Diario de los casi 40 años (29)

alfonsin

Se puede decir que 1982 fue mi primer año espantoso, y eso que yo apenas tenía en ese momento nada más que siete años. Y es que ése no fue solamente el año de la increíblemente ridícula Guerra de Malvinas, sino que también operaron a mi papá de un cáncer de piel del que saldría airoso, en la primera de las grandes batallas que tendría en su vida adulta por sobrevivir.

Lo poco que recuerdo de todo aquello es específicamente la conmoción que reinaba a mi alrededor, especialmente en mi mamá, quien se vio totalmente desbordada por la situación, además de las visitas al hospital, cuando mi papá ya estaba internado y mirábamos juntos el Mundial de Fútbol de ese año que se desarrolló en España, luego de la operación que le dejó como resultado un pozo profundo en el pecho, cerca del corazón, y los estúpidos comentarios chauvinistas de mi maestra de segundo grado en relación a las vicisitudes de la guerra (el tan mentado “vamos ganando”, que luego me enteré que era una suerte de mantra que gritaba la sociedad en su totalidad, pero también las cartas que muchos de mis compañeros les escribieron a los soldados que estaban allá, y los estúpidos programas de televisión que se dedicaban a hacer propaganda bélica y a recibir donaciones que nunca llegarían a destino). Mucho tiempo después, hace apenas unos pocos meses, leería esa novela increíble de Rodolfo Fogwill que es “Los Pichiciegos” y entendería lo que pasó en Malvinas como si hubiera estado allá, asumiría esa perspectiva del que no quiere estar en realidad en ningún “bando” porque no entiende ni le interesa nada de lo que está ocurriendo, porque solo desea sobrevivir ante una época y una sociedad repugnante, que no fue hecha para él, con cuyos valores no concuerda en absoluto. Pero eso es harina de otro costal.

Lo importante ahora es que, desde muy chico, afronté el temor de quedarme sin papá. De vivir en un país demencial, chauvinista e incomprensible, y de quedarme sin festejo de cumpleaños. Porque aquel 8 de mayo de 1982 fue la última vez en que festejé mi onomástico en sentido estricto y oficial (vale decir, con torta, invitados, regalos masivos, etc.). Por supuesto que desde ahí en adelante se sucederían una enorme cantidad de festejos privados, íntimos, aleatorios, salvajes algunos de ellos, sensuales otros, depresivos unos cuantos. Pero mi círculo social “masivo” nunca se enteró de todo aquello. Ni yo le di motivos para que se enterara.

Pero al final de todo aquello, la oscuridad de 1982 terminó disipándose en lo personal más no en lo colectivo: mi papá sobrevivió a la carnicería de su operación, y lo que es tan o más importante, a la debilidad del postoperatorio, por lo que yo seguí (y aún sigo) teniendo progenitores por un largo rato, y la Guerra de Malvinas llegó a su fin, con un gran costo humano, medido en pérdidas irreparables, pero fue a partir de esta operación fallida cuando se abrió, como sabemos, la posibilidad de retornar a gobiernos constitucionales.

Y ya 1983 fue un año de grandes manifestaciones, de quema de ataúdes por parte de peronistas y de alegría desmesurada en las calles. Una alegría y un alivio que incluso yo, un nene de ocho años que no entendía nada, podía percibir. Recuerdo que el 30 de octubre de 1983 me quedé hasta bien tarde mirado la televisión para conocer el resultado de las elecciones. Recuerdo la fascinación de mi mamá por Raúl Alfonsín, el presidente electo. Recuerdo haber pensando que yo, si hubiera votado, lo habría hecho por él. Recuerdo la inquebrantable fidelidad de mi papá, en cambio, por el peronismo, aún con Herminio Iglesias en sus filas. Recuerdo el gesto de los brazos cruzados y apretados de Alfonsín, el gesto de la victoria. Recuerdo los cierres de campaña multitudinarios (como nunca más presencié en mi vida, luego de que la política fuera íntegramente cooptada por los canales de televisión). Recuerdo la felicidad de la gente y cómo eso íntimamente me hacía feliz a mí también. Faltaba mucho tiempo aún para que los desengaños y el fin de la “primavera democrática” se asomaran en el horizonte. Pero hoy no quiero escribir sobre eso. Hoy, a riesgo de ser enteramente cursi, quise escribir sobre cómo engañamos por un rato a la muerte, cómo disfrutamos el momento de estar plenamente vivos y no aprendimos nada, o sí, ahora siento que esa vez, siendo tan pequeño, aprendí que tengo suerte de estar acá, que todo esto es efímero y que por lo tanto, bien vale la pena festejar.

Anuncios

Etiquetas: , , , , , , , , , , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s