Diario de los casi 40 años (17)

MuseoNiñosDebiles

Marzo de 1980. La imagen se desarrolla en uno de los pasillos del Instituto de la Santa Cruz, cárcel en la cual yo iba a pasar los siguientes doce años de mi vida. En ese momento tenía solamente unos cuatro años, apenas en unos meses más cumpliría los cinco. Hay un foto (porque hubo una foto, y eso me hace pensar que no entiendo para nada el sadismo de los padres que encuentran fotografiable una situación que para mí fue un espanto, un momento traumático que hasta el día de hoy recuerdo con una suerte de dolor lejano pero palpable), en donde se ve mi expresión pre o post llorosa, porque intuía (aunque no podía saberlo del todo) el amargo trance que me esperaba.

Era mi ingreso a preescolar. Mi ingreso al fatídico y repugnante mundo de la educación que ya no me abandonaría jamás (se puede pensar que incluso ahora mismo no me ha abandonado, ya que soy simultáneamente profesor y estudiante de posgrado, es decir que atiendo los dos lados del mostrador). Como no podía ser de otra manera (les pido que desconfíen de quienes se insertan en este sistema putrefacto de manera agradable y sin dolor, esta gente, o deviene en funcionario político o en asesino serial con el tiempo, lo cual es en el fondo lo mismo), el primer día de clases de mi vida fue terrible: me arrastré, lloré, grité, clamé al cielo maldiciendo mi suerte, en suma hice un escándalo terrible. Mi mamá apenas si podía consolarme.

En este punto, el lector malintencionado pensará que yo fui, soy y seré un gran maricón decadente. Y tendrá seguramente su cuota de razón (muchas pienso lo mismo de mí, sin contemplaciones ni dilaciones de ningún tipo, porque creo que uno debe ser a la vez juez y parte de sí mismo, su peor enemigo a la vez que su mejor aliado, simultáneamente su carcelero más fiero, inflexible y férreo y el absoluto libertario de sus pasiones y deseos), pero hay que pensar que yo era a esa tiernísima edad, un joven e ingenuo infante que no sabía una mierda de la vida (casi casi como ahora, sólo que mucho más viejo).

De aquel momento sólo recuerdo al menos un primer mes traumático, de “adaptación” lo llamarían ahora, sólo que en aquella época te tiraban a la jaula de los leones y arreglátelas querido. Y también peleas con los otros pendejos (ya que bien sabemos que estas hermosas criaturitas son criminales que nunca reprimen sus impulsos asesinos y que están prestos a saltar al cuello de quien perciben como más débil), con la maestra (de la que no recuerdo casi nada, ni su nombre, ni su cara, ni su tono de voz, nada, una memoria que se perdió para siempre en el tiempo), y por supuesto con las autoridades, porque siempre fui, soy y seré un individuo que le tiene una repulsión innata a las jerarquías en lo más profundo de su alma (si es que le damos la razón a los teólogos y acordamos que tal cosa existe).

Para el final, una mención al “Museo de los niños débiles” (https://www.facebook.com/Museo.N.Debiles?fref=nf), la performance que realicé el año pasado con Alejandra Almirón. Siempre voy a recordar lo que ocurrió en el Matienzo, en la segunda función, cuando de pronto, interactuando con la pantalla que proyectaba imágenes de todo tipo, calaña y color, me encuentro conmigo mismo, mejor dicho con mi imagen, en aquel primer día de clases de preescolar: yo, con el uniforme gris del colegio, el pelo con flequillo y la mirada perdida, triste, lejana, mirando a cámara, hacia el futuro, mirándome a mí mismo mientras actuaba en el Museo, como si supiera todo lo que iba a venir, como si le hablara sólo con la mirada a aquel que fui el año pasado, el performer del museo. Recuerdo que mientras contemplaba esa imagen, alcancé a decir en plena función, aún conmovido: pobrecito, todavía no sabe todo lo que le espera hasta llegar hasta acá.

Y sí, todavía no sé todo lo que me espera (pero quién quiere saberlo, sería en el fondo aburridísimo), una vez que este diario se termine, dentro de unos pocos meses. Una vez que alcance los ya tan míticos y mentados cuarenta años.

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