Diario de los casi 40 años (18)

Groucho Marx

Estamos en la segunda mitad de 1993, en agosto. A mis 18 años y pocos meses, en plena época de cambios, bifurcaciones y búsquedas de todo tipo, tamaño, aspecto y color. Mientras cursaba el Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires para entrar a “Relaciones del trabajo”, una carrera que abandonaría exactamente un año después, en el segundo cuatrimestre del primer año, (si existe algo que todavía me caracteriza, aunque odio referirme a mí mismo en estos términos, es el apego a las cuestiones más mundanas, terrenales, expeditivas y pragmáticas, por un lado, y simultáneamente el “descontrol”, la “locura”, la digresión, la pasión por las actividades consideradas “inútiles”, el desapego de lo material, la filosofía, el arte, la política, el disenso y la impugnación contra la policía, diría mi amigo Rancière, pero está más que claro que esta última inclinación prepondera en muchos momentos de mi vida y que mi adhesión a esa indigna carrera no iba a tener mucho sentido), mi papá sufría su primer ataque cardíaco.

Apenas un año antes se había jubilado, una situación que debió afrontar obligatoriamente frente al cierre definitivo, por parte del repugnante gobierno ultraneoliberal de Carlos Menem, de “Agua y Energía Eléctrica”, la empresa del estado en la que había trabajado durante casi toda su vida. Para mi papá el trabajo lo era todo: su existencia vital transcurría en esas oficinas ubicadas en el centro, sus amigos, sus amantes, incluso sus enemigos más acérrimos se encontraban en ese ámbito. Era eso y el Centro de Residentes Riojanos en Buenos Aires, del que fue presidente por esa misma época. Por ese mismo motivo, su jubilación implicó de alguna manera predecible, el fin de su vida. Al menos de la vida tal como él la conocía hasta ese momento. Sé que en cierto sentido, nunca pudo recuperarse, pese a haber transcurrido ya tantos años desde aquel momento. Por eso el infarto que tuvo al año siguiente de su jubilación no fue ninguna sorpresa, sino algo esperable.

Vivimos cumpliendo a veces nuestros destinos, yéndonos a chocar irremisiblemente contra la inmensa pared que tenemos por delante, sin poder hacer nada para impedirlo. Como si estuviéramos habitados por fuerzas, tensiones, corrientes que fluyen dentro nuestro y que nos impulsan a desarrollar lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Frente a eso, el deseo como desvío, cómo fuga, como fuerza afirmativa y pura voluntad deseante, diría Marcelo Percia, mucho mejor que yo.

Mi papá es, pienso, en algún sentido un sobreviviente: ha sobrevivido a dos operaciones de cáncer, a un infarto y a dos operaciones de corazón. Mi papá ha muerto tantas veces que ya no puedo llevar la cuenta. La perdí. No lo recuerdo.

Lo que sí recuerdo es mi juvenil apasionamiento por el marxismo que descubrí, de manera febril y radicalizada, en la materia Sociología, que por esa época cursaba en Filosofía y Letras, en el marco del mencionado CBC. Especialmente recuerdo una clase, cuando el profesor le dijo a un alumno, de esos pragmáticos que nunca faltan, que se quejaba por tanta perspectiva económica “zurda”: toda tu vida es de derecha, nuestras vidas viven atravesadas por la mirada capitalista, por eso es interesante que acá vean otra cosa, otras posibilidades, otros mundos.

Con el tiempo iría alejándome del marxismo, ortodoxo y no tanto, para preferir al Marx que ahora más me gusta, mi favorito, el que me encanta, al que adoro, con el que me siento más afín, con quien comparto una perspectiva de vida: Groucho.

Un año después, mientras cursaba Filosofía en Uriburu (cuando todavía no sabía qué carrera seguir, y en realidad creo que nunca lo supe, sólo fue casi un accidente que se me ocurriera terminar una), y todos estaban mirando el mundial de Estados Unidos 94 (recuerdo especialmente ir a cursar el día en que las calles estaban vacías, cuando las avenidas eran todas para mí, mientras Argentina le ganaba 4 a 0 a Grecia y Maradona gritaba su último gol en la selección ante la cámara), descubriría a Nietzsche, me devoraría toda su obra, y me iría a leer en la cama todas las noches de ese crudo invierno del noventa y cuatro, un capítulo de “Así hablaba Zarathustra”, mi nueva biblia.

Pero esa sí que es otra historia, y aunque corresponda, no quiero contarla ahora.

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