Diario de los casi 40 años (12)

sociales

Todo empezó en diciembre de 2007, en un congreso de comunicación que se desarrollaba en la Universidad Nacional de General Sarmiento, en Los Polvorines (aunque no podía saberlo en ese momento, al año siguiente yo comenzaría a trabajar allí, en una experiencia que resultó totalmente fallida y frustrante, y es que muchas veces trabajo y decepción van de la mano). Ahí conocí a dos colegas, dos compañeras de la carrera de la UBA, Emilia y Angélica, quienes me abrieron, sin saberlo, un Mundo de proporciones desconocidas, salvajes y demenciales, al invitarme a participar en un grupo de investigación del que ellas eran integrantes.

Así fue que al año siguiente me integré a este grupo (del cual hoy muchos después sigo formando insólitamente parte), coordinado por un afamado, lúcido y delirante profesor de la carrera de Comunicación de la UBA, quien en ese momento estaba finalizando su doctorado sobre literatura, memoria y dictadura, justamente las mismas problemáticas que a mí me interesaban, porque me encontraba trabajando sobre teatro y dictadura (aún hoy lo sigo haciendo, todavía en este mismo momento en que escribo adeudo la entrega de mi maldita tesis de doctorado, aunque ya hace unos años que soy “Magíster” -qué mierda es ese título pomposo, me pregunto de vez en cuando- porque entregué y defendí una tesis previa que trataba sobre el mismo aburridísimo tema).

Fue en este espacio, en este grupo, (que pasó por tantas vicisitudes, altibajos, carencias, plenitudes, reflexiones a veces brillantes, rayando lo glorioso, que me daban ganas de largarlo todo e irme al carajo, porque lo que se llegó a pensar, quiero decir REALMENTE PENSAR, por momentos en este grupo hizo que me cuestionara hasta en lo más íntimo, en lo pequeño, en lo vulgar, en lo cotidiano, que todo lo que considerara importante careciera de sentido, y que el arte se convirtiera finalmente para mí en la pedorra pero mucho más significativa cadena de heladerías HELARTE), en el que aprendí realmente a investigar. Si es que en verdad he aprendido algo. Si es que todavía, mientras escribo e intento pensar a la vez, existe algo que se llama investigar.

Merleau Ponty, Benjamin, Saer, Groys (del cual me hice fanático recalcitrante, una especie de barra brava), Buck Morss, y tantos otros que ahora no recuerdo, signaron muchos de nuestros encuentros. Fueron la excusa para pensar, para intentar encontrarnos con algo parecido al pensamiento, a la mirada, a la reflexión, en estos tiempos tan extraños, tan inasibles y cambiantes.

Desde el 2008 hasta ahora casi todo ha cambiado: los lugares de encuentro, los integrantes del grupo, las horas a las que nos reunimos, los temas, las problemáticas, los hijos que muchos de estos (ex y actuales) miembros del grupo han tenido, etc. Sin embargo, algo permanece intacto, idéntico, casi diría inmodificable (aunque sé que esto es mentira, porque bien sabemos que nunca nos bañamos dos veces en el mismo río y que entonces el devenir -vaya paradoja- es lo único con lo que podemos contar, lo verdaderamente estable): el delirante, (ya más viejo, ya largamente cuarentón) profesor, ahora ya “Doctor en Ciencias Sociales” (pero qué mierda significa eso, insisto), que preside el grupo. Él y su voluntad, su inquietud por pensarse y pensar esta época permanece, ya sea desde la memoria, el fraude o el porno. Él de alguna manera es el faro que nos sigue abriendo caminos, que nos obliga a seguir pensando.

Porque vos bien sabés, Daniel, que puedo estar muy distanciado de vos en muchas cosas, que podemos pensar y sentir muy diferentemente la vida (a veces tensionando nuestras diferencias hasta el extremo mismo de lo insoportable), pero también tenés que saber que siempre, siempre, voy a estarte agradecido por ayudarme a (re)pensarme todo el tiempo, aún cuando no te des cuenta de que lo estás haciendo. De que lográs eso en mí. Y en este sentido (si es que algo así existe, porque la verdad que yo no creo mucho en esto) puedo decirte que has sido un verdadero maestro para mí.

Y ustedes, los otros lectores (si es que queda alguno a esta altura, alguno además de él, que debe sentirse tremendamente satisfecho en su ego), pensarán que soy un tremendo chupamedias. Que si escribo esto es porque busco o necesito algo de este individuo. Y seguramente creen que tendrán razón (la tienen en algún punto, porque siempre consciente o inconscientemente, queremos algo del otro). Pero también se equivocan. Si escribo estas líneas es porque este diario me pone en jaque, me obliga a pensar qué es/ha sido/será realmente significativo en mi vida. Por eso escribo este diario, para descubrirme, para intentar saber quién, quién fui, quién seré. En suma, una empresa imposible.

Demás está decir que el grupo no ha logrado jamás (ni creo que lo alcance nunca, aún mucho tiempo después de que yo me vaya), algo “productivo” en términos académicos. Me refiero a libros, congresos, ponencias, mesas, conferencias, etc. Es que la academia puede ser (y de hecho lo es) uno de los lugares más estúpidos del mundo. Uno de los tantos lugares de muerte que elegimos habitar todos los días, para reproducir el orden establecido. Pero puede ser también, como ya he escrito, un lugar de encuentro con uno mismo y con otros como uno, semejantes o parecidos. Encontrados o perdidos como yo. Como estoy yo ahora. Como espero estarlo siempre.

Vanina, Ariel, Mariela, Mauro, Ana, Paula, Cecilia, Lucas, Sabrina, Ángel, Angélica, Emilia, son solamente nombres para el resto. Para mí en cambio son personas, (algunas muy queridas, con muchos de ellos mantengo una importante relación de amistad), miembros de este grupo que me ha ayudado a interrogarme. Y en ese sentido, son auténticos compañeros.

Mi salida del grupo es inminente. Soy de creer y de saber que los ciclos se cumplen. Y el mío, por distintas razones, ya casi casi casi que está cumplido.

Quedan muchas cosas, sin embargo, quedan aquellas jornadas nocturnas en el San Bernardo, jugando al ping pong y bebiendo hasta muy tarde. Quedan tantos encuentros y comidas compartidas, queda mucha riqueza en común vivida, queda esta entrada/capítulo a modo de despedida. Sí, estoy diciendo adiós a la Historia (y a la memoria, y al teatro, y al arte, y al pasado reciente), queridos amigos.

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