Diario de los casi 40 años (6)

abanderado

Era noviembre de 1986. Tenía en aquel momento once años. Cursaba sexto grado. Sentía que me estaba haciendo grande. Sabía que la secundaria se aproximaba. Sentía que algo importante estaba por cambiar en mí. Lo intuía. No sabía exactamente qué iba a ocurrir, por supuesto, pero veía el cambio ahí, a la vuelta de la esquina. Y eso me daba mucho miedo…

En la última hora de clase de aquel día la maestra, luego de un minuto de suspenso, dijo que yo iba a ser el abanderado del curso, que me lo merecía, que me lo había ganado. Mis compañeros instintivamente giraron sus cabezas hacia donde estaba sentado. Todos me miraron. Fue un momento de exposición intensa y brutal. Muchas veces después, (muchos años más tarde), volvería a sentir algo parecido. Pero no podía saberlo en ese momento. No podía saber nada de lo que me esperaba. Como ahora. Exactamente igual que ahora, en relación a mi futuro…

Al principio no sabía qué sentir ni qué hacer. Quiero decir, nadie me preguntó a mí si yo quería ser abanderado. Fue la maestra quien lo decidió por su cuenta, sin siquiera preguntarme antes, como si yo no existiera. Como si mi opinión no contara.

Pensé en renunciar. Pensé en decir que no: no quiero ser abanderado. No me interesa. Nunca tuve mucha pasión por los colores patrios. Es algo que más bien me resbalaba. La idea de patria, aún hoy, me sigue molestando. Los nacionalismos me enervan.

Pero no dije nada. Fui obediente. Acepté mi destino. Y fui abanderado en el acto de fin de año. Pero lo mejor, lo más importante de este recuerdo, no es esa ñoñería, esa estupidez. Lo mejor fue lo que hice cuando llegué a mi casa, aquel mediodía de noviembre.

Ese día brindé la primera actuación de mi vida. Ese día, de una manera espontánea e improvisada (porque si hay algo que tienen que saber es que improviso en el momento casi todo en mi vida, nunca sé desde antes lo que voy a hacer), decidí armar un berrinche en mi casa. Un escándalo. Decir que esa escuela era una porquería, que la maestra era una tarada, que no iba a volver nunca más ahí. Se me ocurrió montar un pequeño show enojoso ante la azorada mirada de mi mamá.

Esa vez descubrí por primera vez el placer de la mentira, del engaño, de la ficción. Mi mamá había quedado absolutamente preocupada, atrapada por mi actuación. Había caído en la trampa. Ella fue la primera espectadora que tuve en mi vida como actor. Habría algunos más esperándome en el futuro. No muchos, sólo algunos. Pero para eso faltaba aún bastante tiempo.

Ese mediodía, me encerré en el baño. Disfruté. Me reí. Me sentí complacido por haber producido un impacto tan certero.

Ese mediodía me sentí, a los once años, por primera vez actor.

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