Diario de los casi 40 años (26)

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En 1986 tenía ya once años cuando descubrí, quizás un poco tardíamente, uno de los grandes placeres que aún me acompañan en mi vida: la lectura, esa prima hermana medio deforme, perversa y hasta quizás malvada, de la escritura.

Los libros en cuestión fueron dos de tapas amarillas, esos de la colección “Robin Hood” que llegaron a fascinarme por aquellos años. Los recuerdo especialmente porque me atraparon a punto tal de quitarme por completo el sueño: “Colmillo blanco” de Jack London y “Los documentos secretos” de Jan Seyda. Pasaba largas tardes sentado en el patio de la casa de Boedo, en otoño o en primavera, luego de regresar de la escuela, leyéndolos, hipnotizado por esa sucesión de aventuras interminables que me proponían esos mundos tan cercanos y lejanos, tan inaccesibles, fascinantes, (porque me reenvían a una otredad que nunca puedo ni pude alcanzar, en una vida que siento tan corta, pero justamente para eso leía y sigo leyendo, para devenir otros, para vivir todas las vidas que pueda, para satisfacer mi ansia indómita de curiosidad insoportable), y queribles.

Sé que me enamoré de la lectura durante esas tardes. Fui apenas conciente a mis once años que estaba en vías de establecer un vínculo que espero que no me abandone más: la lectura porque sí, inútil, que busca solamente el placer de seguir leyendo, que no lee para nada, para cumplir con ningún objetivo o fin social, llámese “estudio”, “trabajo”, “academia”, “investigación”, “tesis”. Y es que odio convertirme en un “investigador/docente” que sólo lee aquello que “tiene que leer”. Los libros o los “textos” que me encuentro obligado a “saber” para preparar mis “clases” y “tesis”. Ahora puedo ver que en aquellas tardes y noches sin dormir de 1986 aprendí el camino del desvío, de la digresión, del atajo. Encontré el placer y ya nunca más quise ni quiero salirme de ahí. Por más que ya no recuerde una sola palabra ni una sola línea argumental de esos dos libros. Y sin embargo, ver ya la tapa me emociona. Tenerlos entre mis manos es una experiencia alucinógena, como si viajara en el tiempo y en el espacio.

Muchos años después me ocurre lo mismo, aún hoy. Leo lo indebido, lo incorrecto, lo que supuestamente no debería estar leyendo porque me hace “perder el tiempo”. Leo lateral, tangencialmente, indirecta o elusivamente. Mezclo lecturas, entrecruzo, me hibridizo. Me transformo en otro. De la misma manera escribo, pienso, siento. Como si fuera otro. Como si estuviera completamente alejado de mí. Sólo así puedo regresar e intentar entenderme. De idéntica forma mi cuerpo es el vector de un cúmulo de sensaciones que no alcanzo ni siquiera a descifrar.

Y quizás sea por eso que a veces me sorprendo, a mis casi cuarenta años, mientras voy caminando por el Parque Centenario en un atardecer de otoño, y siento en el pecho que la vida es a veces de una riqueza insoportable. En lo “alto” y en lo “bajo”. En “lo mejor” y en “lo peor” (y es que hoy en vez de usar tantos paréntesis, se me dio por poner comillas, querida Ana, qué le vamos a hacer, yo soy así, un ser insoportablemente lúdico). Y ahora mientras escribo se me ocurre que si llegué hasta acá se lo debo a aquellas tardes cálidas, en las que me devoraba esos libros amarillos que me llevaban vaya uno a saber dónde. “Hasta el infinito y más allá”, como decía una de aquellas famosas series de televisión que hoy ya no existen más.

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