Diario de los casi 40 años (30)

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1989 será recordado por mí, y por muchos otros más, como un año divisor de aguas por varias cuestiones, casi todas ellas centrales no sólo a nivel personal, sino también en lo que se refiere a la geopolítica mundial.

El gran historiador inglés Eric Hobsbawm (el Felipe Pigna de los piratas), dijo que el siglo veinte terminó justamente en ese año. 1989 es el año de la caída del Muro de Berlín, nada menos que el comienzo del fin del mundo bipolar, bajo el que tuve que vivir unos catorce años de mi vida. Ese es el año en que el “sueño democrático” se transformó oficialmente en pesadilla en nuestro país, dando comienzo a la larga noche de los tiempos neoliberales, repleta de privatizaciones, precarización laboral, desempleo, aumento inconmensurable de la desigualdad social, y un largo etcétera, como el lector bien conoce. Como acá todas las modas llegan siempre un poco desfasadas en el tiempo, eso mismo ya estaba ocurriendo años atrás en Estados Unidos (con el otrora ignoto y obtuso actor devenido presidente, Ronald Reagan), y en el propio país natal del pobre Eric (gracias a los inconmensurables servicios de la “Dama de Hierro”, la ominosa Margaret Thatcher).

1989 fue también y muy especialmente para mí, el comienzo del fin de mis propios e ingenuos sueños que me invitaban a creer que el mundo era un lugar hermoso, honesto y lleno de buenas intenciones. Ese fue el año en que decidí por primera vez en mi vida (y no sería la última) a mandar todo a la mierda: familia, escuela, religión, pelo corto, etc. Sobre este último punto hay que decir que mi pelo creció de manera indebida e “indecorosa” para los parámetros de la institución escolar a la que tenía el “orgullo” de asistir, por lo que, luego de severas advertencias y varias amonestaciones, me vi obligado, no sin oponer todo tipo de resistencias, a cortármelo.

En ese año escolar, el segundo del secundario, decidí dejar de sentarme en las primeras filas e ir directamente sin escalas al último lugar de todos. Al fondo y a una esquina, ahí fue que me senté durante todo el año, a pesar de una miopía incipiente que empezaba a manifestarse y que me hacía molestar a todo compañero que tuviera cerca con preguntas sobre lo que estaba escrito en el pizarrón. Todo porque me rehusaba a aceptar lo inevitable: más temprano que tarde me vería obligado a usar anteojos.

1989 fue también el año en que desistí ya definitivamente de ir a misa todas las semanas. Aún recuerdo el episodio desencadenante, el que me disuadió de seguir haciendo vanos esfuerzos para creer en algo en lo que ya no creía en lo más mínimo. Durante una confesión en la iglesia de San Miguel, el cura de siempre, el mismo al que conocía de pequeño, quiso entrar en detalles sobre mi precoz y casi inexistente vida sexual. Cuántas veces me masturbaba por día y en qué pensaba mientras lo hacía. Ése fue el límite, la gota que rebalsó el vaso. “No More I Love you’s”, pensé, cual un Annie Lennox porteño y adolescente. Di media vuelta, me levanté y me fui, sin esperar mi ración de avemarías y padrenuestros que me correspondía para expurgar mis pecados. Nunca más pisé la iglesia de San Miguel. Nunca volví a ver a ese cura con el que me había identificado tanto.

Pero 1989 será recordado también por mí por otras cosas que no quiero ni querría recordar: el triunfo de Carlos Menem, (el comprovinciano de mi papá), en las elecciones anticipadas de ese año y su asunción como presidente de la nación, los saqueos y la hiperinflación previos, que tenían enormemente preocupada a mi mamá, y la vez en que ella fue a buscarme asustada a la casa de un compañero de colegio, (Pablo), quien vivía en Boedo y México (enfrente de donde hoy se yergue triunfante esa “mole” del “teatro independiente” que es “Timbre 4”), la noche en que los saqueos comenzaron y todo empezó de a poco, o más bien rápidamente, a irse irremediablemente al carajo.

1989 fue entonces para mí el definitivo ingreso a un mundo que estaba cambiando aceleradamente, y que me prometía nuevos desafíos y abismos. Las cosas ya nunca más volverían a ser como antes. Fue en 1989 cuando comencé a volverme viejo, cuando perdí la inocencia y la ingenuidad, cuando el infante que era empezó a mutar para siempre, cuando empezó a asomarse de una buena vez por todas (y ya hacía rato que era necesario) ese adulto disconforme, desesperanzado, automarginado y oscuro en el que me transformaría con el correr de los años.

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