Diario de los casi 40 años (13)

chupete

Hay una imagen casi fundacional de mi vida. Una imagen que contiene en sí misma la desmesura y la locura de mi temperamento, de mi carácter y mi condición. O dicho de otra manera, mucho menos elegante: es una imagen (ya casi mítica) perteneciente a mi más tierna infancia, una anécdota que marca que desde el comienzo he sido, soy y seré un loco de mierda.

Tengo tres años. Contra todos los pronósticos y las recomendaciones pediátricas, sigo usando chupete. Nadie me lo saca. Nadie puede arrebatármelo de la boca. Es imposible e impensable. Mi chupete y yo tenemos una relación única, un idilio de esos que aparecen muy de vez en cuando. Tal es la índole de nuestra relación. Un vínculo intensamente amoroso (como pocas veces o casi nunca he llegado a tener en mi vida de adulto, aunque por supuesto que eso en aquel momento era imposible de saber), apasionado, al borde de la más insana obsesión.

Este es el lugar en el que el lector que me conoce personalmente podrá decir: claro, ahora entiendo todo. Ahora entiendo por qué sos como sos. Esto explica muchas cosas de vos. Tu estancamiento en la etapa oral de la vida (Freud dixit), tus fijaciones, tus terquedades, tus barbaridades, tus habilidades, tus vulnerabilidades, y así hasta el infinito. Porque es cierto (si es que hay algo que todavía sea cierto, no lo creo, lo dudo sinceramente, con todo mi cuerpo, pero quién sabe, quizás lo haya), que me he quedado detenido en la oralidad (y no paradójicamente en la escritura, y ya pienso inmediatamente en Walter Ong), anclado quizás para siempre allí, fijado en las modulaciones de la palabra hablada (la misma que es evanescente por definición, que está hecha para desaparecer, que se quema como fuego en el mismo momento en el que se pronuncia), la forma de la boca, la saliva, la textura y el color de los labios, y tantas otras cosas más que pertenecen al universo de lo oral, y que por pudor no pienso contar (porque ya hemos acordado, en entregas pasadas, que todo no se puede contar, que existe un afuera enorme, gigante como la selva negra alemana, que permanecerá por siempre en la oscuridad, incluso para mí mismo).

El retorno a la imagen fundacional es inminente, se impone sin más dilaciones. Estoy en la pieza del fondo de la casa de mis padres (la misma que oculta tantos secretos inconfesables, tanto pasado inenarrable), sentado en una silla, con mi clásico enterito de color azul oscuro, con mi legendario chupete celeste en la boca (como todos los días de mi por aquel entonces joven vida), viendo en un hoy anacrónico televisor Zenith Blanc y negro, “LA SALUD DE NUESTROS HIJOS”, el programa de ese pediatra hijo de mil puta desgraciado, el Doctor Mario Socolinsky.

Por supuesto que, como ya escribí, esta escena pertenece a la mística de mi familia, es la situación que le dejó en claro a mi madre lo que podía esperar de mí (muy poco, casi diría nada, solo un futuro cargado de disgustos, peleas, discusiones y entuertos varios). Es una escena que, por lo tanto, me ha sido narrada infinidad de veces. Y lo que alcanzo a recordar por mí mismo, o es poco, o es directamente inexistente. Pero qué importa eso ya. Bien sabemos, como hablamos en entregas anteriores, que la memoria es, como la vida, una gran farsante.

La cuestión es que este doctorcito de cuarta, dijo muy suelto de cuerpo en aquella emisión de su programa, que los nenes tenían que dejarse de joder las pelotas y que debían largar el chupete lo más pronto posible, según lo que prescribía la sagrada ciencia médica. Que por supuesto era una barbaridad que un pendejo usara ese adminículo del diablo más allá de un año, unos meses, (no tengo idea ahora a qué edad se supone que uno debe largar el chupete), pero estaba más que claro que un mocoso de tres años como yo, ya estaba totalmente pasado de edad para seguir metiéndose porquerías como esa en la boca, a riesgo de adquirir gravísimos perjuicios futuros para su salud.

Mi reacción fue instantánea, inmediata. Como si aquel mensaje estuviera telepáticamente dirigido a mí, me saqué mi amado chupete de la boca, lo tiré al piso con toda la furia de cachorro de la que era capaz a esa edad, me levanté de la silla, puteé al doctor con todas mis fuerzas y me fui ofendido.

Nunca más, desde aquel instante, volví a usar chupete. Ni siquiera le dirigí una última mirada de afecto. Nuestra relación se terminó en el acto. Y todo esto, ante la azorada e incrédula mirada de mi madre.

Aquel fue entonces el final de un vínculo y el comienzo de muchos otros.

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