Diario de los casi 40 años (10)

santa cruz

Este diario va tomando forma y color. Inesperadamente para mí, me llegan varios comentarios entusiastas de amigos, conocidos y alumnos que leen estas líneas, pensadas y destinadas en un momento para quedar en la intimidad, y sin embargo ahora mismo compartida con todos aquellos que me quieren (y quienes no me quieren también, está más que claro, porque hay que desconfiar, diría Nietzsche, de quien carece de enemigos, y por supuesto que yo algunos tengo).

Lo que me pregunto es si el hecho de saberme leído me modifica, me perturba, me inquieta, me genera algún tipo de responsabilidad o si ocurre justamente lo opuesto: no me interesa en lo más mínimo. Creo que no ocurre ni una cosa ni la otra. Me alegra ser leído, me alegra saber que estas palabras no caen en el vacío virtual (y al mismo tiempo sé que es así, porque todo lo que escribimos, lo que pensamos, lo que sentimos, incluso aquello que más amamos, está destinado a desaparecer, porque la idea misma de trascendencia constituye una gran falacia). Pero no tengo que olvidarme que comencé con este registro diario porque quiero recuperar ciertos aspectos de mi vida que creía enterrados, totalmente tapados y ocultos para siempre en vaya a saber qué rincón podrido de mi mente. Y que entonces las obligaciones que tengo son sólo para conmigo mismo. Y que todo lo que hago acá, no es nada más ni nada menos que jugar. Sólo eso.

Pero ya ven que el hecho de ser leído me atrapa hasta tal punto que termino escribiendo esta introducción de mierda. Perdón por eso, y como diría un personaje de una de mis obras (“Cuatro versiones del hecho”), les pido por favor que no me abandonen. Nunca me abandonen. No dejen de mirarme ni de leerme. A veces soy tan pusilánime que me doy asco…

En fin, aquí tenemos la respuesta: el objeto siempre es modificado por el sujeto. Entiendan eso de una buena vez, malditos positivistas y lárguense de aquí, que de verdad no los quiero por estos pagos.

Agosto, septiembre u octubre de 1992. Instituto Santa Cruz. Ése y no otro es el marco espacio/temporal en el que suceden los hechos que hoy voy a relatar. Estoy a punto de terminar quinto año. Un momento bisagra en la vida de una persona, de cualquier persona. Por supuesto que no sabía qué hacer de mi vida en aquel momento (si todavía no lo sé ahora, imagínense en aquel entonces). Por supuesto que odiaba todo lo establecido. Por supuesto que me creía genial, único, maravilloso, incomparable, inteligentísimo. Por supuesto que estaba lleno de vida y de energía. Por supuesto que creía que todo se podía (se puede) cambiar. Aún hoy lo creo (por eso este tiempo presente entre paréntesis). Y por supuesto que creía, especialmente, que todos los adultos eran unos idiotas redomados. Especialmente si esos adultos eran mis profesores.

La materia era Doctrina Social de la Iglesia. Sí, así como lo leyeron. Teníamos que soportar una materia horrible que se llamaba de esa forma. El profesor era un viejo choto oscurantista, socarrón, cínico, perverso, facho a morir, que estaba de vuelta de todo, pero que aún creía en toda esa farsa del dogma católico. Era la última hora de clase (es decir que todos nos queríamos ir a la mierda), de uno de nuestros últimos meses en esa cárcel llamada escuela secundaria, y este individuo desagradable estaba tomando lección oral aquella mañana. El tema era las nociones de familia, matrimonio, sexualidad, etc., acorde, demás está decirlo, a la visión de esa institución retrógrada (creo que igual estas dos palabras son sinónimos) que es la Iglesia Católica Apostólica Romana. Y estoy siendo leve, como ya muchos de ustedes lo saben.

Veo que esta entrada del diario no tolera ni positivistas ni católicos. Ustedes sabrán qué hacer…

La cuestión es que desgraciadamente yo soy llamado al frente, para rendir la lección. Me levanto de mi asiento, camino con gran resistencia y maldiciendo mi suerte. El resto fue un show, una farsa, una comedia burda y grotesca. Como en aquella época estaba en la modalidad de alumno aplicado (pero esa era también otra farsa, porque estudiaba lo más que podía para paradójicamente, irme lo más pronto posible de ese colegio decadente), mi exposición no dejó lugar a dudas: me saqué un diez. Sin embargo toda la lección estuvo salpicada por la batalla dialéctica y la confrontación que tenía por aćerrimos e irreconciliables contrincantes al profesor oscurantista y a mi persona. Recité como un loro lo que él quería, es decir, las estupideces que la “Sagrada Iglesia” pensaba sobre la familia, el matrimonio, la sexualidad, la procreación, la vida, el aborto, etc. Escupí toda esa caterva insoportable y luego agregué que yo no pensaba así para nada. Que para mí era todo lo contrario de lo que nos ordenaba pensar (gran contradicción esta última, orden y pensamiento jamás pueden ir de la mano) esa repugnante institución, que si la iglesia iba para la derecha, yo iba para la izquierda, etc.

Al escuchar esto, el desagradable y fascista profesor se indignó como nunca, le salía espuma por la boca. Me acusó de blasfemo, de falso cristiano y de no sé cuántas idioteces más. Todo lo decía con odio pero con glamour, como con un dejo de ironía, como si estuviera disfrutando el momento, la confrontación, el roce. Yo simplemente lo odiaba y al mismo tiempo me importaba un carajo lo que me dijera. Sabía que tenía que aprobarme. No le quedaba opción. A regañadientes, no sin antes cagarme a pedos, me puso un diez, como escribí líneas arriba. Mis compañeros me aplaudieron. Me fui a sentar en cámara lenta, como en una película, gozando el momento. Me sentí muy bien, espléndido. Fue una de las pocas victorias que tuve a lo largo de mis penosos años en la escuela secundaria. Fue breve aquel momento, aquella gloria, pasajera como todas, pero todavía en algún rincón de mi ser la sigo disfrutando. Puedo saborearla, sentir su olor a caramelo, su dulce gusto.

Muchos años antes, más precisamente en 1977, en la iglesia perteneciente a esa misma congregación, es decir la Iglesia de la Santa Cruz, el asesino de Astiz había secuestrado a dos monjas francesas. Pero esa es otra (siniestra) historia. Una que ya conocíamos muy bien, aunque de eso no se hablara en la congregación de los padres pasionistas en octubre de 1992.

A unos pocos, escasos meses de que mi vida cambiara para siempre.

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