Diario de los casi 40 años (2)

bocaflamengo1991

Era el 8 de mayo de 1991. El día de mi cumpleaños número 16. Una edad totalmente demencial para todo el mundo. Incluso para mí, que vivía desencajado, desequilibrado, como podía. Recuerdo que ese día resultó ser muy frío. Recuerdo también que a principios de ese año había tomado la decisión de correrme de mis parámetros normales. No quería estudiar nada en todo el año. O al menos, justo lo necesario para terminar el cuarto año de ese aborrecible y despreciable colegio.

Esa tarde, como nunca en todos los cumpleaños desde la adolescencia (había que remontarse a mi más tierna infancia para ver un espectáculo semejante), mi tía me trajo una torta de regalo. Desde que tengo uso de razón, desde que pude elegir por mí mismo, nunca me gustaron las tortas. Nunca quise ninguna para mis cumpleaños. No las aceptaba. No eran bienvenidas. En estos últimos años, otra vez me estoy corriendo de mi eje, y estoy empezando a ver las tortas de cumpleaños con buenos ojos. Pero esa es otra historia…

Esa tarde intenté estudiar logaritmos, pero no pude porque no entendía nada. No había prestado atención en la clase de matemáticas, fiel a mi idea de que la escuela no tenía nada para enseñarme. Aislado de mis compañeros, peleado con la mayoría de los profesores, despreciaba por igual a unos y otros.

Esa tarde también vi el programa de Xuxa, de quien estaba, como la mayoría de los pibes de mi edad, perdidamente enamorado. El programa, claro, era una estupidez. Pero lo importante era verla a ella. Eso solo valía la pena para tragarse canciones y bailes ridículos, sin sentido. Lo mejor de aquel programa, los clásicos dibujos animados de toda la vida: el pato Lucas, Bugs Bunny y siguen las firmas.

Por la noche, iría a la Bombonera a ver Boca-Flamengo. Fue quizás mi mayor momento de fanatismo con una camiseta y unos colores que después, poco a poco, dejaron de interesarme. Tardé en descubrir, pero al fin lo hice, lo despreciable que era el negocio del fútbol, lo repugnante que es el imperativo de ganar o morir, de ganar cueste lo que cueste, que impera en el deporte profesional. En ese momento Boca, de la mano de Batistuta y Latorre, buscaba una nueva Copa Libertadores, y para mí aquello era el centro del mundo. Boca iba a ganar tres a cero aquel partido de vuelta de cuartos de final. La cancha luciría repleta, como en las grandes gestas. Y todo sería felicidad, efímera y un tanto ridícula, pero felicidad al fin.

Recuerdo haber visto aquel partido con mi papá (quien ya no soportaba tener que acompañarme para sufrir la incomodidad de ver esos interminables partidos desde la popular), y con Félix, un compañero de la escuela, con quien sólo nos dábamos bola para ir a la cancha. En la escuela casi ni nos saludábamos.

Y recuerdo también la sensación de alegre cansancio cosquilleando en todas partes de mi cuerpo, a la salida de la cancha, de regreso en el 53, ya rumbo a Boedo.

Boca no alcanzaría el sueño de la Libertadores en ese año. Habría que esperar mucho tiempo, demasiado para mí, para que aquello se hiciera realidad. Pero en ese momento, al dormirme esa noche en mi cama de una plaza, junto a mi desinteresado hermano, todo era ilusión, esperanza y placer.

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