Diario de los casi 40 años (3)

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Este recuerdo me retrotrae a abril de 1995. A mis años años mozos, poco antes de llegar a los veinte. Eran mis primeros pasos en la carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA. Un mundo nuevo. Un universo completamente ajeno, por descubrir. Y por eso mismo, muy excitante. No conocía aún a nadie. Nadie tampoco me conocía a mí.

Los martes por la noche asistía a los teóricos de Principales Corrientes del Pensamiento Contemporáneo (PCPC para todo el mundo, porque nadie en su sano juicio pronunciaría semejante sentencia alargada). Eran teóricos dictados por Nicolás Casullo y Ricardo Forster, de cuyas clases se podrían hablar mucho y muy bien, pero no es eso, precisamente, lo que hoy quiero recordar. Estos teóricos eran más bien la excusa para pensar, para conocer un imposible mundo nuevo, para ponerse en cuestión y especialmente para acceder al encuentro de futuros e importantes amigos. Compañeros de camino.

Y así fue que conocí a Pablo. Y establecimos una de esas relaciones que nos marcan de manera indeleble, a punto tal que años más tarde llegaríamos a participar en la aventura de escribir una tesina de grado juntos. Pero esa es también otra historia.

En aquel momento, en aquella noche de otoño de 1995, éramos dos pibes de 19 años, sentados por casualidad uno al lado del otro, en esos antiguos bancos de iglesia de madera oscura, que todavía tiene el aula magna de la facultad de Sociales, en Marcelo T. de Alvear.

De lo que hablamos aquella noche, recuerdo poco y nada. Comentarios casuales quizás: saber que venía de Paraná, que ahora trabajaba y vivía con su padre, etc. Ese tipo de banalidades que uno dice y escucha cuando se conoce con otro, pero lo que verdaderamente estaba ocurriendo en aquel momento era que estábamos empezando a caernos muy bien. Era el comienzo de una amistad, (una de las pocas que verdaderamente tengo, no soy un tipo de muchos amigos, hay que decirlo), que ahora está por cumplir veinte años. Por supuesto que en esa época era imposible saberlo. Nunca sabemos cuando hablamos con otra persona, si será la primera y última vez que entablaremos un vínculo con ella, o si éste se extenderá para siempre. Somos ingenuos. Inconscientes ante el porvenir…

Para el final me reservo un dato muy importante, quizás el más importante de todos, visto ahora desde la distancia. En aquella época Pablo tenía el pelo largo, larguísimo. Hoy es pelado. Y soy yo el que de a poco va amenazando con dejarse crecer el pelo.

¿En honor a los orígenes de nuestra amistad?

Me gustaría pensarlo así. Pero eso, en el fondo, es imposible de saber.

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