Diario de los casi 40 años (25)

pileta

“El espacio biográfico bien podrá comenzar por la casa, el hogar, la morada, en el sentido fuerte de morar: estar en el mundo, además de tener un cobijo, un resguardo, un refugio”, dice Leonor Arfuch en su libro “Memoria y autobiografía: exploraciones en los límites”.

Durante muchos veranos, desde los cinco o seis años hasta los dieciséis, mi morada fueron los clubes La Salada y La Atlántida, en Lomas de Zamora, a la vera del Riachuelo. Como el nombre del primero de ellos lo indica, eran clubes de piletas de agua salada, típicas de la zona. Fue allí donde mi tío Roberto, mi primer y único profesor de natación, me enseñó a nadar (había escrito por error “nada” en vez de “nadar”, pero no es justo para con él escribir eso, sé que fue él en persona uno de los pocos que me enseñó mucho y de todo). Y donde aprendí a jugar en canchas de pelota a paleta unos partidos interminables bajo el sol, que me hicieron más adelante querer ser jugador de tenis, a medida que fui creciendo y tomando fuerza, (otro de mis tantos sueños frustrados en esta vida, y van cientos o miles, porque como casi todo varón nacido en esta tierra de más chico también me hubiera gustado ser jugador de fútbol, algo que por suerte, ya de más grande, no me interesó en absoluto).

Recuerdo esperar con inocultable impaciencia todo el año para que llegara el verano, no sólo porque detestaba la escuela y todo lo que ella implicaba (sobre lo que ya escribí hasta el hartazgo en este diario, así que no pienso molestar aquí al lector con más diatribas), sino justamente porque era la oportunidad de bañarme en agua salada, nadar, correr, jugar a la mancha, a las escondidas y al truco, saltar, hacer quilombo, en suma, la imagen y la sensación más completa de la felicidad que uno puede tener en esta vida y en otras.

Recuerdo también las largas sesiones y jornadas de entrenamiento a las que nos sometía mi tío, tanto a mí como a mis primos, con quienes iba a veranear por esos lares. Las sesiones de “brazadas” al sol, fuera de la pileta, buscando el movimiento perfecto para cada uno de los estilos de la natación, luego el tiempo dedicado a patalear bien agarrados del borde de la pileta, mientras él nos observaba obsesivamente y nos corregía la posición de las piernas. Por último, las series de largos que debíamos hacer todas las mañanas bien temprano (porque llegábamos en el auto de mi tía Hilda a la mañana tempranito y nos íbamos al atardecer, y a veces incluso hasta salíamos ya cuando era noche cerrada), siempre bajo su atenta y controladora mirada. Fue en esos años, y gracias a aquellos veranos, cuando empecé a entablar relaciones muy cercanas con mis primos maternos, y muy especialmente con quienes más cercanos en edad me encuentro, es decir Valeria y Martín, con quienes compartí juegos, peleas, complicidades, travesuras, y un largo etcétera.

Recuerdo también ya de más grande, ir solo o con alguno de mis primos o con mi hermano, al club en el 32, ese colectivo que pasaba (y por supuesto aún pasa) a unas pocas cuadras de la casa de mis padres. Y también me acuerdo de los sábados en que, ya de adolescente, decidía ir al club Ocean, ubicado apenas a unos pocos metros de los otros dos, a tirarme desde un trampolín que estaba a una altura de tres metros, pero que a mí me parecía de un millón. Todavía, ahora mismo mientras lo cuento, mantengo esa sensación de vértigo, con el corazón palpitando a mil revoluciones por minuto, que me asaltaba mientras subía las escaleras y pensaba que me iba a tirar “en bomba” cuando llegara a la cima, porque ni en pedo me iba a animar a tirarme de cabeza desde esa altura.

Y después el paso del tiempo hizo lo suyo y ya por supuesto, todo aquello se fue transformando. La zona se fue tornado precaria e insegura, (hoy es sabido que allí se encuentra la feria más gigante de productos “truchos” de todo el continente, y que hace ya mucho tiempo que aquellos míticos balnearios han desaparecido, algo similar a lo que ocurrió con otro de los grandes íconos de mi infancia: el Parque de la Ciudad y su famosa montaña rusa de agua), mis primos y yo fuimos creciendo y ya no nos resultaba interesante pasar nuestros veranos en ese club de viejos, y finalmente, a mis dieciséis años, mi tío Roberto murió prematuramente, en circunstancias extrañas. Todavía me queda la espina atragantada por haber discutido fuertemente con él la última vez que lo vi, (y es que se parecía tanto en temperamento a mí, por eso creo que peleábamos mucho, un tipo calentón, autoritario, que quería imponer siempre su posición, pero que en el fondo era un ser extraordinario y sumamente generoso como pocos), y el dolor de que ese lugar, uno de los pocos que me permitieron sobrevivir, ser feliz, llegar hasta acá sano y salvo, ya no existe más. Al menos no como yo lo conocí.

Y entonces ahora, cada vez que voy a nadar a una pileta pienso en Roberto, nado como a él le hubiera gustaba verme (nunca tuvo hijos, aunque siempre soñó con tenerlos y que al menos uno de los suyos fuera nadador), y si estoy cansado, o desganado, o simplemente no disfruto de estar ese día en el agua, les juro que pienso en él y algo en mí cambia. Me viene de golpe como un huracán todo aquello, y además de emocionarme, de encontrarme sobrepasado por un instante y no saber qué hacer, además de todo eso, disfruto como loco de esas brazadas, de esas patadas, de esa suavidad y fluidez que sólo tienen nuestros cuerpos cuando se encuentran en el agua. Me dejo llevar, nado un largo y otro y otro más, me acuerdo de Roberto y sólo tengo para él pensamientos de agradecimiento, mientras saco del agua la cabeza para respirar y seguir con más y más brazadas.

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