Diario de los casi 40 años (24)

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La urgencia de la situación ameritaba que se buscaran soluciones sin dilaciones. No había tiempo que perder. De hecho, el tiempo escaseaba de una manera casi dramática. Desde el principio el asunto fue planteado de forma desmesurada, totalmente impráctica, hasta el punto de ser casi utópicamente inviable en su concreción. Y sin embargo acepté el desafío sin dudarlo, de manera totalmente irreflexiva, como hago casi siempre en mi vida. Me manejo por intuición, sin detenerme a reflexionar ni un solo momento, ofreciendo respuestas de manera inmediata. A veces obtengo resultados formidables. En otras ocasiones mis fracasos y caídas son estrepitosas.

Por suerte este no fue el caso. Haber aceptado realizar una obra comisionada por el Centro Cultural Rector Ricardo Rojas, en el marco de los cien años del nacimiento de Samuel Beckett, me terminó proporcionando una de las mayores alegrías (no sólo) teatrales de mi vida. Corría el mes de agosto de 2006, y la oficina de producción del Rojas me encargó la tarea de estrenar una obra teatral que se refiriera al mundo de Beckett, pero sin encarar una adaptación específica de alguna de sus obras. Para que se entienda: la Universidad de Buenos Aires (de la que depende el Rojas) se encontraba acéfala, atravesando una de las crisis más grandes de su historia, el dinero escaseaba y no había presupuesto para tirar nada por la ventana. Todo el proyecto fue posible porque la Embajada de Francia participó en el asunto. (Es interesante pensar que Beckett fue un autor nacido en Irlanda, que vivió muchísimos años de su vida en Francia. Es decir que la plata la ponían los franceses porque consideran al dramaturgo irlandés como a uno de los suyos. Esto siempre me hace pensar en cuál es la propia patria, si es que tal cosa existe, cuál es verdaderamente el lugar en el que uno puede decir, con toda tranquilidad y confianza: “esta es mi casa”, “acá estoy en paz”, llegué”).

El asunto es que la obra, encargada a mediados o fines de agosto, tenía que estar para noviembre de ese año. Como Beckett es uno de mis autores favoritos, y como me encanta meterme en quilombos de esta índole, entré de lleno en el asunto, sin tener ni idea de hacia dónde me llevaría esta travesía. Convoqué a un grupo de actores y nos largamos a la aventura. Luego se sumarían otros colaboradores más. Insisto en calificar a esta experiencia como una de las mejores de mi vida. Jugué y me divertí de lo lindo durante dos meses en la Biblioteca del Rojas (donde se iba a estrenar el montaje). Ensayábamos muchas noches a la semana, de diez a doce de la noche. Era un horario muy difícil de soportar para mí, porque al día siguiente debía levantarme muy temprano, a las seis de la mañana, para dar clases de efectos visuales en la Universidad de Belgrano. Este trabajo, junto con mi tarea docente en otro instituto, Image Campus, dedicado a la posproducción y animación en cine y video, me mantenían muy ocupado, (pero sobre esto escribiré en otra entrada, lo que pasó en ese último lugar merece contarse). Agotado como me encontraba en aquella época, antes de ir a cada ensayo (y después también) me embargaba una felicidad indescriptible.

Algunas imágenes que aún conservo del montaje, a casi nueve años del mismo: la escena “Gag de las sillas”, en la que E roba todas las sillas que R ha dispuesto a manera de auditorio, generándose una secuencia propia de los gags correspondientes a las películas de cine mundo, (con mi ídolo Buster Keaton a la cabeza). Tal como afirma el guión: “E aprovecha y sustrae una de las sillas del auditorio a medio armar por R. Para evitar ser visto y descubierto por él, E se esconde en uno de los recovecos de la sala, un rincón ubicado entre los aparadores del centro. Su presencia es, no obstante, absolutamente visible y evidente para el público, excepto para R, quien no se percata de la existencia de E, por estar totalmente absorto en el armado del auditorio, generando así una secuencia típica de gag mudo”. La escena continuaba con “un increscendo, un vértigo y un ir y venir asfixiantes: E y R corren de un lado al otro llevando y trayendo sillas, hasta que ambos, totalmente agotados y exhaustos, se sientan en sendas sillas ubicadas en el centro de la escena, dispuestas una al lado de la otra, respirando al unísono agitadamente”. En una de las funciones, E (por Esteban) arrojó con violencia, pero sin intención, una silla contra R (por Roberto) y este último terminó sangrando de la nariz. En la última función, fue el propio Esteban el que se arrojó contra una de las puertas de la sala, rompiendo los vidrios y saliendo milagrosamente ileso. En suma: era una obra totalmente punk, de las que a mí me fascinan.

Otra imagen: P (por Paco) y L (por Laura) jugando una escena de “persecución muda, por la cual L acecha a P sin darle tregua jamás”. Una escena típica de las películas de cine negro. Y también el “Falso Krapp”, con L y V (por Verónica) imitando los gestos de ese personaje de una obra de Beckett, de espaldas a público, con impactantes y climáticas luces tenues y ligeras, que proponían el ingreso a otro mundo muy diferente a este.

Y la frutilla del postre: la última escena, “Didascalias”, la destrucción total, (de la obra, de nosotros, del público, de mí mismo, del teatro). Los cinco actores jugaban la escena simultáneamente, desarrollando repetitiva y mecánicamente diversas acciones, hasta llegar a un increscendo devastador y agobiante, con V destrozando cintas de cassettes y tirándolas por los aires, E saltando y generando miles de maneras posibles de mirarse ante un espejo hasta caer exhausto, P observando obsesivamente una y otra vez las mismas fotos, hasta romperlas en pedacitos una por una, L, como siempre, espiándolo, y finalmente R embarcado en una caminata dura, extrema y decidida, hechas de rectas, diagonales y velocidades variadas y abismales, hasta caer rendido.

Todo esto mientras se escuchaba una voz en off de un hombre, C (por Claudio), que se refería a: “Una calle completamente recta. Ni laterales ni transversales. Época: hacia 1929. Mañana de verano incipiente. Barrio de fábricas diminutas. Movimiento moderado de obreros caminando sin apuro hacia el trabajo. Todos en la misma dirección y todos en parejas. Ninguna bicicleta. Todos tranquilamente percibiendo de alguna manera una vitrina, un baño, una ventana, etc.”.

Aún recuerdo el sabor, el olor y el peligro de ver la biblioteca del Rojas arrasada por el accionar de estos verdaderos vándalos, luego de la escena final, que no dejaba nada en pie. Una escena que, vale decirlo, sólo pudimos tener lista en su totalidad en el estreno, cuando logramos hacer la primera pasada completa.

Nunca voy a olvidar lo que me dijo un amigo actor, ahora muy conocido, cuando vino a ver la obra: “qué ganas de estar ahí, con los demás, rompiendo todo”. Es que la obra generaba esa sensación de felicidad inmensa que sólo la auténtica y genuina destrucción trae aparejada.

Y sí, cómo no, pienso ahora, qué ganas de ser uno de los actores de “Hecho para la ocasión” y encontrarme ahí, en la Biblioteca del Rojas, en noviembre de 2006, arrasando con todo de una manera alegre, juvenil y despreocupada, como si tuviéramos toda la vida por delante, como si las sillas “fueran bolas de boliche”, como si cada uno de nosotros fuera un dibujo animado y tuviéramos toda la eternidad para hacer lo que se nos antojara.

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