Quién sabe

Nos suben a la parte de atrás de un camión de carga. Por la fuerza. Adentro todo está oscuro. Charcos y charcos de transpiración. Una cantidad incontable de hombres. De gente sin nombre. Quién sabe cuántos. Todos encimados. Unos junto a otros. Pegoteados. Torsos semidesnudos. Algunos. Otros vestidos con camisas blancas. Un montón de camisas blancas en medio de la oscuridad. El olor a humedad. Omnipresente.

Los gritos de los que quedaron afuera se amontonan. Se sufren. El camión arranca. No sabemos adónde nos lleva ni cuál es nuestro destino final. Si es que tenemos alguno. Pero nos encaminamos hacia un lugar muy lejano. Aparentemente. El viaje dura horas y horas. Al menos eso es lo que creemos. Estoy a punto de desmayarme. En el momento exacto. Justo en el filo. En el límite de mantenerme cuerdo. Intacto. Conciente. Un paso más y ya no voy a poder recordar más nada. Quién soy. Quién fui. Qué hice. Quiénes son mis amigos. Pero fundamentalmente por qué estoy ahí. Un paso más. Uno solo. Uno y ya está. Me fui. Se fue. Empujo. Me empujan. El forcejeo es permanente. Nuestros alientos se mezclan, de tan apretados que estamos. Algunos empiezan a agonizar. Muy lentamente. Firmes, decididos, inquebrantables en su agonía. Muerte. Ahí dentro. En ese camión de carga. Seguimos avanzando. El camión sigue, no nosotros. Mientras algunos cadáveres vivientes agonizan a mi lado, dando sus últimos estertores. De pronto, alguien me toca la mano. Pienso: “no importa el destino incierto, no hay nada que sea peor que esto”. Otro me palmea. Uno más me asusta con sus gritos. Echa en mi cara su aliento fétido. La mayoría gasta todo su tiempo y la poca energía que le queda, pidiendo ayuda, socorro. El único auxilio que consiguen es el silencio. De tanto gritar se quedan afónicos. De tanto forzar la vista para ver en medio de esa oscuridad densa, se quedan ciegos. Otros permanecen callados y observan todo, atentos. Como si quisieran guardar lo poco que aún pueden ver en su memoria, para siempre. O por un tiempo, al menos. Todo lo que puedan soportar, amontonado ahí dentro, en sus cerebros.

La cara colorada. Algunos, por el roce continuo y persistente de los cuerpos, tienen la cara colorada. No falta el que se pone impaciente por saber hacia dónde estamos yendo. Y qué será de nosotros. Yo, por ejemplo, soy uno de esos. Dormir, no se puede. No hay lugar. No cabe ni un solo alfiler más. Hay que permanecer parado durante todo el trayecto. Inmóvil, en silencio y con los ojos bien abiertos.

Llueve. Afuera llueve. O parece que lloviera. Primero es una gota. Pero rápidamente se oye el ruido que hacen un millón de pesadas gotas de lluvia, al golpear contra las chapas del camión. El ruido de las gotas acelera los ánimos. Los trastorna. Los vuelve más confusos. Nadie sabe qué sentir. Ni mucho menos qué hacer. La lluvia arrecia. Los gritos se acrecientan. Empiezo a envidiar a los que agonizan. A los muertos. Incapaces de escuchar el estruendo que produce el concierto combinado de gritos y lluvia.

El camión sigue. La ruta de asfalto se transforma en piedra. Todo se mueve. Mi camisa blanca chorrea sudor. Mi cuerpo tiembla. Si sigo temblando de esta manera, no va a quedar nada de mí. Nada conciente. Nada lúcido. Voy a perder la paciencia. Ya.

No, todavía no. Pronto. Muy pronto. Todos me observan. Apenas me desmaye, se van a abalanzar sobre mí y me van a sacar todo lo que tenga. Lo poco que aún me queda. Si es que ya no lo hicieron.

De pronto, la lluvia cesa. O eso es lo que parece. Y la ruta también se despeja, milagrosamente. Después de las piedras vuelve el asfalto, una vez más.

Todo retorna a la antigua calma. Precaria. Prendida con alfileres.

Los demás dejan de mirarme. Ya nadie está interesado en mí. De pronto. Súbitamente. Ya no tiemblo. Recupero el pulso normal. El aliento. O al menos eso creo. El camión sigue su ruta. Quién sabe adónde nos lleva. Todos miramos a otro. Como antes me observaban a mí. También de golpe. Una serie de ojos mirando a un pobre tipo. Uno como yo. Sin aviso previo. Uno que tiembla, como temblaba yo. Hace unos minutos apenas.

Esperamos agazapamos. Todos juntos. Que este hombre pierda la conciencia. Para quitarle lo poco que le queda. Su camisa blanca. Sus zapatos negros, rotosos, gastados. Algún diente de oro que aún conserve.

Esa es nuestra ética. Esperar a que ese pobre infeliz se desvanezca. Antes de abalanzarnos sobre él. Yo también. Yo soy uno más de ellos. Esos buitres…

Mientras tanto, allá afuera, quizás sea de noche. Y haya luna llena, después de la tormenta. Quién sabe.

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