Diario de los casi 40 años (31)

taller 2

Corría el año 2002 y yo me encontraba entre la espada y la pared. Lo que venía haciendo hasta ese momento ya no me alcanzaba ni me servía. Era necesario cambiar, mutar, aprehender nuevas maneras para empezar a sobrevivir, excusas cotidianas que me dieran el aliento y el impulso necesarios para arrancar de nuevo, otra vez, sólo que desde una perspectiva diferente.

Fue en ese momento cuando decidí aprovechar mis cualidades de profesor en ciernes y comencé a dar clases de dramaturgia. Mi primer alumno fue un muy joven (aunque en ese momento ya era unos años mayor que yo) estudiante de cine, llamado en ese entonces Bertrand Crucci. Muchos años después llegaría a conocerlo como Beltrán Crucci, una cuestión que no es para nada menor, teniendo en cuenta que el nombre es constitutivo de eso que llamamos “identidad”, y también porque él es nada menos que el autor de “La raza”, el volumen número dos de la colección teatral “Altas Llantas”, que tengo el gusto de dirigir, de la editorial Pánico el Pánico (y sí, este diario es cualquier cosa ya, sepan queridos lectores que desde aquí hasta el final, es decir hasta este viernes, momento en que este diario llegará a su fin, me la pasaré haciendo publicidad de todas mis actividades).

En el prólogo de tan afamado e imperdible libro (a un precio muy accesible, casi un regalo), escribí: “Conocí a Beltrán Crucci cuando todavía se llamaba “Bertrand”, en los agitados años de la coyuntura 2001/02. Ambos éramos muy jóvenes. Unos años mayor que yo, él acababa de llegar de un viaje muy largo, en el que había recorrido el mundo. Yo recién estaba dando mis primeros pasos en la coordinación de los talleres de dramaturgia”.

Una imagen vale más que mil palabras, suele decirse. La imagen en blanco y negro que da cuenta de ese momento fundacional de mi vida es una fotografía tomada por el propio “Bertrand”, en la que se nos ve a Guillermo (el otro asistente de esos primeros y estrambóticos encuentros), y a mí posando para la cámara: yo estoy sosteniendo una lámpara porque en la centenaria casa de Parque Patricios donde daba clases, la luz escaseaba.

Ese fue el comienzo de mi carrera docente que conocería de grandes logros, hallazgos y hazañas, y a la que no le faltarían tampoco enormes sinsabores, frustraciones, derrotas y precariedad laboral (algo garantizado en esta actividad tan apasionante e ingrata a la vez). Por el taller de escritura dramática pasarían muchos participantes. Sería imposible mencionarlos a todos no sólo porque, de intentarlo, no me alcanzarían ni siquiera todos los bits y bytes de almacenamiento que tiene Internet, sino también porque cada persona es un mundo y merecería por sí misma, casi casi, un diario entero.

Con el tiempo el rango de actividades, disciplinas y campos de interés en los que ingresaba fue ampliándose, y en un momento de mi vida ya casi que daba clases sobre cualquier cosa, para hablar en criollo: fue así que de la escritura dramática pasé al guión audiovisual y al cine documental, y de allí a la posproducción, los efectos digitales para cine y video, la animación 2D, los talleres de diseño gráfico e interactivo y la tecnología multimedial, y si me hubiera animado (y estudiado) un poco más, hoy seguramente estaría dando clases de animación en tres dimensiones, que poco me faltó para llegar a eso.

Hubo una época en que mi vida consistía básicamente en entrar a una clase y salir brevemente a la “vida real”, para entrar de nuevo a otra. Hubo otra época en que paulatina o repentinamente (depende del caso) fui abandonando todo aquello, y concentré mi trabajo en sólo una o dos universidades. Además de impartir clases de “Historia de los medios”, “Tecnologías de la Información y la Comunicación”, “Taller de Expresión Oral y Escrita” y “Transmedia y Documental Interactivo”, desde hace unos años uní mi inserción y mi pasión por el teatro, el cine y la narrativa, y coordino talleres en donde indago en esos tres lenguajes y formatos simultáneamente. El experimento no pudo haber salido mejor: no sólo me pongo cada vez a prueba a mí mismo, sino también a los participantes, con quienes juego, construyo, aprendo, reflexiono, ejercito y, lo que es más importante, gracias a los cuales crezco. Porque todo tiene que ver con todo, como yo siempre digo. Todo se encuentra mezclado, todo forma parte de lo mismo y se encuentra al mismo nivel, sólo que interactuando en distintos planos, planetas y galaxias.

Y a esta altura el lector avispado me preguntará: pero cómo puede ser que usted, Maximiliano, que vino escribiendo pestes sobre la educación en otras entradas del diario, venga a escribir aquí y ahora maravillas sobre la docencia, las clases, el aprendizaje, en fin, sobre la farsa de una educación que se cae a pedazos. Qué clase de hipócrita es usted, de la Puente. Cómo puede ser tan cínico, tan desconsiderado, cómo puede ser tan cretino para tomarnos a nosotros, sus más fieles lectores, por idiotas, enfermos de la mente, imbéciles sin juicio, razón ni opinión propia.

Yo sólo podré contestar a ese lector fiel: usted tiene razón, pero se equivoca a la vez conmigo. No me crea TAN hipócrita. Por supuesto que lo soy en muchos aspectos. Quién no lo es en esta sociedad degradante, poscapitalista, posneoliberal, posmoderna y pospuesta. Sigo pensando, como usted sagazmente señala, que la educación es nada más que un fraude y una farsa sin retorno. Sigo pensando que hay que destruir escuelas y universidades. Pero resulta que creo en la educación autogestiva, entre pares, en el encuentro entre personas que se reúnen a reflexionar, a compartir, a repensarse, y que a la vez desprecio la relación asimétrica que existe entre el profesor y el estudiante, e intento boicotearla de todas las formas que conozco.

Entonces, si usted afirma que aprende tanto en sus talleres y clases de sus estudiantes, por qué cobra por sus supuestos “servicios”, que en realidad no son tantos o al menos no son tan importantes. Por qué no “trabaja” gratis, si tanto le apasiona la docencia y sus talleres como dice, Maximiliano. O mejor, por qué no es usted quien les paga a sus alumnos, por los beneficios que ellos le han otorgado, alcanza a retrucarme el lector impertinente.

A lo que yo responderé: amigo, se ha pasado de rosca, no se me haga el vivo, comprenda que lo que me exige es una infamia. De algo tengo que vivir, después de todo, aunque no lo parezca, soy humano. Y con esta respuesta daré por terminado el asunto y me iré a preparar la próxima clase, que ya vienen los alumnos/estudiantes/participantes (como a mí me gusta llamarlos), y estoy perdiendo el tiempo escribiendo pavadas en este diario.

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