Diario de los casi 40 años (27)

deleuze

Según Nietzsche lo trágico nunca ha sido comprendido: trágico=alegre. Otro modo de plantear la gran ecuación: querer=crear. No se ha comprendido que lo trágico era positividad pura y múltiple, alegría dinámica. Trágico es la afirmación: porque afirma el azar y, por el azar, la necesidad; porque afirma el devenir y, por el devenir, el ser; porque afirma lo múltiple y, por lo múltiple, lo uno. Trágico es el lanzamiento de dados”.

Esta es una de las tantas citas que encontré subrayadas por aquel muchacho de veinte años que fui, perteneciente al libro “Nietzsche y la filosofía”, de Gilles Deleuze, una edición de 1993 que devoré con auténtica fruición y pasión apenas un par de años después, y que seguramente habré comprado en la Librería Hernández de la avenida Corrientes, o en alguna otra librería de esa misma zona céntrica, que yo solía frecuentar casi todos los días en aquellos años.

Hoy parece ser un día de libros. Un día dedicado a reflexionar y pensarme a partir de los libros que marcaron mi vida. Y sin dudas que, a la hora de elegir, este es uno de los que se encuentra en el tope de la lista.

No deja de ser impactante abrir las hojas de este libro amarillento y encontrarse con ese subrayado nervioso y de lapicera negra, que yo mismo (pero qué diablos quiere decir esto ya, no tengo la menor idea, qué y quién es ese desconocido que se hace llamar “yo” a esta altura de mi vida) hice hace veinte años. Porque bien sabemos que todo subrayado implica siempre un interés, una jerarquía, una forma de remarcar una idea que nos atrae. Y sin embargo, lejos de sentirme lejano a mis intereses de aquel momento, entiendo perfectamente bien por qué subrayo pasajes como: “Nuevo modo de pensar” significa: un pensamiento afirmativo, un pensamiento que afirma la vida y la voluntad en la vida, un pensamiento que expulsa, finalmente, todo lo negativo. Creer en la inocencia del porvenir y del pasado, creer en el eterno retorno. Ni se plantea la voluntad como culpable, ni la propia voluntad se siente culpable de existir (…) El alegre mensaje es el pensamiento trágico”.

A esta altura de mi vida, a los ya casi cuarenta años, me siento como si hubiera dado toda la vuelta (o mejor dicho, “La vuelta entera”, como diría el gran Francisco Bochatón), y ahora mismo estuviera justo en el mismo lugar de aquel junio de 1995. Como si creyera en las mismas cosas, como si viviera la misma vida, como si tuviera las mismas convicciones, solo que, claro está, con otra densidad de experiencias encima.

Pensar que “Nietzsche y la filosofía” fue un libro que compré para cumplir con el trabajo final de “Principales Corrientes del Pensamiento Contemporáneo” (a la que todos conocíamos como “PCPC” porque, quién iba a molestarse en pronunciar un nombre tan largo), de la carrera de Comunicación, que me saqué un diez, que Esteban Ierardo, el profesor de la comisión en la que cursaba, dijo que aquel era el inicio de la carrera de un gran “teórico” de la Argentina (qué equivocado que estabas, Esteban, aunque era lógico que en aquella época no pudieras saber todavía ni qué iba a ser de mí, ni tampoco qué planes tenía la vida para todos nosotros), y que fue el último trabajo que nos unió a mi hermano y a mí, porque fue él quien me dio una gran mano en la selección, la lectura y la elaboración de los textos, fanático como era en aquel momento de la filosofía nietzscheana.

Un libro de primeras y últimas veces. De principios y finales. De llegadas y partidas. Un libro que me permitió conocer y empezar a apasionarme por Deleuze, a la par que me iba alejando paulatinamente del filósofo “nazi alemán” (dicho esto último con todo el amor del que soy capaz, querido Federico, vos bien sabés que es nada más que una auténtica joda, cómo no te voy a querer si a veces pienso que me salvaste la vida).

Recuerdo que era un domingo de finales de junio, mientras terminaba de escribir el trabajo en el procesador de texto de mi antigua Compac 486, que era un día insoportablemente frío y nublado, que San Lorenzo salía campeón después de veintiún años de sufrimiento al ganarle a Rosario Central 1 a 0 en Rosario, y que yo estaba realmente feliz porque intuía que una puerta muy importante se estaba abriendo en mi vida. Una puerta que me conducía a un camino desconocido, inmenso, con todo para recorrer y explorar. Un camino que ahora, a la distancia, puedo comprender que me ha traído hasta acá.

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