Diario de los casi 40 años (16)

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Febrero de 2010, hace exactamente casi unos cinco años atrás. En el que fue quizás el momento de mayor exposición en mi vida, a los 35 años (en aquel lejano febrero tenía en realidad 34, pero no sabía lo que me aguardaba, no podía prever que me iba a encontrar apareciendo dos veces en el suplemento de cultura y espectáculos del por entonces ya devaluado “gran diario argentino”, y si no me creen, vean: http://www.clarin.com/deportes/Maximiliano-Puente_0_310169153.html y también http://www.revistaenie.clarin.com/escenarios/teatro/Generacion-sub_0_372562947.html).

La situación era de ensayo. Como casi todo en mi vida: ensayo y error, pruebas y más pruebas, golpearse contra la pared, empezar de nuevo, o agujerear la pared de puro bruto, terco y cabeza dura que soy (no olvidarse mi ya legendaria y desgraciada condición taurina).

Ensayaba “Todos quieren lágrimas” (mi última obra “real” y “seria” como autor y director, lo que vendría después serían y son experimentos magníficos, despiadados y crueles, conmigo mismo y con el público, a quien siempre tomo como conejillo de indias de mis deseos, temores y expectativas), con Carregal, Ciampagna y mi ex amigo Saslavsky. La lluvia arreciaba, ya era de noche, muy tarde. Nosotros ni enterados estábamos del caos que se había desatado afuera (así es el arte cuando uno lo ejercita con verdadera devoción y pasión, deglute y devora todo lo conocido y aquello que todavía no tiene nombre, y yo era en esa época un sacerdote del arte, creía que nuestra obra era una pieza de colección inmejorable, valiosa y única), que era desmesurado y que traería consecuencias funestas.

Cuando ya las goteras de la sala del fondo de Escalada (el teatro en donde un mes más tarde estrenaríamos, ubicado a pocos metros de Juan B. Justo y Warnes, quién iba a imaginar que apenas un año y monedas después me iría a vivir cerca de aquella zona) eran indisimulables, interrumpimos el ensayo. Saslavsky fue el primero en abrir la puerta de calle y en no dar crédito a lo que veían sus ojos: Remedios de Escalada de San Martín era un río bravío y furioso, que amenazaba con arrastrar todo y a todos. Un sofá, una mesita ratona y una lámpara comenzaron a flotar, en el pequeño patio de la sala. Hacía rato que la luz se había cortado (eso fue de hecho lo que nos disuadió de seguir ensayando, porque si hubiera sido por mí, cual director tirano, los habría dejado ahí, toda la noche, en esa sala mugrosa, a estos actores, pasando una y otra vez las escenas de por vida, así es el oficio del director: siempre, siempre, siempre se puede exigir más, entregar más, dar más).

Teníamos que resignarnos frente a semejante panorama, a vernos obligados a pasar toda la noche en aquella oscura sala de Paternal. Nos fuimos a una de las piezas, llamamos al dueño de la sala, Ciampagna agarró una guitarra y se puso a tocar. Al rato se quedó asombrosamente dormido, pese a que era su desvencijado Renault 9 el que estaba en la puerta, el mismo que quizás no arrancara nunca más o que podía ser llevado a quién sabe dónde por la corriente. Siempre me fascinó y al mismo tiempo me repugnó la indecible tranquilidad de Ciampagna, esa actitud de “todo me resbala”, “acá no pasa nada”, “frente al destino nadie la talla”, etc. En vez de desesperarse, en vez de clamar al cielo, en vez de maldecir y de putear a trocha y mocha, en vez de desgarrarse las vestiduras y maldecir a todo el que se cruzara en su camino, (como si estuviéramos en el Antiguo Testamento y él fuera una especie de Job a quien Jehová hubiera despojado de todas sus riquezas y posesiones, que en este caso sólo sería aquel repugnante y escuálido Renault 9), como yo hubiera hecho, ahí estaba Ciampagna lo más campante, resignado, y más que resignado, feliz de la vida frente a la perspectiva de tener que quedarse a dormir en ese antro.

Finalmente y contra todos los pronósticos, la lluvia cesó antes de tiempo. Cuando ya estábamos resignados (y la vida es muchas veces así, cuando uno ya no espera nada de ella, se encarga de entregarte al menos algo la muy turra, no vaya a ser que te desilusiones del todo, se te ocurra romper todas las puertas, las ventanas, las paredes y los pisos de esta casa enclenque de cuarta en la que todos pasamos muy alegremente nuestros días), pudimos salir de ahí. El Renault 9 de Ciampagna arrancó sin problemas (un verdadero milagro realmente, se ve que rinde sus frutos ser un justo servidor de dios padre) y todos pudimos regresar a nuestros hogares sanos y salvos.

Lo que no sabíamos, lo que en ese momento no se nos podía ni siquiera cruzar por la cabeza, es que “Todos quieren lágrimas” estaría, tal como su nombre lo indica, signada por el agua. Casi cada maldito domingo, desde que estrenamos hasta que bajamos, llovía a mares y el público, claro, comenzó de a poco (o mejor dicho desde el principio) a menguar y al final a prácticamente desaparecer totalmente.

Para el anecdotario, y a modo de ejemplo, quedará la vez en que el sobrino de 6 años de Saslavsky, exclamó a viva voz, apenas comenzada una de nuestras “multitudinarias” funciones: Qué poca gente viene a ver esto.

Un fracaso, un rotundo y verdadero fracaso, y no una poética del fracaso (como diría Beckett, eso suena mucho más cool y lindo), sino un fiasco total, absoluto y completo. Y habría muchos otros más en mi vida, como espero poder expresar en futuras entregas de este diario.

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