Diario de los casi 40 años (20)

escuela

Entre noviembre de 2013 y julio de 2014, trabajé como “Facilitador Pedagógico Digital” en una escuela primaria del Distrito Escolar 9, ubicada en el barrio porteño de Villa Crespo. Estos serían los datos duros, los mismos que van incluidos en el currículum, justo los que nada dicen en cuanto a la calidad, la textura y la densidad de la experiencia vivida. Exactamente lo opuesto de lo que intentaré hacer aquí: reponer algo de aquello, de la inconmensurabilidad y la locura que significaba trabajar en esa escuela.

En primer lugar (sólo porque siempre hay que empezar por algún lado, que para eso y para poco más sirve el discurso, para ordenar, clasificar y tipificar, pero también para romper de una buena vez por todas con las estructuras establecidas, a ver si nos atrevemos a experimentar con el lenguaje y con algo más que el lenguaje, alguna vez en la vida), voy a empezar a hablar de Cristina, la directora de la escuela, un personaje increíble, un producto incomparable del sistema escolar argentino. Cristina tiene cincuenta y tantos años, es divorciada, tiene dos hijos adolescentes, habla hasta por los codos y es la dueña de la escuela, como todas las directoras. Hace y deshace a su gusto. Fue también quien ordenó la escuela, quien comenzó a cerrar las puertas en horario escolar, a evitar que los maestros se rajaran cuando se les diera la gana, para tomar un café o una birra en algún bar, para fumar un pucho o simplemente para rascarse los huevos, abandonando a los “nenes” a su suerte. Aunque hay que decir que las malas lenguas afirmaban que estos también se las piraban apenas podían. Es decir que la escuela, antes de Cristina era un aguantadero (y dejo los sarcásticos comentarios en relación a la política nacional que se le pueden ocurrir al lector en este momento, enteramente a su criterio. Cualquier parecido con la metáfora escuela/Argentina es mera coincidencia, o mero capricho del lector, que para eso todo texto, incluso este, es polisémico).

Cristina me citaba en su despacho para que supuestamente le intentara explicar cómo usar el Powerpoint y el Prezi (cosa que nunca se llevaba a cabo porque en el fondo y no tan en el fondo a ella le importaba un bledo todo esto), pero en realidad terminábamos hablando de su familia, de su vida, de su ex marido, (quien no había podido olvidarse de ella y la perseguía obsesivamente hasta el punto de haber secuestrado a su madre, sin que a ella se le moviera ni un solo pelo por esto), y de lo que el futuro tendría para ofrecerle, al menos según sus expectativas.

Luego estaban los maestros. Qué se puede decir sobre ellos, excepto que se deben dejar de lado todas las expectativas y los lugares comunes que el lector pueda tener al respecto. Nada de la “pluma y la palabra”, nada de dignidad, señoras y señores aquí. Nada de la excelencia, del ejemplo ni del amor por el educando. Nada de todo aquello. Sólo comentarles que la cosa oscilaba entre los vejestorios a punto de alcanzar la jubilación que no tenían ni siquiera la sensatez y el conocimiento básico para comprender cómo enviar un mail (para eso me molestaban a mí, para que les resolviera sus sucios asuntitos tecnológicos privados, pero en lo que se refiere a los pibes todo les importaba un rábano), y los maestros jóvenes que pensaban que todo era un fraude, una farsa y que esta sociedad, esta educación y este país ya no tienen retorno ni salvación alguna (por supuesto que de estos últimos yo me sentía mucho más cerca, compartíamos las mismas vivencias y podía de hecho reírme y sufrir con las mismas cosas).

Y sin embargo, ahora que lo cuento así, el lector de este diario esperpéntico pensará que nada de todo esto ha valido la pena, que la experiencia no me dejó nada para rescatar, en suma, que todo ha sido una reverenda mierda. Pero hay algo en mí que se resiste a pensarlo de esa manera. Es cierto que el programa de incorporación de tecnologías del Gobierno de la Ciudad para el que tuve que trabajar es poco menos que una bazofia, es cierto que la escuela pública, salvo honrosas excepciones, tiene un nivel que repugna (pero ya lo he dicho en otras oportunidades en este mismo diario, la escuela es en sí misma una cárcel, un infierno, un espanto, una fábrica productora de fantasmas y robots desempleados, desmotivados, desmoralizados, descerebrados y desahuciados, sea cual sea su condición, su clase, su calidad y su tamaño), es cierto que ya estamos tan hundidos en las más olorosa mierda que nada ni nadie podrá salvarnos, pero sin embargo, decía, hay algo en mí que desea resignificar y revalorizar esta experiencia, ya sea por la relación que logré establecer con algunos chicos y algunas maestras (porque siempre hay un oasis en medio del desierto, precisamente cuando uno menos se lo espera), por la deliciosa comida vegetariana que comía todos los mediodías en una rotisería china que quedaba a unas pocas cuadras, o simplemente por sentir que a veces lográbamos juntos y entre todos algunos pocos, mínimos, insignificantes y apenas destacables avances (pero avances al fin), en una comunidad educativa duramente castigada por tantos años de indiferencia, desdén, desidia e hijadeputez ejercida con toda tranquilidad, hipocresía y astucia por un gobierno y una sociedad que no hace nada para reparar una enorme brecha social, cultural y educativa que se hace más y más abismal minuto a minuto.

En suma, quiero decir que salí de esa escuela más fortalecido y que incluso me costó un poco dejarla, aunque ya apenas un mes después de haberme ido de allí no recordara nada de nada, como si todo aquello se hubiera finalmente desvanecido en el aire.

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