Diario de los casi 40 años (22)

bon o bon

El recuerdo me lleva a junio de 1986, (la fecha exacta es imposible de describir, de pensar, ni siquiera puedo sentir algo tan lejano en el espacio/tiempo, a veces no sé si lo que escribo acá es realmente un recuerdo o apenas un invento, pero qué diferencia existe entre los dos es algo que nunca alcanzaré a entender del todo, seguramente porque tal diferencia no existe), cuando el campeón de la Copa Libertadores del año anterior, el extraordinario Argentinos Juniors iba a quedar injustamente eliminado por el campeón de esa edición, nada menos que River Plate.

Si mido el tiempo de esa manera es porque no recuerdo otra, porque uno de mis parámetros de referencia para hablar de lo que quiero hablar (que como siempre en este diario, y a esta altura el lector ya lo sabe, es otra cosa), era en aquel momento el fútbol, una actividad que vaya a saber por qué incomprensible razón (si es que la hay), me interesaba mucho. Seguramente porque era un pendejo aburrido, insolente y pretencioso. O porque simplemente me atrapaba ver correr a veintidós tipos detrás de una pelota, como diría lacónica y secamente Borges. O porque intentaba de esa manera acercarme a mi padre, tener algún punto de contacto y de encuentro con una personalidad tan distante como la suya.

Ese mes decretó el fin de mi infancia. A mis once años me terminé por hacer mayor. Fui viejo desde muy pequeño. Sí, aquel junio de 1986 marcó para mí la primera muerte de alguien muy querido, y por ende mi ingreso en el oscuro, siniestro y decadente mundo adulto, en el que la parca ejerce a diestra y siniestra su condición maléfica, y toda vida se revela entonces como una circunstancia efímera, cambiante y perecedera.

Esas coordenadas marcaron el fin de uno de los mitos de mi infancia: mi perra Popea, quien había nacido un año antes que yo, en 1974. Popea (una perra de la calle, marca “perro” como suelo decir, que tenía rastros de chihuahua en algún rincón oscuro de su genética, pero que no era para nada fea como esos horripilantes canes, sino que por el contrario era hermosa, con su color marrón claro y sus ojos color de avellanas), se había enfurecido muchísimo con mi nacimiento, según me han contado. Más que enfurecido, había celado mi llegada a este mundo con un entusiasmo feroz, pues había dejado de ser el centro de la atención, ya que ese mocoso ridículamente pequeño que era yo en 1975 había venido a su casa para destronarla del centro del universo.

Con el tiempo Popea y yo fuimos haciéndonos amigos, aunque para entablar tan entrañable relación de amistad debieron pasar antes muchos años de mutua indiferencia o directamente de guerra abierta y declarada, como cuando yo tenía cuatro, cinco y hasta seis años, y solía perseguirla desvergonzada y canallescamente con una escoba por toda la casa, generando así su furia y su justificado rencor hacia mí. (Por qué hacía todo aquello es algo que no lo sé ni entiendo aún, incluso mucho tiempo después de que ella hubiera muerto, me lo reprochaba internamente con gran consternación, qué demonios quería expurgar, por qué me la tomaba con la más débil en vez de dirigir mi odio hacia un mundo adulto desagradable, repugnante y carroñero, que era lo que debería hacer hecho, pero no, elegí actuar como un cobarde atacando a quien ningún daño me había ocasionado. Lamentablemente esta estúpida sociedad funciona de la misma manera y entonces debo entender que desde muy chico yo ya era “humano, demasiado humano”, parafraseando al gran filósofo “nazi” alemán).

Pero ya para aquel junio de 1986, Popea y yo éramos inseparables. Ella me tenía confianza y cariño hasta tal punto que en sus últimos días, yo solía tenerla en mis brazos (porque ya ni siquiera tenía fuerzas para pararse la pobre, hecha mierda como estaba del corazón y de vaya a saber cuántos órganos más, a veces muchos de nosotros llegamos a un final, y en eso nos tanto parecemos a nuestros perros, en que quizás se nos puede ver relativamente bien por fuera, pero por dentro nuestras vísceras están hechas pelota), y comía sólo si le daba algo de comer en la boca. Y al final final, lo único que aceptaba era un asqueroso Bon o Bon que sabíamos que le hacía daño, pero qué remedio, comprendí que sus horas estaban contadas y quería darle aunque sea una alegría a la pobre Popea (sí, es cierto lo que piensan, se llamaba igual que la mujer de Nerón, yo siempre dije que mis padres son unos personajes increíbles, es hora de que lo entiendan).

Lo único que conservo de ella hoy es una foto en blanco y negro: Popea parada en el patio de la casa de Boedo, mirando fijamente a cámara con sus ojos penetrantes, en el fondo se ven las innumerables plantas que siempre han vestido (y que continúan haciéndolo aún), a esa casa.

Hace tiempo que no pienso en ella. Con los años se ha ido borrando de mi cabeza (y es que todo lo sólido se desvanece en el aire, diría el Marx “malo”, o en el consultorio del dentista, cuando te operan del premolar y ya es imposible comer algo sólido de nuevo). En los años subsiguientes pasarían algunos (y muy queridos) perros más por mi vida, (sobre los cuales seguramente escribiré en futuras entradas), pero yo no habrá nadie más como ella que sea un año mayor que yo, mi compañera de juegos, de infancia, de peleas, mi querida amiga, mi cuidadora, mi centinela.

Mi mamá suele decir que la madrugada en que ella murió, se despidió de todos nosotros haciendo un esfuerzo supremo, levantándose y yendo cama por cama a saludarnos. Yo no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo es que esa mañana los ridículos de mis padres decidieron estúpidamente mandarme a la escuela.

Anuncios

Etiquetas: , , , , , , , , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s