombre, mientras vemos que sigue observándola a través del vidrio empañado, con el niño a su lado.

Niño: ¿Qué mirás?

Voz: Eso es lo que el niño le va a preguntar al hombre.

Tarde o temprano.

El hombre sabe lo que el niño le va a preguntar.

Sabe que le va a preguntar:

Niño: ¿Qué es lo que mirás?

Voz: Por eso le dice, en voz muy baja, apenas audible:

Hombre: Por favor no me preguntes eso. No me preguntes nada.

Voz: El niño entiende. Y calla.

Hombre: Ella tiene que reaccionar así. ¿De qué otra forma podría reaccionar?

Voz: Eso es lo que piensa el hombre.

Mientras sigue espiándola.

Y tiene razón.

No hay ninguna otra posibilidad.

Ninguna.

Toma entonces, sin pensarlo, al niño de la mano y le dice:

Hombre: Vamos.

Voz: Justo cuando se están marchando, justo cuando ya, el niño y el hombre, están prácticamente fuera del departamento, la mujer sale del baño.

Los mira.

En silencio.

No se dicen nada.

Por un largo rato.

El hombre, aterrorizado.

El niño, expectante.

Ella, aterrorizada, expectante, silenciosa también.

Todo junto.

Todo lo que sienten ellos dos, se da en ella junto.

De un sola vez.

Simultáneamente.

Sin embargo, pese a los temores del hombre, no grita.

Ni arma ningún escándalo.

Los mira, eso sí.

A los dos.

Muy intensamente.

A los ojos, primero.

Después recorre con la mirada sus cuerpos.

Se detiene en cada detalle.

Las arrugas del hombre.

Su boca.

Las comisuras de sus labios.

Los hombros.

La línea del pecho.

La panza.

La cintura.

Los pantalones.

Su sexo.

Las rodillas.

Los zapatos.

Su sexo.

Al niño lo mira de un solo y rápido vistazo.

Eso es lo que le demora observarlo todo de ellos.

Completamente.

No queda nada de él que no haya registrado.

No hay ni un milímetro que no haya inspeccionado de los dos.

Por un momento, el hombre y el niño se sienten desnudos.

Incómodos.

Molestos.

Examinados hasta en su intimidad más profunda.

Vejados.

Sin embargo la que sigue desnuda es ella.

Así es como salió del baño.

Así permanece todavía.

No obstante, ellos se olvidan de su desnudez.

Y ella también se olvida.

Hasta que se acuerda.

Se mira y se da cuenta de que ella es la única persona de esa habitación que está desnuda.

Recuerda su desnudez.

Al verse a sí misma.

Sus senos.

Su vientre.

Su sexo.

Entonces se avergüenza.

De pronto.

Como si nada hubiera pasado.

Vuelve rápidamente sobre sus pasos.

Se dirige hacia el baño.

Entra.

Cierra la puerta.

Se esconde ahí dentro.

En el cuarto de baño.

Por un largo, larguísimo rato.

Los dos ahí, parados.

Sin decir nada.

Sin mover ni una pestaña.

Pálidos.

Ni ganas de hablar tiene el niño ya.

Ni ganas.

El hombre, aterrorizado.

El niño, expectante.

Luego de mucho tiempo, la mujer sale.

Envuelta en una toalla.

Completamente.

De su desnudez no quedan rastros.

Ni un ápice.

Los tres se miran.

Al unísono.

En un mismo instante.

Los tres deciden en una sola mirada cómplice que queda todo olvidado.

Que no ha pasado nada.

Que nadie vio nada.

Que el episodio ha sido borrado.

Que…

Un instante de tiempo que nunca existió.

Y sólo entonces los tres: hablan, se ríen y se abrazan.

Hasta que el niño, cansado, le pregunta al hombre:

Niño: ¿Qué es lo que mirabas antes?

Voz: Y la magia se acaba.

No ríen, no hablan, no se abrazan.

Nada.

Observan al niño.

Eso es lo que hacen.

El hombre y la mujer contemplan en silencio al que rompió el encanto.

Y el niño se observa a sí mismo.

Sus manos.

Sus piernas.

Su sexo.

Sabe que dijo algo malo.

Pero no entiende qué.

Entonces la mujer, mirando al niño, se quita la toalla.

Revela, otra vez, su desnudez.

El hombre mira nuevamente al niño, espiando y señalando, al mismo tiempo, el cuerpo desnudo de la mujer, que se le ofrece.

Le dice en voz muy baja, apenas audible:

Hombre: Eso es lo que miraba antes, y vos lo sabés. Ya lo sabías. Lo supiste siempre.

Voz: La mujer sale.

Huye hacia el cuarto de baño.

Aterrorizada.

Avergonzada.

Expectante.

Todo sucede en unos brevísimos instantes.

El hombre, dedicándole al niño una última mirada distante, se marcha.

En silencio.

El niño permanece.

Detrás del vidrio empañado del cuarto de baño.

Allí está el niño.

Ocupando el lugar del hombre.

Allí sigue el niño.

Exactamente allí

Detrás de ese vidrio.

Espiando a la mujer.

Desnuda.

Que abre la llave de la ducha del baño.

Y vuelve a bañarse.

Como antes.

Fin

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