Diario de los casi 40 años

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Acá empieza mi diario. Mi objetivo: escribir cada día hasta el 8 de mayo, cuando llegaré a los 40, un recuerdo de cada una de las décadas vividas. Lo haré en orden sucesivo y cronológico. Y repetiré el mismo procedimiento una vez que se acaben las décadas, es decir cada cuatro días. Así todos los días hasta el consabido 8 de mayo. Una forma de conjurar el paso del tiempo, de reivindicar lo vivido. De no olvidarlo.

Mi recuerdo de hoy, 28 de febrero, corresponde, acorde con las reglas, a la primera década de mi vida. A mis tres años, para ser más precisos. Casi me atrevería a afirmar que es el primer recuerdo propio que tengo, si esto es posible. Si alguna vez fue cierto que recordamos algo. Y que la memoria existe, fuera de toda construcción ficcional. De ser así, este sería un recuerdo por las mías, sin ayuda de nadie, ni de fotos, ni de videos, ni de relatos ajenos.

La primera imagen es un auto: el clásico Auto Unión de mi papá. Un auto que es como un escarabajo. Uno de los autos de mi infancia (porque habría otros). El de mi papá era de color bordó.

Miro a la gente desde adentro del auto. Cientos, quizás miles de personas deambulan por las calles. Gente feliz, exultante. Gente con banderas, gorros, camisetas y pulóveres de color celeste y blanco. Una multitud que hoy, desde la distancia, se torna anónima e irreconocible. No recuerdo ni rostros ni individualidades. No entiendo tampoco los motivos de semejante euforia. Creo recordar que me repiten incansablemente que Argentina es campeón mundial por primera vez en su historia. Pero sigo sin entender qué significa eso exactamente. Recuerdo sí el frío. Recuerdo estar muy abrigado. Recuerdo a mi papá y a Francisco en el auto, conmigo. Recuerdo que era él quien manejaba. Muy pocas veces en mi vida vi manejar a mi papá.

Sé que paseábamos por algún lugar céntrico, lejos de casa. Quizás por la avenida Corrientes. Quizás no. Imposible saberlo ya. Recuerdo también cierta sensación de alegría, por ver tan feliz a todo el mundo. Por ver tan felices principalmente a los dos hombres que me acompañaban. Recuerdo cierta sensación de asombro y de miedo mezclados, justamente por el mismo motivo. No era frecuente ver a ellos y a todos tan felices. Nunca fue frecuente eso en mi vida. Nunca lo sería, al menos, desde ahí en adelante…

Y ya está. Y luego todo se desvanece. Ya no recuerdo nada más de todo aquello.

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