Diario de los casi 40 años (7)

fernet 4

Estos días han sido más que fructíferos, han traído transformaciones de todo tipo, tamaño y color. Lo cual es una buena señal, pues me indica que estoy vivo. Realmente vivo. Este diario va dejando secuelas no sólo en mí, sino también en mi círculo de amigos, familiares, conocidos, alumnos, etc.

Es así que le escribo a Pablo para que lea la entrada en la que cuento cómo lo conocí, en Sociales, en mis primeros pasos en la carrera de Ciencias de Ciencias de la Comunicación. (Para más detalles, ver la entrada número 3 de este mismo diario).

Pablo me responde por chat, pues ahora vive en Paraná, como antes, como hace muchos años.

Pablo: muy bueno! estás haciendo un diario de tu vida? hay varias situaciones de aquellas épocas que vistas desde hoy tienen casi la inocencia de la niñez diría, o al menos la desfachatez de la experimentación

Yo: puede ser. Es sólo un diario hasta que cumpla 40 años. A razón de una entrada por día

Pablo: como aquella vez que nos encontramos por el centro, no sé si fuimos a ver una película al lorange o algo parecido, y fuimos caminando por corrientes sin rumbo, pasamos por una fiesta en un momento, en alguna esquina tiramos una moneda para saber qué dirección seguíamos.

Yo: sí, me acuerdo, la voy a poner.

Pablo: y terminamos en un bar de parque centenario.

Yo: sí, previo paso por el parque.

Pablo: era medio como ser situacionista sin saber qué era eso.

Yo: me gusta eso que decís: ser situacionista sin saber qué es eso.

El chat ya introduce el recuerdo al que quiero referirme hoy.

Octubre de 1998. Yo tenía en aquel entonces apenas unos 23 años. (Me encanta escribir la palabra “apenas” en estos días, me hace recordar todo el tiempo, no sé por qué, a la película Apenas un delincuente, de Hugo Fregonese. Quizás porque sin saberlo habla de mí). Era sábado por la noche, había ido a ver con mi mamá una de esas horribles obras oficiales del Teatro San Martín. Me refiero al tipo de obras que me irían alejando muy pronto de aquel teatro muerto y decadente. El teatro, sin embargo, había pasado a ocupar un lugar importante en mi vida, de a poco, casi sin quererlo.

Luego de la obra, me despedí de mi mamá y nos citamos con Pablo, a apenas unas cuadras del San Martín. Seguramente en Corrientes y Callao, aunque ya no recuerdo este exacto detalle. Desde ahí iniciamos un largo camino, previo paso por un maxikiosco de la zona en donde nos abastecimos de coca y fernet, que culminaría en el Parque Centenario, a una hora indefinida de la madrugada, ya con el amanecer en el horizonte.

Nos recuerdo sentados en uno de esos bancos que dan al lago, hablando quién sabe de qué cosas. Seguramente tratando de entender algo. De entendernos. De intentar pensar qué mierda nos pasaba y qué queríamos de la vida. Nada más. Nada menos. Por supuesto que las botellas de fernet y coca hacía rato que habían quedado vacías. Seguramente tomamos alguna cerveza más por el camino. Ya no lo recuerdo.

Recuerdo sí que ingresamos para tomar una cerveza a un bar de la zona, llamado “El Astillero”, que quedaba muy cerca de la sede de Sociales donde en aquel momento cursábamos, a pasos nomás del (hoy enrejado) Parque Centenario. En aquella época ese bar era un lugar habitual para mí, al que recurría asiduamente luego de cursar. Pero estar ahí un sábado por la noche era una experiencia completamente extraña, seductora y anómala. Como acceder al lado prohibido, oscuro, casi siniestro de la vida.

Nos recuerdo también en crisis, a Pablo y a mí. Nos recuerdo sin horizonte, sin saber adónde ir. Pero maravillosamente felices, compartiendo una intimidad profunda aquella hermosa noche de primavera, que tantos augurios portaba.

Quizás Pablo tuviera razón, quizás fuéramos en aquella época situacionistas,azarosos, inocentes, desfachatados, experimentales. Niños jugando a ser adultos. A ensayar la adultez.

Quizás todo eso fuera cierto.

Pero lo último que recuerdo de aquel fragmento de tiempo, es que al día siguiente jugaba el Boca de Bianchi en el Monumental, contra River. Que empatarían cero a cero, que Oscar Córdoba, el arquero de Boca, le atajaría un penal a Marcelo Gallardo, y que, a la par que un imperio futbolístico se estaba gestando, estaba consolidándose también una intensa y fuerte amistad.

Porque en nuestras vidas están pasando muchas cosas a la vez, en distintos planos. Sólo que a veces no nos damos cuenta.

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