Diario de los casi 40 años (21)

obreros

Esta es otra de las escenas que contribuyen al mito de mi origen, (si es que alguna vez lo tuve), en mi más precoz infancia. Cuando apenas si estaba dando mis primeros pasos, en aquel lejano 1979, mi casa se encontraba en obra. Cualquier lector que haya vivido o esté viviendo algo similar, sabe que esto equivale al peor de los infiernos o a la pesadilla más temida, (y eso que existen varias horrorosas pesadillas en esta existencia, vale decir, que la propia vida en su totalidad, si uno se descuida, puede convertirse en un auténtico infierno cuando menos se lo espere, esto ya lo sabemos de sobra, ya lo han abordado en diversas obras muchos grandes y verdaderos autores, no como el patán que escribe estas líneas, al que le falta una enormidad todavía para encontrar un estilo propio, o que por lo menos debe aprender a dejarse de joder con estos larguísimos paréntesis que nada aportan, pero que él cree que constituyen una soberbia demostración de su resplandeciente “inteligencia”), y más aún para un nene de cuatro años, que deambulaba como un zombie por esa antigua casa en ruinas.

La leyenda familiar, (porque ya comenté en otras entradas que existen muchas de todo tipo y color, y las que se refieren a mí hacen hincapié especialmente en mi jodido carácter taurino de mierda, por el cual era capaz desde purrete de salirme con alguna guarangada sin respetar edad, tamaño, credo, color, posición política o social, ni jerarquía familiar alguna del interlocutor de turno), señala que fui yo quien, completamente harto de los escasos avances que existían en la obra tras largos meses de estar sometidos a escombros, polvos y exponentes de una clase obrera que seguro no irá al paraíso (mal que le pese a Elio Petri y al cine político mundial entero, por un lado porque está científica, psicológica, biológica, sociológica, astrológica y tarotísticamente comprobado que el tan mentado paraíso jamás existió, y además porque mi pequeño alter ego de 4 años que alguna vez fui, rápidamente se había percatado de que el “obrerismo” era una porquería, y que uno no se transforma en un ser revolucionario de la noche a la mañana simplemente porque pertenece a la clase trabajadora, como ridícula e ingenuamente creían nuestros amigos Marx, Lenin y Trotsky), me dirigí hacia donde se encontraba el capataz, y, enano como era, le espeté en la cara mientras se comía una banana que era un REVERENDO HIJO DE MIL PUTA y que le ordenaba que terminara con todo ese lío ya mismo. Frente a su gesto risueño, me fui ofuscado por donde había venido, con mi enterito azul, mi flequillo negrísimo y mi andar decidido, ante la siempre azorada mirada de mi madre, (pobrecita, en aquel momento todavía no podía saber que en los años de futura convivencia que tendríamos por delante, iba a dejarla en “offside” y/o mal parada cientos o miles de veces ante extraños, y que iba a tener que verse obligada a justificar lo injustificable).

Las refacciones en mi casa tardarían aún muchos meses más en llegar a término, pero lo cierto es que un temperamento férreo, perseverante, caprichoso, inestable y siempre al borde del mal humor si no lograba salirme con la mía, había irrumpido con fuerza, y no haría más que incrementarse en los siguientes treinta y cinco años.

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