Diario de los casi 40 años (23)

boca basquet

1996 y 1997 fueron dos años muy difíciles de soportar para mí. Habiendo perdido todo tipo de expectativas en las actividades que venía desarrollando en los años inmediatos, (me refiero a las dos que más tiempo me llevaban, la facultad y el teatro), me encontraba habitando un período oscuro de mi vida, carente totalmente de motivaciones y de ánimos esperanzadores en relación al futuro.


Lo que creía que me esperaba era la muerte, poco más o menos. Lo mejor, lo más interesante de mi vida ya había pasado. O peor aún, nunca había tenido lugar. Me iría de este mundo sin haber vivido siquiera alguna ocasión de felicidad plena y duradera.
Entre mis veintiuno y mis veintidós años estaba atravesando una crisis terrible. Todo me parecía una mierda. Todo era pasible de ser una mierda (ahora también me lo parece, como el lector ya lo sabe, sólo que es el sentido del humor el que me ha rescatado de mis peores momentos, el mismo que espero que siempre me rescate, pero en esa época, no sólo porque me vestía casi siempre enteramente de negro, no tenía sentido del humor alguno).
Cuántas crisis son las que viví hasta ahora, me pregunto a veces. Recuerdo pocas, muy pocas. Pero no justamente porque haya vivido pocas, sino más bien al contrario: mi vida es una sucesión de crisis permanentes. Y es que viví casi toda la década de mis veinte años con un destino incierto. Era una especie de zombie perdido en una ciudad cada vez más cerrada sobre sí misma, a cada paso más oscura, más repleta de iniquidades y desigualdades de todo tipo, orden y color (no me referiré aquí ahora al complejo problema de la igualdad, baste decir que leo desde hace un tiempo a Jacques Rancière y me interesa que él proponga que aquella es una presuposición, pero también un horizonte, una utopía a alcanzar, al menos eso es lo que entiendo yo del casi ininteligible filósofo francés).
No era fácil ser joven en los noventa. Y es que nunca es fácil ser joven, adulto, niño, anciano, lo que sea. No es fácil pero es, a la vez, como el lector sabe o se imagina, una experiencia indescriptible.
Casi no recuerdo nada de aquellos años, más que la sensación de andar completamente a la deriva, con una depresión y un carácter melancólico intensificado (y es que siempre fui un individuo de intensidades, en lo mejor y en lo peor, en lo alto y en lo bajo).
A la búsqueda de obsesiones (porque sin ellas no puedo vivir), me metí de lleno en el mundo de un deporte al que siempre admiré desde chico, pero del que sólo en muy contadas ocasiones fui parte: el basquet. Quizás nunca lo jugué demasiado por mi altura (inferior al metro setenta) y también por vagancia, un factor que explica gran parte de mi vida. Y como el equipo de fútbol del cual fui hincha hasta hace poco, me refiero a Boca Juniors, tenía una temporada totalmente opaca, gris y patética, de la mano de Mauricio Macri, Carlos Salvador Bilardo y  Diego Armando Maradona, se me ocurrió volcar mi fanatismo, mi amor, mi pasión y mi exaltación (porque en algo completamente inútil y ridículo hay que volcar toda esta mierda) en el equipo de basquet de tan “gloriosa” institución.
De la mano de Julio Lamas (quien luego sería entrenador de la selección argentina), Boca ganaría por primera vez en su historia, en esa temporada 96/97, nada menos que la Liga Nacional de Basquetbol, y yo estaría en la cancha, la denominada “Bombonerita”, para atestiguarlo y participar de los festejos. Insisto en que es necesario estar muy al pedo, muy desanimado de todo y sentirse una verdadera nulidad, para dedicarle tiempo y energía a algo absolutamente tan insustancial (convengamos que toda actividad, disciplina, etc., es de una estupidez y banalidad absoluta, pero que todos necesitamos nuestras ficciones, por más pelotudas que sean, para seguir mintiéndonos cotidianamente y así continuar con nuestras vidas, y a mí en esa época, se me dio por el basquet).
En aquellos años, el club estaba dando sus primeros pasos en dirección a un cambio que ya no lo abandonaría más. De ser una institución popular y sufrida, a convertirse en un club “top”, “cheto”, “fashion”, con palcos decadentemente“VIP”, regados de pizza y champán. Un club nacido de las entrañas del populoso barrio de La Boca, que ahora devenía en una ultraneoliberal institución, gobernada por dirigentes “serios”, “eficientes” y “eficaces”, que sabían “gestionar” a la vez que llenaban sus bolsillos gracias al “merchandising”, la globalización y sus negocios sucedáneos.
Lo que recuerdo de todo aquello es esencialmente la serie de partidos de semifinal, en el clásico  contra Ferro, que Boca ganaría finalmente por un sufrido 3 a 2, junto con las noches que pasaba en La Boca, caminando por el Parque Lezama, comiéndome una porción de pizza y tomando una cerveza por algún lugar en solitario, buscando regresar lo más tarde posible a una casa que cada vez se me hacía más y más ajena.
La crisis finalmente, luego de muchos años (mucho más allá de los treinta), finalmente pasaría. De alguna manera extraña e incomprensible para mí, lograría salir airoso de toda aquella desesperanza y oscuridad. Algunas pocas cosas volverían, lentamente y con los años, a tener sentido para mí. La mayoría aún no. Pero sé que en aquellas noches de La Boca fui feliz como pocas veces. Y eso, para un pibe que no sabía ni cómo se llamaba a los 21 o 22 años, era un verdadero lujo.

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Una respuesta to “Diario de los casi 40 años (23)”

  1. "Montaña Rusa" Says:

    Me encanta el post, la descripción de como te sentias en aquella etapa de tu vida. Te invito a visitar mi blog.

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