Diario de los casi 40 años (15)

caen pajaros

Agosto de 1998, Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, sede Ramos Mejía, a metros nomás de Parque Centenario. Tenía en ese momento unos juveniles 23 años. No voy a hablar ahora aquí de crisis, porque ya sabemos todos (quienes me leen, quienes no e incluso las generaciones pasadas, las más antiguas de todas, las actuales y las por venir), que me encontraba atravesando una de las tantas que tendría en mi vida. Andaba en fin como vaca sin cencerro. Y en ese devenir errático (pero qué otro devenir puede ser posible, salvo un errar constante, casi sin retorno ni redención posible) me encontré con la dramaturgia.

En aquel lejano segundo cuatrimestre de 1998, en el que apenas si habré cursado unas pobrísimas materias de una carrera que ya no me convencía para nada, me topé casi de casualidad con el Taller de escritura dramática que daba Marcelo Bertuccio en esa benemérita ALTA CASA DE ESTUDIOS (así, todo escrito con mayúsculas y bien pomposo, como se supone debe ser la Vida Universitaria).

Me encontraba en esa época fascinado por el teatro de Buenos Aires de los noventa. Un teatro mítico, de experimentación, de corrimiento, de Máquina Hamlet y Raspando la cruz, de La Pista 4 al Periférico de Objetos, de Herida a Cachetazo de campo y Remanente de invierno. Y esto sólo a modo de ejemplo de una lista que podría ser interminable.

Sabía que era eso lo que quería hacer (en aquel momento por supuesto, ahora ya no tengo ni idea, o mejor dicho, quiero tantas cosas a la vez que ya han pasado a entremezclarse hasta devenir innominadas, y esa termina por ser ahora mi única certeza: quiero lo que aún no tiene nombre para mí). Sabía que me interesaba ese teatro que en algunos casos no iba a ver nadie.

Fue allí, en ese curso tempranero, (que se dictaba a las primeras horas de la tarde de una primavera incipiente, que luego se convirtió en un casi tórrido verano) que empecé a hacer mis primeras armas en la escritura. Recuerdo que éramos muy pocos, apenas unos cinco o seis participantes. Recuerdo incluso que fui compañero de una chica muy joven, Pilar, que hoy se ha convertido en una talentosa y reconocida actriz, pero que en aquel momento era aún una pendeja muy precoz y desfachatada, de apenas 18 años.

Recuerdo también los títulos de mis primeras obras (herméticas, cerradas, asfixiantes, imposibles de traducir, pensar, sentir en la escena, verdaderas purgas pasionales que expulsaba de mi más recóndito dolor), aquellas que tenían casi siempre nombres interminables, como acostumbraba a hacerse en el teatro de los noventa: “Juegos e intervalos espiralados en una habitación solemne” (1998), “Hechos que acarrearon el final de las compasiones respectivas (la de EL y la de ELLA)” (1999), “Sólo un soplo” (1999), “Mujer de bata amarilla abraza retrato de Niño de camiseta sucia inmersa en el colchón de una cama oxidada” (1999), “Hasta que nos veamos en la próxima fiesta” (1999), “Cicatrices (de manos, de bocas, de gestos, de palabras, de obras)” (2000),“Un hombre y una mujer (sus pies, sus vecinos, el señor gordo y el público)” (2000), etc.

Recuerdo muy especialmente, y con gran amor: “Instantes en la noche fría” y “Caen pájaros literalmente del cielo”, dos de las obras de aquella (ya muy) lejana época, que años después serían montadas en Barcelona (El que quiera ver un fragmento de todo aquello siempre puede dirigirse a: https://www.youtube.com/watch?v=isMLJ3fNw8M y también a: https://www.youtube.com/watch?v=93yGHKIVO6s).

Este es claramente otro de los momentos fundacionales de mi vida, cuando estalló la chispa, cuando empezó el incendio, cuando todo (pero todo o casi todo, que en definitiva vendría a ser lo mismo), comenzó a cambiar irreversiblemente para mí. Es cierto que ya desde antes la escritura había arribado a mi vida (en la primera mitad de ese mismo años había dirigido y actuado en el Teatro de la Fábula una obra de mi autoría, “La Pelea”, sobre un boxeador y su entrenador, ambos putos). Pero también es cierto que aquellos talleres de Marcelo Bertuccio me abrieron las puertas a otros universos posibles, me permitieron respaldar lo que ya sabía que tenía, que portaba, que expresaba, que sentía. Aquellos talleres me permitieron ser, devenir escritor (si es que eso es posible, me parece raro pensar en la escritura en estos términos, uno simplemente escribe, como actúa, como come, como duerme, como caga, pero no ES escritor).

En los años subsiguientes, seguirían los talleres con Bertuccio, ahora junto a una gran amiga de la facultad, Solana. Talleres que ya no eran solo de escritura dramática, sino de análisis de las obras de Lorca, Brecht, Müller, Sófocles (con versión de Antígona incluida y todo), etc. El tiempo, y el desgaste de un ciclo que no supe terminar cuando correspondía, hizo que las cosas no terminaran de la mejor manera. Pero esa es otra historia, una insignificante, mezquina y sin sentido.

Prefiero recordar el deslumbramiento que me produjo escribir mi primera indagación sensorial, mi primer obra, mi primer diálogo teatral. Prefiero recordar aquellas tardes a la salida de la facultad, luego del taller, cuando creía que todo, todo podía ser posible, (desde la palabra, claro está, no vayan a pensar ustedes que la revolución social, personal, patriarcal, existencial, familiar, sexual, es posible y quizás mañana ya no vayamos a trabajar ni a reproducir esta estúpida y gratuita sociedad).

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