Diario de los casi 40 años (28)

el compañero

Una de las condiciones del presente es su extremo estado de necesidad”, nos dijo hace ya muchos años el legendario documentalista Fernando Birri. Él fue uno de los tantos entrevistados, junto con otros documentalistas, teóricos, docentes, miembros de colectivos, críticos, etc., para nuestro libro/tesis: “El compañero que lleva la cámara. Cine militante argentino”, el mismo que logramos publicar con Pablo, el coautor de esta enorme e increíble aventura, en 2007, luego de unos cinco años de trabajo en conjunto.

Corría el año 2002, los que vivimos en este bendito país ya sabemos que la crisis económica, social, política, cultural, mediática y en mi caso agregaría personal, se expandía como reguero de pólvora por todos los ámbitos, abarcando todos los aspectos de nuestras vidas, invadiendo incluso nuestras antiguas certezas más íntimas. Ese momento, cuando nuestras existencias habían quedado reducidas a añicos (el verdadero instante en que, para mí, “todo lo sólido se había desvanecido en el aire”), me encontraba sin haberme recibido. Andaba por la vida así nomás, sin título universitario a cuestas, sin ser aún “Licenciado en Ciencias de la Comunicación”, como si dijéramos que correteaba por allí libre y alegremente como un salvaje totalmente desnudo.

Para remediar esta situación me encontré con Pablo, (quien estaba en el mismo trance que yo y sobre el que ya me referí en detalle en otra entrada de este mismo diario, al contar mi ingreso a la benemérita “Alta Casa de Estudios” que otrora quedara en la calle Marcelo T. de Alvear), y rápidamente comenzamos a trabajar en una investigación sobre la enorme cantidad de grupos y colectivos de cine y video social y político “militante” que habían surgido poco antes o después de aquella convulsionada época.

La cuestión es que nos apasionamos a punto tal que seguimos trabajando en el proyecto muchos años después de haber entregado la tesina para, ahora sí, ser considerado oficialmente, a los ojos de dios y muy especialmente de la todopoderosa “Academia”, como “Licenciado en Ciencias de la Comunicación”, de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. La tesina devino así en libro publicado por la Editorial/cooperativa de trabajo “Tierra del Sur”, e incluso nosotros mismos, Pablo y yo, llegamos a participar en el armado de los quinientos ejemplares, abrochando, compaginando, pegando, en lo que fue una experiencia inolvidable. Cómo no recordar aquellas tardes de 2007 en “La Gomera”, donde aún funciona la editorial, en el barrio de Barracas, rodeados de abrochadoras, pegamento y muy especialmente cuadernillos, acompañados por los integrantes de la cooperativa, compartiendo juntos el armado de este para nosotros soñado y muy deseado libro. Otro de los momentos de felicidad que ahora, a punto de llegar a los cuarenta, elijo recordar para entender por qué y cómo diablos fue que llegué hasta acá.

Como no todas pueden ser flores, de la misma manera en que muchas veces las cosas no salen como uno lo desea, hay que decir que empezamos el proyecto con la voluntad y la intención de convertirlo en un documental y por diversos motivos que no vienen al caso contar acá, eso nunca se pudo lograr. Aunque es cierto que tenemos una gran cantidad de material en crudo, en obsoleto formato VHS ya pobremente digitalizado, que anda desparramado por ahí, convertido en chatarra electrónica, entropía informática o como quiera llamárselo.

Lo cierto es que el libro, desde su mismo nacimiento como tal, no ha parado de darnos satisfacciones, ha recorrido todos los países posibles para una edición tan limitada que se encuentra desde hace tiempo totalmente agotada, ya que anduvo de mano en mano, no sólo por Latinoamérica sino también por diversos países de Europa. A esta altura ya le hemos perdido el rumbo, yo siempre digo que el muy turro ha viajado mucho más que yo. Pero bueno, alguno de los dos tenía que pasárselo muy bien en esta vida. Y era muy claro que, de los dos, yo no iba a ser el favorecido.

Hace pocas semanas me dijeron que la editorial ha vuelto a reeditarlo y que lo anda vendiendo en distintas ferias autogestivas (atención famélicos lectores de mi obra que están dispersos por el mundo con este dato que les estoy tirando, tienen ante sí una gran oportunidad, no se la pierdan), e incluso una distribuidora que trabaja con universidades e instituciones de Europa y los Estados Unidos de América (y entonces debo decir adiós a mis deseos de obtener una visa de la embajada yanqui para ir a conocer la “Gran Manzana” neoyorkina, porque además de comunista encima soy de ascendencia siria), me llamó para pedirme unos cinco ejemplares.

El compañero que lleva la cámara” fue también el inicio de mi deseo de convertirme en “investigador” (y no me refiero acá, como bien sabe el lector, a andar por la calle con un impermeable, tomando whisky e investigando adulterios e infidelidades de todo tipo y calaña). Comprendí que había un campo y una actividad que, más allá de toda cuestión burocrática, me apasionaba, y aquel libro fue entonces también el comienzo de mi carrera académica, de las becas, los congresos, las maestrías y los doctorados.

Y seguramente el presente tiene aún extremas condiciones de necesidad que ofrecernos y otorgarnos, frente a las que continuar luchando y peleando, tal como nos dijo, hace ya muchos años, Fernando Birri. Y quizás algo de eso aún vive en mí y late en mi interior. Por algo de todo esto es que aún sigo pensando, sintiendo, escribiendo, filmando, actuando, “performando”, es decir, revolucionándome, intentando hacer algo con lo poco que sé, con lo mucho que aún tengo que aprender, porque, como dice el dramaturgo alemán Heiner Müller: “No se puede separar política y arte paralelamente (…) Cuando una idea se traduce en una imagen, o se desbarata la imagen o explota la idea. Yo estoy más bien a favor de la explosión (…) lo único que puede una obra de arte es suscitar ansia de otro estado del mundo. Y tal ansia es revolucionaria”.

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